En España ya forma parte de la normalidad que los tribunales marquen el ritmo de la política. Es un síntoma estructural de una democracia atrapada en un clima de confrontación permanente, en que la justicia ha dejado de ser únicamente un poder del Estado para convertirse, también, en un actor central del combate político. Y el nuevo cromo de este coleccionable es el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, que deberá comparecer ante la Audiencia Nacional para defenderse de las acusaciones de tráfico de influencias que le atribuyen.En realidad, da casi igual el desenlace judicial del caso. En el barrizal político y mediático ya se ha dictado sentencia y, para lograr el propósito político, con la sospecha basta. Lo importante es dañar la imagen del adversario y que la opinión pública consuma titulares, filtraciones e insinuaciones como si fueran pruebas concluyentes.El líder de Vox en la manifestación organizada contra Pedro Sánchez el pasado sábado 23 Daniel González / EfeNaturalmente, quien la haga que la pague. Pero una cosa muy distinta es la utilización política del proceso judicial, el uso partidista de las investigaciones o la creación de un clima de demolición moral permanente alrededor del adversario. Y en eso España lleva años instalada en un círculo vicioso del que nunca quiere salir.Pedro Sánchez es el objetivo que abatir. Su entorno familiar, político y personal está completamente cercado por causas judiciales, investigaciones, registros y declaraciones ante los jueces. Esta semana juzgan a su hermano; para la próxima han citado a su esposa. Después será el turno de Zapatero. Y mientras, quienes fueron sus hombres fuertes en el PSOE, José Luis Ábalos y Santos Cerdán, esperan resoluciones judiciales que mantienen al partido en un desgaste constante y corrosivo.La derecha política, judicial y mediática hace tiempo que trabaja con una misma lógica de considerar ilegítimo cualquier gobierno progresista sostenido por alianzas parlamentarias incómodas para el establishment madrileño, y aplica la doctrina de José María Aznar del “quien pueda hacer que haga”. Y el objetivo principal de esta ofensiva ya se ha conseguido al impedir que Sánchez pueda reconstruir el relato, ya que incluso alguien con sus acreditadas dotes para el funambulismo político empieza a mostrar señales de agotamiento, ante una maquinaria que convierte cada semana en un nuevo capítulo de desgaste institucional y personal.Feijóo y Abascal prometen salvarnos del naufragio mientras trabajan para agujerear el barcoSin embargo, existe una paradoja inquietante en esta estrategia. Quienes probablemente acabarán capitalizando el deterioro del PSOE no serán necesariamente el Partido Popular ni Alberto Núñez Feijóo, sino Vox y la extrema derecha. Porque el gran combustible del populismo autoritario es precisamente el desaliento democrático. Convencer a la ciudadanía de que todos los políticos son iguales, de que todo está corrompido y que las instituciones son inútiles es la antesala perfecta para quienes prometen soluciones simples a problemas complejos. Vox crece sobre esa desafección. Se alimenta del hartazgo y la fatiga colectiva. Y lo hace con gran comodidad porque tiene el papel de quien aparentemente pasaba por allí, ajeno a responsabilidades de gobierno y libre del desgaste de gestionar contradicciones. Mientras los partidos tradicionales se hunden en la pelea permanente, la extrema derecha avanza ofreciendo identidad, mano dura y simplificaciones emocionales.El problema es que la degradación política nunca sale gratis. La desconfianza sistemática hacia las instituciones acaba erosionando derechos y libertades. Dedicarse a la política se ha convertido en deporte de riesgo, con una presión judicial, mediática y personal que expulsa progresivamente a perfiles solventes y favorece el ascenso de los más estridentes. El resultado acostumbra a ser una combinación explosiva de mediocridad y autoritarismo.Ahora mismo, a Pedro Sánchez solo le queda resistir, a menos que consigan sentarlo, también a él, en el banquillo, y confiar en que sus socios parlamentarios concluyan que la alternativa resulta todavía peor. Porque la verdadera decisión no la tomarán ni Génova ni Ferraz, sino los partidos que sostienen la mayoría parlamentaria y que deberán decidir si entregan el timón del país a un eventual tándem formado por Feijóo y Santiago Abascal, que prometen salvarnos del naufragio mientras trabajan incansablemente para agujerear el barco.