Felix Gonzalez-Torres -así, sin acentos y con guion para unir en uno solo sus dos apellidos- era un niño cuando, en 1971, estuvo por primera vez en Madrid, adonde llegó desde Cuba, enviado por su familia para alejarlo del régimen castrista. Veinte años después, en 1991, regresó y consumó una “dulce venganza”, no se sabe contra qué o contra quién, de la que ahora, cuando han pasado más de tres décadas, se hace eco el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. La enigmática frase con la que el artista evocó su primera estancia en la capital española en su regreso, apenas cinco años antes de su muerte prematura a causa del sida, sirve de marco conceptual para la primera exhibición a gran escala de su obra en Madrid -hubo una retrospectiva en el Macba hace cuatro años-, que han comisariado el uruguayo Alejandro Cesarco y la estadounidense Nancy Spector y que podrá verse desde este miércoles 27 de mayo hasta el próximo 12 de octubre.De esta manera, Madrid salda su “deuda” con el artista, nacido en Cuba en 1957 y fallecido en Estados Unidos en 1996, ha anunciado Manuel Segade, director del Reina Sofía, en la presentación de Felix Gonzalez-Torres: Dulce venganza, exposición en la que la “aparente levedad” de las obras del cubanoestadounidense contrasta con la “enorme influencia” de su trabajo en las generaciones posteriores a la suya.Felix Gonzalez-Torres se nacionalizó estadounidense en un momento en el que la multiculturalidad era la divisa dominante en el mundo artístico, han respondido los comisarios ante el asombro que en la actualidad, cuando las señas de identidad han pasado al primer plano, puede producir su renuncia a los signos lingüísticos que denotaban su hispanidad para universalizarlos en inglés a partir de su traslado a Nueva York. Y de algún modo este carácter paradójico de su biografía recorre también su producción artística, en la que conviven lo íntimo y lo público, la elegía y la celebración, ha reflexionado Alejandro Cesarco ante la prensa al hablar de la “tensión productiva” que singulariza la producción artística de Felix Gonzalez-Torres.Su obra, circunscrita a las dos últimas décadas del siglo XX, es hija de su tiempo, el de la crisis del sida y el auge del conservadurismo neoliberal de Ronald Reagan, y tiene un marcado carácter conceptual. El artista pretende desaparecer tras su obra y deja el protagonismo al visitante, que la transforma hasta el punto de poder llevarse los caramelos que forman algunas de las instalaciones (es una exposición, por tanto, perfecta para visitar con niños) o los papeles de grandes dimensiones apilados en forma de columna.Imagen de la instalación 'Untitled' (Revenge), 1991 Antonio DíazPero esa sutileza de unos dulces envueltos en papel transparente y cuyo azul intenso parece semejar una piscina no es más que una manera de incitar a la reflexión crítica. Su suministro es inagotable y en cada exposición se busca un proveedor que los facilite durante todo el tiempo y que los fabrique en serie. “Se le entrega a la gente algo a cambio de asumir una responsabilidad, la de llevar fuera del museo una parte de él”, analiza el comisario sobre la ruptura de las “condiciones fijas” del artista.Un hombre gay y seropositivo que murió sin haber cumplido los cuarenta en los años noventa, Felix Gonzalez-Torres no evitó la reflexión sobre el duelo y la pérdida en su obra -su pareja, Ross Laylock, murió en 1991-, pero lo hizo sin desesperación y desdibujándose a sí mismo en una estrategia de “infiltración” que le permitió operar dentro de las instituciones, a través de la abstracción, para representar el amor queer. Algo que sería especialmente revolucionario hoy en día, ha argumentado Cesarco, en un mundo “saturado de visibilidad”.“Untitled” (Lover Boys), 1991. Caramelos en envoltorios plateados y “Untitled” (Strange Music), 1993. 42 bombillasMuseo Nacional Reina SofíaEn definitiva, la exposición Dulce venganza, que requiere la participación activa del receptor y que cuestiona las nociones de autoría y permanencia, supone para el Reina, un museo atravesado desde su misma creación, hace ahora cuarenta años, por “la democracia, la memoria colectiva, el trauma político y la resistencia”, ha aseverado el comisario, la posibilidad de “habitar la contradicción en lugar de resolverla”.La otra comisaria de la muestra, Nancy Spector, ha insistido en el cruce entre los conceptos de exilio y desplazamiento como ejes de la exposición y los ha contrapuesto a sus “reversos” del sueño y el viaje a través de la “idea de regreso” que plantea Dulce venganza, un “eterno retorno”, en este caso de ida y vuelta a Madrid, que no agota las “múltiples interpretaciones” de un proyecto artístico como el de Felix Gonzalez-Torres.“Su trabajo es un caballo de Troya en el que la belleza tiene un contenido subversivo y lo político y lo personal se entremezclan. No se puede separar la biografía de Felix Gonzalez-Torres, cuya obra es deliberadamente inestable, de la crítica social que plantea. Él defendía que no existe un espacio privado frente a lo público, que la estética en sí es política y se plasma en los valores imbricados en la ideología del poder”, ha concluido Spector.Licenciado en Filología y Periodismo y posgraduado en Crítica Literaria, sigue la actualidad cultural en Madrid