El Gobierno de Países Bajos ha decidido esta semana impedir la adquisición por parte de la empresa estadounidense Kyndryl de la compañía holandesa Solvinity, proveedora de servicios en la nube esenciales en una plataforma de identificación de ciudadanos que quieren acceder a prestaciones digitales, entre los que están servicios sanitarios, fiscales o de otra índole administrativa. Se trata de un acertado portazo que, sin explicitarlo, expresa una verdad profunda. El Ejecutivo holandés es muy prudente en explicar que las decisiones fundamentadas en la legislación sobre inversiones indeseadas no distinguen entre países y que, por lo general, la inversión estadounidense es bienvenida. No obstante, al margen de explicaciones oficiales, es difícil no ver en ello el reflejo de una constatación política que avanza en el continente: los europeos no podemos fiarnos de EE UU, y, desde luego, no podemos hacerlo en cuanto a penetración tecnológica en áreas estratégicas.La compañía Kyndril ha lamentado en un comunicado que la politización del asunto se haya sobrepuesto a los presuntos beneficios que la operación habría conllevado para los ciudadanos holandeses. La realidad es que no hay asunto que pueda ser más político que el manejo de datos de ciudadanos por parte de una empresa tecnológica de un país en el que el alineamiento entre poder político nacionalpopulista y conglomerados del sector digital asume contornos monstruosos.La interconexión puede ser una realidad virtuosa cuando es equilibrada y genera interdependencia. En esos casos es una fuerza de beneficio mutuo y contención de riesgos. Pero cuando la interconexión es asimétrica, como en el caso de Europa con EE UU, se convierte en una palanca perfecta para ejercer coerción. Donald Trump ya ha demostrado su disposición a recurrir a la coerción sin escrúpulos. Europa ya tiene bastantes dependencias —léase, debilidades— como para abrir otros flancos arriesgados. Y el riesgo es enorme porque, al margen de la filia trumpista de muchos tecnobros, aunque una empresa X o Y tenga la mejor intención, su arraigo en EE UU la expone a su vez a coerción para poner a disposición del poder político eventuales palancas de presión que estén en sus manos.El episodio es aún más iluminante si se considera que los Países Bajos adoptaron hace pocos años la notable decisión de secundar la presión concertada que la Administración Biden trataba de montar contra China, aceptando restringir la prestación de servicios a ese país de la empresa ASML, una compañía con una capacidad manufacturera crucial y sin iguales en el mundo en el sector de procesamiento de microchips. Trump ha conseguido convertir a Países Bajos de un aliado dispuesto a asumir serias posibilidades de represalias a uno que no se fía para nada.Europa debe proceder a una acción de derisking (reducción de riesgos) con EE UU tal y como debe hacerlo con China. Lógicas son las perspicacias ante la contratación de servicios sensibles con una empresa como Huawei. Palantir y otros no deberían ser para menos. Las fuerzas armadas alemanas (Bundeswehr) dejaron claro recientemente que no quieren servicios de Palantir, muy adecuadamente. Peter Thiel nació en Alemania, y Alex Karp estudió ahí y habla alemán con fluidez. Pero esos lazos no representan ninguna garantía ante alguien que dice que libertad y democracia son incompatibles.Esta misma semana, León XIV, el papa estadounidense, ha lanzado una espectacular andanada en contra de los tecnobros con su encíclica, Magnífica Humanidad, señalando sin rodeo el peligro representado por la concentración de poder tecnológico en pocas manos y alentando a ‘desarmar’ la IA.Europa tiene que rearmarse después de décadas de infrainversión. El impacto de un dron ruso en un edificio de viviendas en Rumania es una señal de alerta que los habituales escépticos del lema Rusia no se meterá con nosotros deberían tener bien en cuenta. Pero igual o más importante que la construcción de una capacidad disuasoria militar propia es conseguir defenderse de la penetración de estos gigantes tecnológicos de turbias intenciones. La pésima noticia es que si avanzamos —aunque de manera ineficaz y descoyuntada— en el rearme militar, el rearme tecnológico europeo languidece. Dar portazos a empresas de EE UU para reducir riesgos es un paso bienvenido y necesario, pero insuficiente. Hace falta generar un ecosistema en el cual pueda florecer innovación europea. No basta con regular o renunciar. En algunos casos podremos hacerlo sin mayor daño, pero en muchos otros renunciar significará quedarse inexorablemente atrás, aceptar significará una peligrosa dependencia. Debemos conseguir capacidades propias. Hacen falta portazos y cimientos a la vez.