En estos tiempos de ausencia de pensamiento crítico –sobre todo en el ámbito de lo social– pese a que la idea de ser analítico y deliberante se vende como objetivo por alcanzar en los distintos niveles de educación, la voz del papa León XIV se alza nítida para tratar aspectos de la vida contemporánea.El 16 de abril, en este Diario, publiqué una columna que también se refería a la perspectiva del papa frente a los desmanes del poder mundial, concretados en la ominosa guerra y en la política global que posiciona al dinero, al poder y al menosprecio a quienes no comparten esas posturas ideológicas como normales y correctas en la convivencia internacional y nacional. Grupos de poder locales se allanan con las voces agresivas que nos ofenden como pueblo y como cultura, seguramente porque sus intereses se ven protegidos y potenciados con ese sometimiento. También, es probable que la adhesión se dé, porque comulgan con esos criterios de superioridad, alevosía y desafío permanente, que los extrapolan del mundo internacional al escenario local. Puede ser que, esos ecuatorianos, se consideren a sí mismos como mejores que los otros ciudadanos de este país, porque apoyan e impulsan, sin reflexión social ni moral, el “progreso”, definido por el enriquecimiento personal indiscriminado que se deriva de esa perspectiva de vida.En ese escenario, de arrolladora imposición práctica y conceptual de un modelo de convivencia, el papa cumple con su rol, sin aspavientos, consecuente con su fe y con su milenaria doctrina, reivindicando la importancia central del ser humano. En su primera encíclica, Magnifica Humanitas, trata aspectos trascendentales como el respeto a la dignidad humana, a los débiles y la permanente búsqueda de justicia social. Aborda el rol de la inteligencia artificial (IA), calificándola como nuevo espacio de poder que somete a los otros, denunciando que hoy esa tecnología sacrifica a débiles, homogeniza a las personas convirtiéndolas en datos, deshumanizándolas, con el peligro ya presente de controlarlas totalmente, y nos pide desenmascararla y desarmarla.León XIV exhorta al diálogo moral de las sociedades con la ciencia, porque quienes tienen ese conocimiento –tan pocos en realidad– ejercen un dominio total sobre el conjunto de la humanidad. El poder actual, como el de siempre, tiene el rostro de quienes lo financian, colocando al lucro por sobre la dignidad humana, la fraternidad y la justicia. Esas reflexiones son excepcionales, lamentablemente, no porque sean las únicas lúcidas, sino porque la humanidad se acomoda. Instituciones, como las universidades, callan y se alinean con el poder deshumanizador. Los objetivos comerciales, en esos lugares otrora de reflexión, diálogo, debate y denuncia, se han impuesto. Debemos rescatar su rol fundamental, que no es la producción indiscriminada de profesionales acríticos, para que sean el lugar que fueron antes. La ciudadanía activa que piensa y propone requiere contar con esos espacios, las universidades, que por definición son ámbitos de diálogo, indispensables, en los procesos de búsqueda de la verdad. (O)