El candidato presidencial Sergio Fajardo está absorto en su celular. La invitación a tomar un café por parte de una de sus rivales, la derechista Paloma Valencia, ha trastocado la agenda de un viernes de visita a Barranquilla. No paran de llegar mensajes de personas que le piden y hasta ruegan que baje su candidatura para apoyarla a ella, que va tercera en las encuestas y tiene más posibilidades de disputarle el poder a la izquierda y la ultraderecha. “Sergio, por favor, ¡salvemos el país!”, resume el candidato centrista, con una voz impostada, sobre las peticiones. Se le nota que está irritado. “Mire esta señora, no tengo idea de quién es. Dice que me junte por el país. Es paja, carreta todo”.La invitación de Valencia ha sido una oportunidad para Fajardo, que busca la Presidencia por tercera vez tras haber sido alcalde de Medellín (2004-2007) y gobernador de Antioquia (2012-2016). “Todo el mundo está opinando, todo el mundo está llamando”, dice mientras se dirige a un almuerzo con simpatizantes de todo el departamento del Atlántico. Declina las llamadas de los periodistas y responde esquivo a los mensajes de WhatsApp, si es que los contesta. Y sonríe. Acapara finalmente la atención mediática luego de semanas relegado: en medio de una creciente polarización, sus números en las encuestas pasaron de un 10% a oscilar entre el 2% y el 4%, en un lejano cuarto puesto. “Ya sé qué voy a decir, solo estoy buscando la forma”, afirma sobre la propuesta de Valencia. Quiere mantener el suspenso.— Igual todos sabemos la respuesta. Usted no va a ceder...— No sé. ¿Quiénes saben? Nadie la sabe, la tengo aquí dentro [señala su cabeza].Mientras evita a la prensa, Fajardo termina de pulir su respuesta con su estratega, el catalán Antoni Gutiérrez-Rubí, y otros aliados. Todos mantienen el secretismo. “¡Es una locura! ¡Todo el mundo está llamando!”, se limita a responder por WhatsApp la candidata vicepresidencial, Edna Bonilla. La decisión, sin embargo, ya está tomada: Fajardo aceptará el café con la condición de que sea público, y el sábado explicará que no se baja, que no se junta con políticos cuestionables y que es la mejor opción para “un cambio serio y seguro”.El almuerzo se convierte en un esfuerzo para que los simpatizantes de Fajardo no se desmoralicen. José Antonio Segebre, gobernador del Atlántico entre 2012 y 2015, repite las consignas contra el voto útil que ha llevado a la fuga de los votos centristas hacia la izquierda y la derecha. “[El sistema electoral] se hizo para que, en una primera etapa, hubiera muchas opciones, de todos los sectores. Y luego, en una segunda, los dos restantes buscaran una negociación e hicieran políticas más integracionistas, que representen a todos los colombianos”, defiende para enfatizar que este no es el momento del pragmatismo. “No puede ser que ahora nos quieran llevar a votar a través del miedo por una opción que no nos representa”.El naufragioLa primera de una larga serie de entrevistas es en el estudio de Emisora Atlántico, perteneciente a la poderosa familia Char. El conductor, Jorge Cura, comienza por la precaria situación del candidato en los sondeos. “Doctor Fajardo, ¿qué le dicen las tres encuestas que salieron en las últimas horas?”. El candidato responde que la polarización se agudiza, que hay muchos indecisos y que espera que le den una oportunidad para evitar un nuevo estallido social. El periodista, que ya ha escuchado este discurso en otras ocasiones, parece aburrido. “Cada vez que ha hablado con nosotros dice más o menos lo mismo: ‘Quiero hablar con esos indecisos’. Pero mire, ya las cifras no dan. La gente ya tomó partido”. La entrevista dura apenas siete minutos. La rutina se repetirá, con algunas variaciones, a lo largo del día. Los periodistas lo reciben o despiden con afecto. “Siempre es un placer hablar con usted, una persona muy correcta. Lo admiramos mucho”. “Tocayo, ¡me caes superbién!”. “Ojalá todos los candidatos hablaran como usted”. Pero ninguno lo recibe como si fuera el próximo presidente: Fajardo está lejos de la fuerza de 2018, cuando obtuvo el 24% de los votos, a un 1% de pasar a una segunda vuelta que todos los sondeos señalaban que ganaría. Le hacen preguntas sobre su inminente derrota. Él se esfuerza por mantener el optimismo. Su capacidad para mantenerse animado, cuando otros políticos se sentirían abatidos en circunstancias similares, sorprende incluso a algunos en su propia campaña.