Colombia impondrá su verdad sobre la ficción de las encuestas que llevan meses mostrándonos una realidad distinta, con el ánimo de modificar la percepción de la ciudadanía; un sesgo que les ha hecho perder total credibilidad como instrumentos metodológicos efectivos para la lectura de la realidad electoral. Las urnas parecen anticipar un triunfo de Abelardo de la Espriella, quien consolidó un fenómeno en nuestra historia reciente, similar –mas no igual– a la irrupción de Rodolfo Hernández hace cuatro años. De la Espriella se perfila hoy como el primer outsider de derecha. Un candidato que devoró, desde las regiones, el centro de gravedad de la política nacional, capitalizando una fórmula que el centralismo siempre subestimó: joven, abogado penalista y portador de un histrionismo caribeño que, aunque no encaja en los salones de la alta sociedad, conecta de manera visceral con la provincia profunda.Su liderazgo es de contrastes: confrontacional, ostentoso, sin complejos frente a la ‘corrección política’ y dispuesto a la refriega pública. Lo que la tecnocracia diagnosticó como ‘chicanería’, el electorado lo interpretó como audacia y autenticidad. Me atrevo a decir que es una réplica criolla –no idéntica– del fenómeno de Donald Trump o de Javier Milei. La opinión pública no solo le perdonó sus aristas más polémicas, como sus ataques frontales a periodistas de alta estima nacional o la exhibición abierta de su vida íntima, sino que terminó aceptándolas. La ciudadanía prefirió el exceso con rumbo definido a la moderación insípida y sin alma.Este fenómeno no creció en el vacío; se alimentó directamente del error de cálculo y el sacrificio de las estructuras tradicionales del Centro Democrático, que siempre se vendió de derecha para recoger las bases conservadoras y patrióticas y terminó sacrificando a la candidata Paloma Valencia por la tibieza de su mensaje. La estrategia de la campaña de Paloma es el ejemplo perfecto del engaño en que cayó el Centro Democrático. El sanedrín del partido, operado por alfiles como José Obdulio Gaviria y Nubia Stella Martínez, pretendió imponer una estrategia que desdibujó el verdadero legado de la política de seguridad democrática. La consigna de Uribe de abarcar “desde Abelardo hasta Fajardo” no funcionó. El ajuste del plan original consistió entonces en arrastrar a Paloma Valencia, ya como candidata oficial del Centro Democrático, a repetir el mecanismo opaco de encuestas amañadas para forzar una alianza con Juan Carlos Pinzón. Era una alternativa cómoda para ciertos sectores empresariales próximos al partido. Se trataba en realidad de ejecutar un plan que conocíamos de antemano: Paola Holguín y yo padecimos el mismo patrón de exclusión cuando intentamos apelar a la democracia interna. Sin embargo, Paloma tomó una decisión audaz: rechazó someterse a una encuesta previa con Pinzón y prefirió jugársela en la Gran Consulta por Colombia del 8 de marzo. Ese acto de rebeldía le permitió arrastrar una votación histórica de más de tres millones de votos, dejando a Pinzón y a los demás competidores reducidos a expresiones marginales del resultado electoral. Sin embargo, esta victoria legítima en la consulta entre sectores antagónicos del uribismo resultó ser un dulce envenenado por el afán de sesgar el discurso con el objetivo de capturar el centro político, lo que terminó por afectar la campaña. El desespero por la validación externa condujo a errores insalvables, cuyo punto de quiebre se escenificó en Segovia con el expresidente Álvaro Uribe enviando mensajes confusos a los grupos ilegales: una concesión retórica impensable para el Centro Democrático que se estrelló con las convicciones fundacionales del movimiento.Mientras la campaña del partido cometía todos los yerros posibles en su tránsito hacia la tibieza, Abelardo radicalizó su discurso, adoptó las banderas más nítidas de la derecha y se apropió de todo el andamiaje conceptual que yo instalé en el debate público. No solo hizo suya esa máxima de la “extrema coherencia” como única vía legítima, sino que calcó ese contrato con el ciudadano que ha sido mi impronta: “Yo no prometo, yo me comprometo”.Definitivamente, Abelardo conectó con el sentir de las bases a través de una estrategia que entendió la psicología del electorado: se plantó como un ‘tigre’ –el líder fuerte y dominante que la derecha reclamaba– para cohesionar el concepto de ‘manada’ en unas bases que se sentían huérfanas y dispersas. La emoción, el sentido de pertenencia y el instinto de supervivencia de la militancia se tradujeron en un respaldo popular, demostrando que el fervor de la calle vale más que cualquier cálculo político o ingeniería de partido.La movilización de estas semanas demuestra que las ideas de la seguridad y la autoridad son perfectamente viables cuando se defienden sin vergüenza. Ese fervor se respira en las calles y se viraliza en las redes. Con una audacia temeraria, el outsider desafió el libreto y se encamina a despojar al mismísimo patriarca de su propia creación. Ya adueñado de la doctrina de su partido, asumirá el legado histórico de Uribe –sin Uribe– y heredará la mayoría de sus electores. Abelardo está por consolidar, en su ley, lo que ya era absolutamente imposible bajo la sombra de Álvaro Uribe.