En el invierno del año 57 antes de Cristo, el ejército romano comandado por Julio César se adentraba en el territorio de los belgas, en lo que hoy es el norte de Francia y Bélgica. César iba en busca de los nervios, la tribu más feroz de la zona y la que con más determinación rechazaba la influencia y el comercio con Roma. Había escuchado que estaban formando una alianza contra su hegemonía y quería pararles los pies en seco. Y parecía estar en lo cierto, porque en una pausa del camino, mientras las legiones estaban dispersas instalando el campamento a orillas del río Sabis, los nervios le tendieron a los romanos una emboscada.
Llevaban días apostados en el bosque, esperando el momento preciso para pillar a las tropas desprevenidas, entre el avituallamiento y la logística de un ejército imperial. Fue de las pocas veces en toda la campaña en que César estuvo a punto de ser derrotado: el ataque fue tan súbito que los invasores no tuvieron tiempo ni de formar ni de levantar los estandartes.