“No soy un frustrado, sino un convencido. Nunca pierde quien lucha por sus ideales y lo hace con toda su convicción, con toda su energía”, afirma. Esta campaña, asegura, ha sido la “más difícil”: entre otras cosas, por “las presiones” para unirse a otros políticos de centro en una consulta que definiera un candidato único, como la experiencia “amarga” de 2022 en la que terminó peleado con varios antiguos aliados. A la vez, es en la que se ha sentido más tranquilo consigo mismo. “Estamos haciendo lo correcto y eso me da paz”, subraya.Recuerda sus logros en Medellín y en Antioquia, donde fue reconocido por su capacidad de alcanzar consensos, sus políticas educativas y su lucha contra la corrupción. “¿Es poco éxito haber sido alcalde y gobernador sin tener un partido, un mentor y recursos? Luchamos a pie y fui elegido como el mejor alcalde de Colombia”,, dice. “Es mucho lo que hemos hecho. Mucho”, insiste. Pero, en lo más cercano a un reconocimiento del desgaste emocional que implican las derrotas y las burlas en redes sociales, señala sin ningún atisbo de duda que este es su último intento. “Ya es suficiente, ya tengo 70 años. Tengo una nieta, familia. Así que ya”, dice.— ¿Cómo reaccionaron sus hijos cuando les dijo que lo volvería a intentar?— Para ellos es muy difícil ver todo esto, ver las cosas que pasan. Pero están bien. Nunca en la vida van a sentir vergüenza por su papá, sino orgullo.— ¿Por qué sentirían vergüenza?— Por nada. No tengo vergüenza ni frustración. Me siento muy orgulloso de lo que he hecho. Fajardo enfatiza que su proyecto de vida nunca fue ser presidente, sino reivindicar una manera más transparente y horizontal de hacer política. En cada entrevista repite que nunca se ha subido a tarimas para encabezar grandes mitines. Rechaza que las maquinarias políticas “recojan a personas en todas partes” y las “lleven en buses” a los actos. “Ahí está el caudillo y allá está el pueblo al que se dirige. [Los asistentes] no pueden hablar ni preguntar, siempre van a escuchar las palabras del mesías. Nunca me he sentido cómodo con eso”, dice. Las redes socialesJessica Blanco y José Paz, de 25 y 26 años, sobresalen en la comitiva. En una campaña con recursos limitados, viajan a todos lados. Saben que, en Barranquilla, el candidato siempre desayuna en Narcobollo o La Tiendita, y que se queda en la casa de una cuñada. La confianza es recíproca. “Soy como el papá de ellos”, dice Fajardo mientras toman un ascensor a la redacción del periódico El Heraldo. Jessica y José no son sus asistentes personales, sino los encargados de sus redes sociales y las de su esposa, la excanciller María Ángela Holguín. Fajardo los buscó a principios de 2024 para que lo ayudaran a acercarse a los jóvenes.Ellos apostaron por TikTok. “Es la red social más democrática porque la visibilidad no depende de la pauta como en otras plataformas, donde hay candidatos que ponen 400 millones de pesos [unos 110.000 dólares] cada semana”, explican tras grabar a Fajardo en un recorrido por los murales del Barrio Abajo. En estos dos años, el político centrista ha saltado de unos 16.000 seguidores a más de 220.000, con videos que han superado las dos millones de reproducciones. Los comentarios en su cuenta certifican lo que su campaña destaca: es el primero en montarse en todas las tendencias y videos virales. “Ha sido la plataforma ideal para presentarlo a un público nuevo sin la intermediación del desgaste [de su tercera postulación]”, evalúan. Él se siente cómodo: “No es como una tarima. Los asistentes están ahí porque quieren, y hay posibilidad de interactuar, preguntar, criticar”.Pero los me gusta en redes sociales no parecen traducirse en votos. Tampoco parecen haber marcado una diferencia los intentos de que Fajardo proyecte una imagen más formal, con saco y corbata, o que sus asesores hayan agregado la seguridad o la salud a sus banderas tradicionales de la educación y la lucha contra la corrupción. Aunque ha adoptado un tono duro contra la ultraderecha, sigue sin quitarse el mote de “tibio”. El resultado del próximo domingo puede ser aún peor que el de 2022, cuando el candidato quedó en el cuarto puesto con el 4,2% de los votos. En la campaña, se aferran a la ilusión de que haya “un voto oculto” que no captaron las encuestas.Fajardo