Hace treinta años, una hernia lumbar o una lesión de rodilla solían recibir una prescripción que incluía abandonar el deporte, reposo prolongado y analgésicos. No porque hubiera evidencia sólida de que el reposo curase la columna o la rodilla, sino porque la lógica parecía evidente: si algo duele, hay que proteger esa parte. Pero en realidad, lo contrario puede ser lo más adecuado.

El dolor articular es uno de los problemas de salud más extendidos del mundo. La artrosis, su causa más frecuente, afecta a 528 millones de personas en 2019, según datos de la OMS, y los números aumentan por el envejecimiento de la población y el aumento de la obesidad. En España, el estudio EPISER 2021 de la Sociedad Española de Reumatología sitúa la prevalencia de la artrosis en el 33,7% de la población adulta. Además, hay otras causas como las lesiones deportivas o la artritis reumatoide.

El factor común más frecuente es mecánico: sobrecarga repetida, malas posturas o pérdida de la musculatura que protege la articulación. Si no hay una causa sistémica grave, el dolor de las articulaciones no requiere ni cirugía ni reposo, sino movimiento.

El reposo, el tratamiento por defecto durante años

La recomendación de reposo ante el dolor articular respondía a una intuición clínica razonable: si la articulación se inflama o duele con el movimiento, al inmovilizarla se la protege. Al llegar al hospital con un esguince, se inmovilizaba con un vendaje o una escayola. A los pacientes con lumbalgia se los mandaba a la cama, y si había una hernia discal se prohibía el deporte.