La Global Sumud Flotilla, una acción humanitaria internacional que trata de llevar por mar ayuda a la franja de Gaza, es una piedra en el zapato para Israel. La imagen global del país, mermada desde la ofensiva , queda siempre más erosionada por la forma en la que precipita su final. El Gobierno de Benjamín Netanyahu ha pretendido castigar a los integrantes de las flotillas, para evitar que vuelvan a embarcarse, pero sin provocar escándalos internacionales. No lo ha conseguido. Es cierto que las flotillas no han podido llegar a las costas palestinas, pero todas le han causado escándalos internacionales.Primero trataron de hacerlo de noche y sin mucho ruido. Luego crearon campañas de difamación y, presuntamente, atacaron los barcos con drones cargados de explosivos y ácido. En esta última ocasión, trataron de descabezar la misión arrestando a sus líderes a más de 1.000 kilómetros de Israel. En ninguno de los casos se consiguió el que parece ser el objetivo principal: evitar que sigan viniendo flotillas sin perjudicar la imagen internacional del país.Desde 2010 ha habido decenas de flotillas que han tratado de romper el bloqueo que Israel ejerce sobre la Franja. En junio de 2025 zarpó el Madleen, un barco en el que iban a bordo dos periodistas y 10 activistas, entre ellos Greta Thunberg o la eurodiputada Rima Hassan. El ejército israelí permitió que se acercara a unas 150 millas náuticas de la costa de Gaza y, de noche y aún en aguas internacionales, se produjo la intervención militar de Israel. Detuvieron a todos los integrantes y les trasladaron a prisión, donde pasaron varios días antes de ser deportados. Tanto Thunberg como Hassan relataron públicamente las vejaciones constantes y el maltrato recibido por las autoridades de Israel, desde los militares hasta los policías, pasando por los guardias de la prisión. La repercusión mediática hasta el momento había sido escasa, pero la imagen de Thunberg siendo arrestada dio la vuelta al mundo. En paralelo, Netanyahu le acusaba de ser una defensora de Hamás.Apenas tres meses después, el 1 de septiembre, zarpó de Barcelona una nueva flotilla hacia Gaza. Esta vez con 42 barcos y alrededor de 500 personas de 45 nacionalidades a bordo, entre ellas el periodista que escribe estas líneas. Entre los integrantes había médicos, enfermeras y políticos, como la exalcaldesa de Barcelona Ada Colau. La imagen de Greta Thunberg les había inspirado para sumarse a la flotilla, confesaban muchos de ellos antes de izar las velas y poner rumbo a la Franja.Israel lanzó entonces una campaña de desprestigio en Google y redes sociales. Según una investigación del consorcio de canales públicos Eurovision News Spotlight, el país invirtió al menos 42 millones de euros entre mediados de junio y octubre en publicidad en las plataformas X y YouTube. Acusaba a Hamás de financiar directamente la flotilla, sin pruebas pero aprovechando cierta falta de transparencia de la organización.La estrategia no hizo efecto y la misión humanitaria siguió su rumbo hasta que, a su paso por Túnez, recibió dos ataques con drones, presuntamente enviados por Israel. Un tercer hostigamiento se produjo unos días después, esta vez con el lanzamiento de granadas aturdidoras y ácido. Estas ofensivas contra la flotilla dispararon la atención mediática y precipitaron que Italia, España y Turquía enviasen apoyo militar para proteger los barcos. Una decisión sin precedentes y muy celebrada a bordo. Netanyahu estaba en un escenario incómodo. La táctica no había salido como esperaban. Por lo que aguardaron a que la flotilla estuviese en la denominada zona de exclusión, a menos de 100 millas de Gaza, para comenzar a interceptar barcos. Esa era una zona donde no iban a entrar los buques militares extranjeros. Como sucedió con el Madleen, también se refugiaron en la oscuridad de la noche. Las estancias en prisión se hicieron más largas que en la misión previa, con participantes que estuvieron entre rejas hasta dos semanas. Hubo violencia, tratos vejatorios y maltratos de varios tipos, pero las palizas y torturas no fueron generalizadas.La última flotilla, que zarpó a mediados de abril, tenía la ambición de ser la más grande de la historia en número de barcos y tripulación. Y lo consiguió. Tras su paso por Italia, eran más de 60 navíos y más de 500 personas las que se dirigían hacia Gaza para romper el bloqueo naval que Israel impone desde hace casi 20 años. Esta vez los drones eran algo testimonial. De repente, cuando todavía no habían llegado a aguas griegas, el ejército israelí lanzó una ofensiva y capturó 20 embarcaciones y casi 200 tripulantes. A plena luz del día y a más de 1.000 kilómetros de las costas de Israel (en una nueva violación del derecho internacional y marítimo). Cambió el modus operandi israelí. Todos los detenidos –varios de ellos con claros signos de haber recibido palizas– fueron desembarcados en la isla griega de Creta, salvo Thiago Ávila y Saif Abukeshek. Ellos son dos de los líderes del movimiento y fueron llevados a una prisión israelí, donde denunciaron torturas.Pero la nueva estrategia tampoco logró detener a la flotilla, que mantuvo su rumbo a Gaza. Sin embargo, Netanyahu no parecía estar demasiado incómodo. La repercusión social y mediática que estaba teniendo la misión era contenida. Pero todo cambió en cuestión de horas. El lunes pasado lanzó la operación para interceptar los 40 barcos que seguían adelante. Los militares no dudaron en usar escopetas con balas de goma contra los tripulantes. El primer ministro israelí la calificó como un éxito cuando aún no había concluido y celebró que esta flotilla no había tenido tanta repercusión mediática como la anterior.Sin embargo, el plan no culminó como esperaban. Enviaron a todos los participantes a dos barcos prisión, y en uno de ellos los militares aplicaron contra ellos todo tipo de violencias y torturas. De forma indiscriminada y generalizada. Según el relato del colaborador de EL PAÍS a bordo, Ignacio Ladrón de Guevara, los gritos de dolor por las torturas se escuchaban constantemente. Las autoridades israelíes grabaron vídeos de estas mazmorras marítimas y también de la hostil y humillante recepción en el puerto que les hizo el ministro más ultra del gobierno de extrema derecha, Itamar Ben Gvir. Él publicó esas imágenes (probablemente para sus seguidores afines) y ha provocado la mayor crisis diplomática para Israel de todas las flotillas. Países tan afines a Israel como Alemania o Estados Unidos han criticado el trato a los activistas. Netanyahu cargó públicamente contra su ministro y dijo que esos no eran los “valores” de Israel. Que ese no era el plan previsto. Nunca sabremos si Gvir actuó por iniciativa propia o con el respaldo del líder del Gobierno. Quizás le interesaba de cara a las elecciones para convencer a su electorado más radical o quizás se arrepiente de no haber logrado que, una vez más, la estrategia para frenar a la Global Sumud Flotilla ha vuelto a fallar y ha provocado un nuevo desgaste de su imagen internacional.