Como doctor en toxicología por el CINVESTAV-IPN y con un postdoctorado en Salud Ambiental por la Escuela de Salud Pública de Harvard, me da enorme gusto que México esté viviendo un momento que podría ser histórico: la salud ambiental empieza a ocupar un lugar más visible en la agenda pública. Durante años, problemas como la exposición a plomo, la contaminación del aire, el calor extremo o los tóxicos ambientales han sido tratados como asuntos secundarios, a pesar de sus efectos adversos sobre la salud, el desarrollo infantil y la productividad del país. Por eso, cualquier discusión sobre la actualización de la NOM-199-SSA1-2000, que establece criterios sobre niveles de plomo en sangre, debe celebrarse. México necesita normas actualizadas, basadas en evidencia y alineadas con la protección de la salud, especialmente de niñas, niños, mujeres embarazadas y poblaciones vulnerables como las personas con diabetes y/o enfermedad cardiovascular. Pero también hay que decirlo con claridad: el problema del plomo no se resuelve de un plumazo. No basta con hacer más estricta una norma si al mismo tiempo no construimos la capacidad real para medir plomo en sangre, identificar el riesgo, atender a las poblaciones expuestas, orientar a las familias, eliminar fuentes, vigilar el desarrollo infantil y referir oportunamente a quienes lo necesitan. De lo contrario, sería como tratar de resolver la inseguridad, las muertes cardiovasculares, la obesidad, la diabetes o la hipertensión únicamente modificando una norma o creando una ley. Las normas son necesarias, pero no sustituyen una estrategia. Se necesita un plan serio, medible, financiable y aterrizable en el primer nivel de atención, por lo menos. En el caso del plomo, esa diferencia es crucial. La evidencia científica es contundente: no existe un nivel seguro de exposición a plomo. Lo ideal sería que ninguna niña, niño o mujer embarazada tuviera plomo en sangre. Pero una meta aspiracional no es lo mismo que un umbral operativo. Una política pública efectiva debe distinguir entre lo deseable, lo medible y lo accionable. México ya redujo en su momento el valor criterio de plomo en sangre de 10 a 5 microgramos por decilitro (ug/dL) para niñas, niños, mujeres embarazadas y en lactancia (NOM-199-SSA1-2000). Esa decisión fue correcta: respondió a evidencia acumulada de daño a niveles más bajos y permitió reconocer que el plomo afecta el neurodesarrollo, la conducta, el aprendizaje y la salud futura. Con el nivel actual en la norma de 5 ug/dL de plomo en sangre, la carga ya es enorme. Encuestas nacionales han estimado que alrededor de 17% de niñas y niños de 1 a 4 años en México tienen niveles de plomo en sangre iguales o superiores a 5 ug/dL. En algunos estados y comunidades, la prevalencia es mucho mayor, por ejemplo en el Estado de México y en la CDMX, aproximadamente 30% niñas y niños de entre 1 y 4 años tiene niveles por encima de la norma y en lugares como Puebla, cerca del 46%. Adicionalmente, si consideráramos el nivel de referencia de Estados Unidos (3.5 ug/dL), el porcentaje sería casi del doble, es decir de ~60% en el Estado y en la CDMX, mientras que en Puebla el porcentaje se iría hasta a más del 90%. La principal fuente identificada ha sido el uso de loza de barro vidriado con plomo, aunque también existen otras fuentes de exposición: polvo, suelo, agua, pinturas, ocupaciones familiares, reciclaje, fundición, cosméticos, remedios tradicionales, tatuajes, vapeo y contaminación industrial. Frente a ese panorama, bajar el número en la norma sin construir capacidad de respuesta puede generar una paradoja: una norma más ambiciosa en el papel, pero no necesariamente más efectiva en la vida real. Si la salud ambiental no llega a la consulta de primer nivel, si el personal médico no cuenta con herramientas para identificar la exposición a plomo, si no hay acceso de rutina a una prueba de plomo en sangre, vigilancia epidemiológica ni orientación clara para las familias, entonces el problema no está solo en el umbral. Está en la capacidad del sistema