Millones de niños y jóvenes en zonas urbanas y rurales de la región tienen acceso limitado o directamente nulo a una educación de calidad (Imagen Ilustrativa Infobae)La educación es, sin duda, el factor más determinante para el desarrollo sostenible de nuestras sociedades. Sin embargo, en América Latina seguimos cometiendo el mismo error histórico: tratarla como una variable dependiente de los ciclos políticos, sujeta a los vaivenes de cada gobierno, de cada ministro, de cada administración que llega con nuevas ideas y deshace lo que su antecesor construyó. Este patrón, repetido durante décadas, es uno de los principales obstáculos para que la región pueda transformar su realidad educativa de manera profunda y duradera. He reiterado esta convicción en numerosos trabajos y publicaciones a lo largo de mi trayectoria profesional: la educación debe ser una política de Estado. No una política de gobierno. No un programa de cuatro o seis años atado a una gestión. Una política de Estado implica algo cualitativamente distinto: una hoja de ruta consensuada entre los diferentes partidos políticos, entre los actores sociales, entre el sector privado y la sociedad civil, que fije prioridades, metas y compromisos a lo largo de veinte o treinta años, con pequeños ajustes según los contextos, pero con una dirección clara y sostenida que ningún cambio de autoridad pueda desmantelar. Esto no es una utopía. Países que hoy lideran los rankings educativos mundiales lo lograron precisamente porque en algún momento de su historia tomaron esa decisión. Finlandia, Corea del Sur, Singapur entre otros: todos construyeron sus sistemas educativos sobre la base de acuerdos de largo plazo que trascendieron gobiernos y colores políticos. PUBLICIDADAmérica Latina tiene ejemplos parciales, avances que se interrumpieron, consensos que no resistieron la alternancia en el poder. La pregunta que debemos hacernos es: ¿hasta cuándo conviviremos y aceptaremos esa realidad? La urgencia es real. Millones de niños y jóvenes en zonas urbanas y rurales de la región tienen acceso limitado o directamente nulo a una educación de calidad. La brecha entre la educación pública y la privada se ha profundizado. La pandemia dejó heridas que aún no se han cerrado: aprendizajes perdidos, deserción escolar, docentes agotados y sistemas que no terminaron de adaptarse a los desafíos de la educación en el siglo XXI. Frente a este panorama, responder con planes o políticas de corto plazo es, en el mejor de los casos, insuficiente. PUBLICIDADUna política de Estado para la educación requiere, en primer lugar, voluntad política genuina. Requiere que los líderes de distintas fuerzas estén dispuestos a sentarse a construir un acuerdo que los exceda, que supere sus propios mandatos, que ponga el bien común por encima de los intereses electorales. Esto exige grandeza. Y exige también humildad: reconocer que ningún partido tiene todas las respuestas, que el diálogo y el consenso son el único camino viable para construir algo duradero. En segundo lugar, requiere financiamiento estable y predecible. No se puede planificar a veinte años si el presupuesto educativo fluctúa según la coyuntura económica o las prioridades de turno. Los países que han logrado transformaciones educativas reales han garantizado niveles mínimos de inversión que no están sujetos a negociación política año a año. En tercer lugar, requiere que los docentes sean el centro de cualquier política educativa seria. Son ellos quienes están en el aula, quienes conocen la realidad de sus estudiantes, quienes pueden hacer o deshacer cualquier reforma curricular o pedagógica. Invertir en su formación, en sus condiciones de trabajo, en su valoración social y económica, es una condición no negociable para cualquier transformación real. Finalmente, una política de Estado para la educación requiere mecanismos de evaluación y rendición de cuentas que sean independientes de los gobiernos de turno, que permitan medir el avance hacia las metas definidas y que generen información pública, transparente y accesible para toda la sociedad. América Latina tiene el talento, tiene la energía, tiene generaciones de jóvenes con enorme potencial. Lo que falta es la decisión de protegerlos con una educación que esté a la altura de sus sueños y de los desafíos del mundo que les toca vivir. Esa decisión no puede esperar a los próximos gobiernos. Debe tomarse ahora, con visión de futuro, con coraje político y con la convicción de que educar bien es, siempre, la mejor inversión que una sociedad puede hacer.PUBLICIDAD