En una mañana de mayo, con la primera vuelta a la vuelta de la esquina, Paloma Valencia pide prestado un despacho en el Congreso —el suyo está más lejos—. Cuando entra, disuelve rápido al ejército de asesores y colaboradores que la rodea antes de dar una orden: traigan café. De la calle, del bueno. La senadora, de 50 años, se acomoda en la silla con su estilo habitual —una camisa y unos tenis de colores. Son morados y del Real Madrid— y se pone a hablar como si no tuviese enfrente dos desconocidos. La estrategia de la aspirante presidencial de la derecha tradicional colombiana ha sido mostrarse, ser ella, sin demasiados pliegues. Una espontaneidad que en ocasiones se ha traducido en pasos en falso que contrastan con el cálculo electoral de sus adversarios. Y que es, quizá, lo que le va a pasar factura este domingo.Valencia habla mucho de Álvaro Uribe. La aspirante del Centro Democrático pasó más de una década ganándose un nombre propio como senadora, pero ni en su momento estelar ha querido separarse del nombre del expresidente. Ella, como anuncian sus vallas publicitarias, es la candidata de Uribe, a quien en campaña ha llamado “papá”. No solo no ha querido esconderlo, sino que no ha dejado de exhibirlo. Su fe en él es tal que Valencia llegó incluso a adelantar que el exmandatario —marcado por el escándalo de ejecuciones de civiles inocentes a los que los militares presentaron como guerrilleros muertos en combate —, sería su ministro de Defensa. “Yo no voy a acabar las cosas que el presidente Uribe creó”, defiende ella con firmeza. “Ese fue un error garrafal”, discrepa un amigo cercano.Su esposo, el profesor universitario Tomás Rodríguez, la compara con un aprendiz de pintura que va a los museos a copiar cuadros antes de desarrollar su propio estilo. “Paloma va a los maestros, los estudia y los imita. Y para ella Uribe es un genio, pero no es el único”. Quienes la quieren rechazan que sea un títere. “La gente confunde el respeto que le tiene por una manipulación”, dice un colaborador. La lealtad es recíproca. El expresidente ha apostado todo su capital político a su alumna y amiga. Uribe la ve como una persona transparente y “frentera”. Desde que fue elegida oficialmente como candidata por su partido en unas primarias, el exmandatario la ha arropado y la ha presentado como un cambio de ciclo. “No cometan el error de atacar a Paloma por mis errores. Ella no los ha cometido, no tiene mi desgaste”, dijo Uribe en marzo. Tal es su apuesta por la senadora que una derrota suya haría temblar los pilares del uribismo.Valencia, nacida en una familia de terratenientes del Cauca y bisnieta de un presidente de la República, estudió Derecho y Filosofía en la Universidad de los Andes, fundada por su abuelo materno Mario Laserna Pinzón, periodista, senador y hombre de centroizquierda. “No era de las que se sentaban en primera fila”, recuerda una compañera de aquella época, “pero sí de las que hacían la pregunta cuando todo el mundo ya quería irse. Uno podía no compartir lo que decía, pero tenía sentido”. Su campaña presidencial comenzó oficialmente en marzo, cuando ganó la consulta de la derecha con unos tres millones de votos y se convirtió de golpe en un fenómeno con opciones reales de vencer a Iván Cepeda, el candidato del oficialismo y líder de las encuestas. Fue entonces cuando tomó la decisión que marcaría su campaña: eligió a Juan Daniel Oviedo —un hombre de centro y abiertamente gay— como su fórmula vicepresidencial. Valencia tuvo una docena de reuniones en un solo día antes de anunciarlo. “Esto significaba darle un rumbo completamente nuevo a la candidatura”, recuerda un colaborador. “Para muchos, casarnos con Oviedo era el fin de Paloma; para otros, la bendición para impulsar su aspiración”. Era el viraje de una mujer que dice que, pase lo que pase, morirá uribista, pero con una advertencia, quizá contradictoria. “No me voy a volver de centro, ni pretendo que el centro se vuelva uribista”, zanja ella.En casa, su marido Tomás lleva años intentando algo parecido a eso. “Me lleva la contraria en casi todo”, bromea Valencia. Su compañero, un hombre de centro, es la persona que le obliga a pensar lo que a