La médica admite su preocupación por el auge de tumores de aparición temprana y lamenta las desigualdades entre países en el acceso a los tratamientos oncológicos

Basta un vistazo al extenso currículum de Winette Van der Graaf para certificar que esta oncóloga neerlandesa ha sido testigo de excepción, cuando no parte fundamental, de la gran revolución científica que ha experimentado la investigación oncológica en las últimas décadas. Experta en sarcomas y en cáncer en adolescentes y adultos jóvenes, Van der Graaf fue una de las pioneras en prestar atención —y asistencia personalizada— a esa gente de entre 15 y 39 años que desarrolla un cáncer. A veces en tierra de nadie, a medio camino entre la oncología pediátrica y la de adultos, un tumor a estas edades pone la vida “en suspenso”, cuenta Van der Graaf.

La médica, que actualmente es catedrática de Oncología Médica en el Instituto Holandés del Cáncer en Ámsterdam y en el Centro Médico Erasmus de Róterdam, lleva más de tres décadas lidiando con el cáncer. Desde todos los zapatos. Como oncóloga, creó estructuras específicas para abordar la enfermedad en adolescentes y adultos jóvenes, vivió de primera mano la llegada del prometedor fármaco imatinib para los tumores del estroma gastrointestinal (GIST) y lideró otros ensayos clínicos clave, como el que avaló el pazopanib para un subgrupo de sarcomas. Pero en estos años, a Van der Graaf también le ha tocado experimentar el cáncer desde el otro lado: a principios de los 2000, tuvo que afrontar el meduloblastoma que le diagnosticaron a su hija de seis años.