El colombiano Giuseppe Caputo firma un libro sobre el desgarro y la oportunidad que este abre a lo singular del que no se puede salir igual que se entra
No hay muchas novelas como La frontera encantada porque no hay muchos escritores que sean capaces de hacer del umbral —de una casa, de un cuerpo, de una demencia— un territorio de casi 400 páginas. Hablar del desgarro y, de éste, una oportunidad para lo singular. Acuñar dolor y placer en la cara de la misma moneda, como acto político radical. Como lo es señalar la risa sanadora y venenosa —y la desesperanza en el porvenir semejante al instinto de supervivencia—, un remedio contra el orden que parece amansarlo todo cuando lo que hace es acuchillarnos después de cada beso de buenas noches, en cada saludo por la mañana. No hay muchas novelas así porque no hay muchos escritores como Giuseppe Caputo (Barranquilla, 1982). Un tipo escatológicamente adicto a la verdad literaria, sí, pero de igual manera a la otra, la que la misma letra impresa esconde a las primeras de cambio. Pero aquí está Caputo para restregarnos la cara contra la mierda, contra el placer, las trampas correctoras, la fragilidad económica y sentimental, los abusos. Uno no sale igual de este libro después de haber sido hechizado, golpeado, interpelado, desbordado, contradicho y desmantelado.










