Los conocedores de la alta relojería coinciden en que un reloj es una pequeña obra de arte portátil. Aunque algunos lo olviden, para que este accesorio dé la hora es necesario que cientos de piezas se ensamblen en perfecta sincronía. En pocas palabras, en cada "tic tac" de un reloj de pulsera se reúnen la destreza del artesano, el ingenio del físico, la paciencia del técnico y el encanto del joyero. Un experto en este ámbito es Manel Ruiz, un maestro relojero que lleva más de cuatro décadas practicando el oficio y que abrió las puertas de su taller para encarnar la famosa metáfora de "dar cuerda" y el halago de "andar como un reloj".Desde ese lugar, mira con cierta distancia una creencia muy extendida entre quienes compran relojería de alta gama: que un reloj caro tendría que ofrecer una exactitud absoluta.En una entrevista compartida por La Vanguardia, el maestro relojero lo dice de forma directa: “Mucha gente se compra un reloj caro pensando que tiene que dar la hora perfecta, y eso es un error”. La frase es el punto de partida de una idea más amplia sobre qué se compra realmente cuando se adquiere un accesorio de lujo.Ruiz insiste en que “un reloj mecánico nunca va a ser tan preciso como uno de cuarzo” y añade algo todavía más revelador: “Ninguno va perfecto. Pero ahí no está la gracia”. Ahí está, precisamente, el corazón de su planteo. La alta relojería, explica, no se justifica porque marque la hora mejor que una opción electrónica mucho más barata, sino por ser “una maravilla de la ingeniería”, una pieza capaz de acercarse a gran precisión mediante engranajes, muelles y decenas de componentes diminutos ensamblados a mano.Según su mirada, quien entra a ese mundo buscando solo exactitud está aplicando el criterio equivocado.Esa forma de contarlo también revela cómo entiende su oficio. Ruiz destaca que el relojero es mucho más que un técnico que cambia piezas. Con su rigor, debe trabajar en el límite entre la mecánica de precisión, la experiencia y el criterio.“Montar y desmontar lo pueden hacer varios técnicos, pero ajustar un reloj para que funcione correctamente no está al alcance de todos”, afirma. Y cuando le preguntan cuánto se tarda en dominar de verdad el oficio, responde: “Nunca lo dominas del todo”. Esa insistencia en el aprendizaje continuo, en viajar, actualizarse y enfrentarse a movimientos nuevos cada año, refuerza la idea de que el lujo no es solo objeto: también es conocimiento acumulado.Otra de sus frases termina de completar ese marco: “Aquí pagas la mecánica, el diseño, la historia… y también el marketing”. El relojero no idealiza sin matices el sector. Reconoce que en el precio final pesa la narrativa de marca, el prestigio y el aura que rodea a ciertas firmas. El lujo, en su visión, nunca es puro rendimiento; también engloba deseo, relato y una amplia tradición. Es que, como tantos discípulos de Abraham-Louis Breguet, el padre de la relojería moderna, los relojeros recuerdan al público que este instrumento de medición del tiempo es uno de las grandes creaciones del ingenio humano.