para convertir la norma en prevención, detección y acción. Esto no significa renunciar a metas más estrictas. Al contrario. Tanto en México como en otros países se debe aspirar a que los niveles de plomo en sangre sean lo más cercanos posible a cero. Pero creo que la estrategia podría ser diferente y organizarse por niveles: mantener 5 ug/dL como umbral operativo de acción inmediata; usar 3.5 ug/dL como alerta preventiva, similar al valor de referencia utilizado por los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos; y establecer, incluso, menos de 1 ug/dL como meta poblacional aspiracional de largo plazo. Esa diferencia importa. El valor de 3.5 ug/dL en Estados Unidos no es un “nivel seguro” ni un punto de intoxicación clínica. Es un valor de referencia poblacional, al cual solo el 2.5% de la población esta por encima de ese valor. En México, donde más del 17% de niñas y niños están expuestos a más de 5 ug/dL y en algunas regiones del país hasta más del 30%, simplemente copiar ese valor como umbral legal o incluso a 1 ug/dL, claramente no es suficiente si no se acompaña de prevención, medición, seguimiento, confirmación diagnóstica y capacidad de intervención. La prioridad debe ser construir una ruta real. Y una de las formas más viables sería integrar ampliamente la exposición a plomo dentro del PRONAM de los primeros 1000 días de vida. Ese periodo, que incluye embarazo y los primeros dos años, es una ventana crítica para el desarrollo infantil. Ahí debería existir una guía práctica para el personal de salud: cómo identificar factores de riesgo, medir plomo en sangre de manera rutinaria y como parte de la atención del embarazo, cómo orientar a las familias, cómo registrar el antecedente ambiental, cómo vigilar el neurodesarrollo y cuándo referir, por ejemplo. No se trata de cargar al personal médico con otra obligación imposible. Se trata de darle herramientas sencillas y útiles. Preguntar si se usa barro vidriado para cocinar, servir o almacenar alimentos; si hay alfarería en casa o en la comunidad; si hay exposición ocupacional familiar; si viven cerca de zonas de reciclaje de baterías, de fundición o zonas industriales cercanas. Orientar sobre eliminación o reducción de fuentes, higiene del hogar, limpieza húmeda y alimentación adecuada. Registrar el riesgo. Medir cuando corresponda. Dar seguimiento. México ya tiene evidencia, normas, una gran comunidad académica involucrada en temas de salud ambiental y con gran capacidad técnica. Lo que falta es convertir todo eso en una respuesta articulada: vigilancia epidemiológica, capacitación clínica, acceso diagnóstico, comunicación de riesgos, alternativas seguras para las familias y coordinación entre salud, educación, economía, medio ambiente, cultura, la sociedad civil y los empresarios. La exposición a plomo no es solo un asunto de toxicología. Es un problema de infancia, desigualdad, productividad, justicia social y desarrollo nacional. Por eso, la discusión no debería ser si México debe proteger más a sus niñas y niños del plomo. Claro que debe hacerlo. La pregunta es cómo lograrlo de manera efectiva. Una norma más estricta puede ser parte del camino, pero no basta. El plomo no se elimina por decreto. Se elimina cuando el Estado es capaz de identificar fuentes, medir exposición, orientar a las familias, sustituir prácticas de riesgo, vigilar a niñas y niños, capacitar al personal de salud y construir una política pública que llegue al territorio. No una que solo exista en el papel, por mejores intenciones que tenga. Si México quiere vivir un momento histórico en salud ambiental, debe pasar de la aspiración normativa a la acción institucional. Porque una infancia libre de plomo no se logra cambiando solo un número: se logra construyendo un sistema capaz de prevenir, detectar y responder. Doctor en Toxicología por el CINVESTAV-IPN y Postdoctor en Salud Ambiental por la Universidad de Harvard Consultor en Epidemiología Ambiental y Salud Pública. X @MarcoSanchezGue Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.