Alejandro González Iñárritu ha sido siempre un hombre pionero y, a pesar de su largo y nutrido historial, este martes ha vuelto a colocar una primera piedra. Tras dos años resistiéndose “como gato boca arriba” a la insistente petición de su amigo, el escritor Juan Villoro, el director mexicano acaba de convertirse en el primer cineasta en ingresar en el Colegio Nacional de México, una de las instituciones académicas más prestigiosas del mundo hispano. Lo ha hecho con un discurso titulado La alucinación consensuada en el que ha reivindicado la imaginación del cine y el “milagro” de que una película llegue a existir, cuando su “estado natural”, ha defendido, es “no suceder jamás”. “Requiere de un enorme acto de voluntad. Es alinear todas las fuerzas divergentes en fricción y las infinitas variantes del caos, la obsesión y la locura. Es domesticar un huracán para que actúe frente a una cámara”, ha desarrollado. Y, sin embargo, ocurre. Iñárritu (Ciudad de México, 62 años) se ha vuelto un extraordinario domador de vendavales y ha hecho gala de ello esta tarde, en una extensa conferencia en la que se ha movido por los distintos aspectos del cine ―la luz, el encuadre, el tiempo, la música― para terminar con un alegato a favor del arte “humano” frente a la “soledad tan perfectamente producida” de la inteligencia artificial. “Desde las cuevas de Lian Metanduno en Indonesia, una mano pintada en sus paredes era un testamento: estuve aquí, viví esto. La IA puede hacer y hará pirotecnias visuales de primer nivel, pero detrás no hubo nadie que amara, sufriera, tuviera hijos, afectos, pérdidas, ni se equivocara jamás”, ha argumentado. Su lenguaje son las imágenes y en ellas se ha apoyado para llegar allá donde las palabras no le alcanzaban. Por el Aula Mayor del Colegio Nacional han desfilado, cada una en el momento preciso, secuencias de todos sus largometrajes, algunas de ellas inéditas: desde su personalísima Bardo (2022), pasando por El renacido (2015), 21 gramos (2003) y Birdman (2014), hasta llegar al film que lo encumbró y que alzó con él a todo el cine mexicano: Amores perros, del 2000. El país continúa volcado en revisar y celebrar la ópera prima del director, que 25 años después sigue granjeándole alegrías, como el reencuentro con su guionista, Guillermo Arriaga, con el que estuvo 20 años sin hablarse. Los antiguos socios firmaron la paz el pasado octubre y este martes el escritor seguía atentamente el discurso de su recién recuperado amigo unas filas más allá. Desde la tribuna, Iñárritu le ha elogiado con generosidad varias veces y ha celebrado el “fantástico” guion que escribió para el primero de los tres proyectos en los que trabajaron juntos, la llamada Trilogía de la Muerte, que cerró Babel en 2006.El director, desde 2019 doctor honoris causa por la UNAM, ha levantado los aplausos y las risas, ha bromeado sobre su vuelta a un colegio después de haber sido “corrido” de casi todos, y ha despertado la cálida empatía del patio de butacas tras quebrarse brevemente al hablar del drama migratorio. “Qué puto terror”, ha resumido. “Ese terror es el mío. El de todos los que amamos este país. Estos muros han sido testigos de 500 años de violencia. Mucha sangre y dolor se han derramado sobre ellos”, ha completado. La migración es uno de los temas que atraviesan su obra y su vida y de ella ha terminado también hablando desde el ángulo más íntimo. “Emigrar es morir un poco. El desarraigo tiene un costo y conlleva un dolor que es difícil de explicar a quien siempre tuvo tierra firme. Recibirme hoy como miembro de esta honorable institución mexicana reafirma en mí y en mi familia el sentido de pertenencia. Entre mas lejos y fuera estamos, más mexicanos nos hacemos”, ha sostenido. En su instalación visual Carne y arena, de 2017, que le valió uno de los cinco premios Oscar de su galardonadísima trayectoria, aborda, en contraste, la cruel realidad de quienes salen de sus fronteras sin nada más que el deseo de vivir mejor o, simplemente, sobrevivir. Ha respondido su discurso el escritor Juan Villoro, miembro de la institución desde 2014, para quien la reunión con el cineasta era, en realidad, un reencuentro. Sueño perro, la exposición con la que el director celebró el cuarto de siglo de su aclamada ópera prima, estuvo acompañada en Milán por una muestra paralela, El momento que explotó todo, concebida por el también periodista mexicano, que se adentraba en el clima político y social que atravesaba México en los 2000: una etapa de esperanza, tras 70 años de democracia simulada, que convivía con la desigualdad, la corrupción y la violencia. Villoro ha destacado “la valentía” de Iñárritu para ejercer una profesión como la suya y “la curiosidad con la que explora las historias” en una intervención bautizada como El hechizo de la luna, aquel que es creado por el cine. “Con él no ingresa una persona, ingresa un oficio. Con él llega el hechizo”, ha defendido el escritor, en la misma línea que el propio director, que ha celebrado el reconocimiento a una profesión y una tradición en la que ha incluido numerosos nombres, desde Salvador Toscano y Luis Buñuel hasta Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro, Tatiana Huezo o Lila Avilés, exponentes de ayer y de hoy de un cine que requiere, ha dicho, de un “monumental esfuerzo colectivo”. Los últimos en engrosar la selecta lista de miembros de la institución fueron la escritora Cristina Rivera Garza y el investigador Carlos Coello. Las historias, en realidad, estaban ya ahí antes de que el cine irrumpiera con su magia y con la fuerza de la imagen. “El arte griego y romano capturaron la realidad con una belleza y precisión casi sobrehumanas”, ha dicho al comienzo. La cosmovisión que verdaderamente le conmueve por su originalidad, sin embargo, es la indígena: “No buscaba imitar la realidad sino codificar lo invisible. Donde los griegos perfeccionaron el mundo que tenían enfrente, los mesoamericanos inventaron uno nuevo”. “México es una potencia visual”, ha defendido, “desde siempre”. Con todo, él ya no vuelve nunca a su cine: “No veo más mis películas porque son un testimonio de quién era y ya no soy”. Ese placer queda reservado al público presente y futuro, que sigue encontrando en ellas quién es, quién fue y quién no querría llegar a ser.