No fue sin querer, y Patricia Bullrich lo sabe. El día del Tedeum por el 25 de mayo, Karina Milei mandó a la senadora a sentarse al fondo de la Catedral durante la homilía de Jorge García Cuerva. No la invitó a subirse al escenario frente al Cabildo ni la sumó a la comitiva de funcionarios –entre los que se encontraba el monotributista Santiago Caputo– que recorrió, entre risas y gestos triunfantes, la distancia entre la Casa Rosada y la Catedral. Un castigo por haber sacado los pies del plato frente al escándalo de Manuel Adorni. Un intento de disciplinamiento de la hermana presidencial que, en el bullrichismo, se tomó como un desafío para redoblar la apuesta.
“Karina se equivoca. No le conviene que Patricia se ponga en jodida”, advirtió uno de los armadores de la ex ministra que trabaja en su candidatura. Para jefa de Gobierno porteño, para vicepresidenta o para presidenta de la Nación. Todavía no lo tiene en claro, solo sabe que será candidata a algo. Y por eso colabora, junto a un pequeño equipo de comunicación que sigue a Bullrich a todos lados, en la campaña digital que convierte cada sesión en el Senado, cada recorrida por la Ciudad y cada reunión política en un videoclip musical o postal de campaña con la que busca perfilarse políticamente.