se irrita cuando se le señalan algunas posibles causas de que no despegue su tercer y último intento. Descarta un cansancio en los votantes, pese a que eso responden algunos en la calle. “¿Cuántas veces fue candidato [Gustavo] Petro antes de ser electo? Tres. El problema no es ese”, dice. También rechaza que se haya ganado fama de ser arrogante por su poca flexibilidad para llegar a acuerdos con otros sectores políticos. “Que otros miren la corrupción que tienen al lado; vendieron el alma al diablo. Y estamos los que no lo hacemos. ¿Dónde está la moral?”, cuestiona, en referencia a los escándalos de corrupción del Gobierno de Petro.El candidato señala la falta de recursos como una de las posibles causas. “¿Dónde se ve una valla mía en Barranquilla? ¿Hay alguna publicidad en radio o televisión? Nada”, comenta. “¿Entonces cómo llega uno? En medio de la polarización, es muy difícil que se escuche mi voz. Es David contra Goliat”, agrega. Evita profundizar sobre otras posibles causas. “Yo no soy el analista, soy el candidato”. El futuroUna de las preguntas que más se repiten, y más irritan a Fajardo, es a quién apoyará en una segunda vuelta. “Yo no me acuesto por las noches y digo: ‘Si no soy yo, ¿por quién voy a votar?’. El día que piense eso, aquí no vengo”, responde en el medio digital Impacto News. Insiste en que él puede llegar a segunda vuelta y evita elegir entre el izquierdista Cepeda y el ultra Abelardo de la Espriella. Sin embargo, hay un contraste marcado en la forma en la que se refiere a cada uno. Sus críticas al candidato petrista se concentran en su falta de experiencia en cargos ejecutivos: “Nunca ha manejado a más de 10 personas”. Concede que “es un hombre serio, respetuoso”. De la Espriella, en cambio, es “un fantoche”, “un farsante”, venido de “un mundo de oscuridad”.La pregunta por esta diferencia produce una pausa de unos segundos en su carro. “Estoy concentrado aquí”, responde finalmente, antes de volver a su celular repleto de mensajes. Horas después, el académico Diógenes Rosero, que lo acompaña en la campaña en el Caribe, se anima a conjeturar que Fajardo tomará partido. “Votar en blanco [como en 2018 y 2022] es parte de su capital político, pero creo que ahora podría estar dispuesto a sacrificarlo. Ya no está pensando en el Fajardo del futuro: es su último bus, y tiene margen para jugársela más”, evalúa. Mientras tanto, Fajardo comienza a despedirse de la adrenalina electoral. Hace una de sus últimas paradas del día en la entrada de la Universidad Simón Bolívar, una hora después de anunciar que acepta un café con Valencia. Le emociona el sitio porque allí comenzó en 2018, de manera improvisada, el cántico que se volvió un distintivo de esa campaña: “Un profesor/un profesor/un presidente profesor”. Los estudiantes, del otro lado de la reja, lo miran mientras él reparte folletos entre los peatones y los conductores de carros y motos. Sacan sus celulares y lo fotografían. El candidato se esfuerza por reaccionar rápido con cada posible votante. “Estos folletos les dan suerte. Con esto les va mejor en los exámenes”, les dice a unos estudiantes. Promete robustecer los créditos para financiar el estudio en instituciones públicas y privadas. Después, saca su lado futbolero cuando ve a un motociclista con la camiseta del Junior, el equipo local. “¡El Pibe Valderrama también jugó en el Medellín!”, le dice, en busca de puntos en común. Mientras tanto, unos voluntarios gritan por un megáfono que hay que acabar con la corrupción, que un profesor puede llegar a la Casa de Nariño, que todavía hay tiempo.Fajardo se llena de afecto. Ahmet Pallares, un administrador de empresas, se baja a toda velocidad de su carro para abrazarlo. Explica que lo sigue desde hace años y que está emocionado porque nunca lo había visto. “Si Colombia lo apoyara, sería un excelente candidato”, dice, con una efusión que se combina con un atisbo de lamento. El político centrista sonríe, divertido. Luego, al igual que con los periodistas, le aclara a su simpatizante que no está derrotado: “¡Vamos a darle hasta el último minuto!”.
El último intento de Sergio Fajardo de ser presidente de Colombia: “No siento vergüenza ni frustración. Estoy orgulloso”
EL PAÍS acompaña un día en la campaña del candidato centrista, que enfrenta la fuga de sus votos hacia la izquierda y la derecha














