Solo en un año, entre 2020 y 2021, más de 10 millones de menores en África y Asia sufrieron algún tipo de abuso sexual digital. Uno de cada seis jóvenes de entre 12 y 17 años fue víctima de extorsión o chantaje o recibió imágenes sexuales no deseadas u ofertas donde se le solicitaba contenido explícito a cambio de dinero. Esto es lo que denuncia una investigación que se publica este miércoles en la prestigiosa revista Nature. Sakshi Ghai, investigadora de la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres y autora principal del estudio, advierte de que las cifras representan apenas una aproximación al problema, que podría haberse agravado tras cinco años, especialmente ante la expansión de nuevas tecnologías como la inteligencia artificial generativa. “La carga actual de daños en internet podría ser mucho mayor”, alerta. Aun así, recalca que los datos tienen un enorme peso estadístico. Se trata de encuestas representativas a nivel nacional realizadas en 12 países: Etiopía, Kenia, Mozambique, Namibia, Tanzania, Uganda, Camboya, Indonesia, Malasia, Filipinas, Tailandia y Vietnam. En total, participaron 11.912 personas.El estudio está basado en datos recopilados por el proyecto Disrupting Harm, realizado por Unicef Innocenti, la organización ECPAT y la Interpol. Los investigadores encontraron que cerca del 10% de los chavales recibió imágenes sexuales no deseadas y un 8% comentarios sexuales. Un 5% fue presionado para mantener conversaciones de este tipo y alrededor del 3% sufrió chantaje o difusión no consentida de imágenes íntimas. La prevalencia fue casi idéntica para chicas y chicos. En Vietnam, el porcentaje de menores afectados fue del 5,5%; mientras que en Filipinas alcanzó el 29%. Los autores apuntan que, aunque los números varían, cualquiera de estos escenarios provoca graves daños psicológicos, emocionales e incluso físicos en los menores de edad. La desigualdad es estructural El estudio menciona que la digitalización ha permitido que aumenten las investigaciones y el debate sobre la seguridad en línea de los niños y adolescentes. Sin embargo, este impulso por proteger a los menores no ha sido el mismo en países del Sur Global. La mayoría de los estudios sobre seguridad digital infantil se han concentrado históricamente en países ricos, mientras que en África y gran parte de Asia permanecían prácticamente fuera del radar académico, aunque son precisamente estas regiones las que concentran algunas de las poblaciones infantiles más numerosas. En África, más del 60% de sus habitantes tienen menos de 25 años y se proyecta que la población se duplicará para 2050, según Naciones Unidas. Para Nacho Guadix, responsable de Educación y Derechos Digitales de Unicef España, el hecho de que los chavales estén conectados a plataformas globales provoca que se enfrenten a problemas similares, pero con el agravante de que debe añadirse el resto de vulnerabilidades a los que están expuestos. “En entornos de pobreza, de falta de estructuración familiar o falta de sistemas de protección más desarrollados, los efectos son aún más perniciosos”, subraya. Para la autora de la investigación, uno de los aportes centrales de esta es haber desplazado el foco más allá de los países occidentales. “La conversación sobre daños digitales ha estado dominada por unos pocos países occidentales. Tener un conjunto de datos como este, que representa otras partes del mundo, es importante para mostrar qué tan global y frecuente es el problema”, afirma Ghai. La mayoría de los casos no son denunciadosEl estudio encontró además que muchos menores no denuncian por miedo, vergüenza o falta de confianza. Sin embargo, apunta Ghai, la barrera más frecuente fue que “no sabían adónde ir”. De acuerdo con la investigadora, este hallazgo revela un vacío crítico en los sistemas de protección infantil y en la educación digital. Los datos muestran además que los niños con mayor acompañamiento parental y con conocimientos sobre dónde buscar ayuda tenían más probabilidades de contar lo ocurrido. “Los entornos familiares seguros y las conversaciones abiertas sobre seguridad en línea fomentan la confianza para que los jóvenes den un paso adelante”, explica. También insiste en la importancia de enseñar desde edades tempranas cómo identificar este tipo de violencias y dónde pedir apoyo. Sin embargo, advierte de que la responsabilidad no puede recaer únicamente en las familias o en los propios menores. “Los jóvenes y las familias no pueden soportar solos esta carga”, afirma. Por eso reclama una respuesta coordinada entre gobiernos, empresas tecnológicas, fuerzas de seguridad y sistemas educativos. “Gran parte de esto ocurre en plataformas específicas y todavía no analizamos suficientemente cómo responden las empresas tecnológicas o qué hacen para crear entornos seguros”, sostiene. Además, insiste en que las próximas investigaciones deben incorporar con más profundidad las desigualdades que atraviesan a la infancia en distintas regiones del mundo. “Tenemos que entender cómo influyen factores como la pobreza, la migración, la etnicidad o la orientación sexual y cómo los agresores explotan esas vulnerabilidades”, señala. Para Guadix, los intentos reguladores siguen siendo insuficientes. “Aún no es sencillo verificar la edad de acceso a sus servicios y, desde luego, no están adaptados a los desarrollos madurativos que les permitan hacer un uso adecuado”, sostiene. Para Jorge Flores, director y fundador de Pantallas Amigas, una iniciativa por el uso seguro de la web, “internet es una herramienta con la que es muy fácil hacer mucho daño”. Advierte que uno de los errores más frecuentes por parte de las familias es entregar dispositivos móviles demasiado pronto y sin preparación previa. “El smartphone hoy supone un grado de autonomía mayor. Se entrega muy temprano y sin un plan”, comenta. La prevención temprana en el hogar y en la escuela es un factor de protección importantísimo, “pero no siempre se hace con la dedicación adecuada”, sostiene. “Hay familias que no se preocupan lo suficiente; hay familias que se preocupan, y son menos las que realmente se ocupan”, apunta. Además, alerta de que los desafíos digitales evolucionan cada vez más rápido. “Ahora hablamos de inteligencia artificial, deepfakes y nuevas formas de manipulación. Los riesgos crecen en diversidad y velocidad”, alerta.