ella no se le hubiera ocurrido, asegura la candidata. “Él es un gran consejero de Paloma. Mi hijo le ha moderado algunas visiones que eran más radicales”, cuenta el suegro, que fue el primer ministro de Ambiente de Colombia. Tomás matiza a su padre: “Creo que ella me ha influido mucho más a mí que yo a ella. Mis amigos me dicen que mi giro a la derecha ha sido espectacular”. “Ella está en un sándwich entre el uribismo y el centro, y ha sido muy complicado manejarlo”, dice su suegro, Manuel Rodríguez Becerra. “Cuando Paloma se corre un poquitico al centro, está en una cuerda floja, jugando de equilibrista”, añade un colaborador. Y la misma virtud que todos le reconocen —su capacidad de escucha— terminó siendo también parte del problema. “Demasiada gente tiene voz en su campaña. Le ha faltado alguien que mande”, cuenta uno de sus amigos. Eso no quiere decir que Valencia haga todo lo que le indican. Asesores de la campaña le han insistido en la importancia de que cambie su corte de pelo para llevarlo un poco más corto. Incluso han buscado convencerla con imágenes hechas en IA que muestran cómo quedaría. Se ha negado: no quiere dejar de ser ella misma.Su capacidad de diálogo ha sido, paradójicamente, el punto de mayor fricción con los votantes más derechizados, que han encontrado en el ultraderechista Abelardo de la Espriella la figura que mejor representa la oposición al petrismo. Valencia, al principio, no vio el peligro del abogado para su campaña. Las posturas de ambos partían de un eje común en materia de seguridad y economía y, en una eventual segunda vuelta, los dos candidatos reconocían que necesitaban del otro. Pero en la recta final, se ha dado cuenta de que su principal adversario en primera vuelta no era Cepeda, sino el candidato que le adelantaba por la derecha. Ahora ha pasado al ataque —lo acusa de ser un extremista y de hacer un “circo” de la política con propuestas radicales y poco posibles de prosperar, como imponer una cadena perpetua a los violadores de niños—, aunque ya es demasiado tarde. Valencia ha centrado su candidatura en varios ejes, pero el principal es la seguridad. Durante el gobierno de Gustavo Petro fuPetro, de las más críticas con la paz total, la política impulsada por el Ejecutivo para negociar con todos los grupos armados en paralelo. La candidata plantea romper las negociaciones, muchas de ellas estancadas, y aumentar el gasto en defensa al 4% del PIB, sumar 30.000 militares y construir más cárceles. El de la paz es el asunto de mayor fricción ideológica con su marido. “Yo estoy parado siempre mucho más a la izquierda en ese tema. Ella dice que se puede dialogar, pero después de mucha presión militar. Yo creo que se debe conversar antes”, cuenta Rodríguez. Muy correcta en las formas durante casi toda la campaña, Valencia ha sido objeto de críticas por comentarios del pasado. Hace una década propuso “partir” su departamento natal del Cauca en dos. Es una de las zonas más azotadas por el conflicto armado y residencia de una docena de comunidades indígenas, entre las más numerosas de Colombia. “Uno sería indígena, para que ellos hagan sus paros y sus invasiones; otro con vocación de desarrollo”. En octubre volvió a arremeter: propuso bloquear la alimentación y el agua a las comunidades que apoyasen los cierres de vías. Declaraciones que se convirtieron en munición por todos los flancos.En eso llega Amapola. La hija de nueve años de Valencia y Rodríguez, es una gran protagonista en la campaña de su madre. Desde que era bebé, acudía al Senado en brazos de su madre y ahora asiste a mítines y reuniones de trabajo. Pero cuenta estos últimos meses como una pérdida. “La campaña es desde que mi mamá se fue”, dice. Su madre la corrige: no se ha ido a ningún sitio. Pero la niña tiene su propia contabilidad y su propio argumento: antes dibujaban juntas. Ya no. La niña es, de todo el equipo, la que le habla más claro.— ¿Te haría ilusión que tu madre fuese presidenta?— No. Me hace ilusión que se acabe la campaña.
Paloma Valencia, la última carta de Uribe
La candidata de la derecha busca el centro y el diálogo, sin soltar la herencia y la influencia del expresidente












