La radio no es un medio de comunicación de masas. Eso, por decirlo en términos actuales, es un gran bulo. La radio es un medio de comunicación de intimidades. La voz se adhiere a nuestra rutina: se pega a nuestros atascos, se ducha con nosotros, suena de fondo en la cocina, se cuela mientras sacamos al perro, entre el tintineo de copas en el bar de siempre. Quienes oímos (y hacemos) radio sabemos que la relación entre el oyente y el locutor es superior —sí, lo digo— a la que se puede establecer en cualquier otro medio de comunicación. Superior en confianza, en cercanía, en cariño. Delante del micrófono no hay fingimiento que pueda durar toda una temporada; en la tele se puede enmascarar quién eres. En el estudio no hay maquillaje posible para la voz. Y no existen intermediarios —ni comisionistas— entre el oyente y el locutor. Por eso, para quienes somos oyentes de Alsina, no nos sorprendió demasiado saber hace unos días que el periodista lo deja. Por suerte, no del todo: abandona la actualidad, la política (o el politiqueo), los monólogos, las últimas horas. Y por la misma razón sabíamos que las marcianadas que algunos afirmaban con rotundidad —"Alsina a la SER: los rumores se acrecientan"— eran eso, marcianadas de quien tiene que rellenar líneas y no dispone de información. Uno de los motivos básicos por los que las conspiraciones tienen predicamento es lo entretenidas que resultan. Desde creer que Trump está urdiendo la caída de ZP hasta pensar que Alsina estaba acomodando su discurso para mudarse a Gran Vía, 32. Eso pasa por no escuchar. Quien lo ha hecho sabe de sobra que el periodista madrileño estaba quemado de la información política. Alsina representa algo inédito en la radio española, casi diría que en la historia reciente del país: va uno y dice que se quiere retirar de algo, y lo hace. No remolonea, no se excusa en motivos peregrinos; nada de una última gira, nada de “me voy a ir yendo” para quedarse otros diez años más. Alsina dice que no más política, y así será a partir de septiembre. Una “autorrelegación” al segundo tramo de Más de Uno, el programa que fundó —junto a Juan Ramón Lucas— en abril de 2015. Un ejemplo de honestidad, del que dan buena muestra, además de sus 36 años de radio, los veinte minutos de “estriptís” emocional que ha protagonizado en la mañana del lunes. En un panorama mediático en el que te incitan a elegir bando, a formar trinchera y a analizar las cosas dependiendo del quién y no del qué, Alsina ha construido por las mañanas un oasis de periodismo no alineado, de búsqueda de la verdad y de la coherencia. Con perdón: un lugar donde no te tratan como si fueras gilipollas. Alsina nunca ha liderado el EGM, pero ha sido el más influyente. Porque los datos de audiencia, admitámoslo ya, son una filfa. Y más: lo viral no tiene por qué ser lo más creíble. La credibilidad es un rascacielos que se edifica con el tiempo, no un castillo de naipes. Los números no valen de nada si luego llega la hora de comer y nadie intenta hacer suya una opinión que ya escuchó antes en tu programa de radio. Referencia añeja: si el periódico de hoy vale para envolver el pescado de mañana, el éxito será que, cuando lo vendas, los clientes estén en la lonja comentando sus noticias. Y a Alsina lo escuchaban hasta los que fingían no hacerlo: para tomar apuntes, para reflexionar, para ver qué se le podía reprochar ese día al Gobierno. Al central o a los autonómicos. Influyente, pese a que Alsina nunca quiso ejercer como tal. "No estamos para tumbar gobiernos ni para ayudar a que llegue quien no ha sido capaz por su propio pie", dijo en su monólogo de comienzos de semana. Y crítico, sí, pero sin que eso suponga "estar siempre en contra del mismo". Esto encaja con la idea brillante que escribió Diego S. Garrocho: "He visto a las mejores cabezas de mi generación destruidas por el antisanchismo". Porque Alsina, en su despedida de la actualidad, viene a recordarnos algo valiosísimo: no todo se puede ver con el ojo de la política. O, más bien, del partidismo. Nos puede gustar el cine de Almodóvar y recelar de sus opiniones políticas, como nos puede encantar la radio que hace Carlos Herrera sin que tengamos que compartir su visión del mundo. La vida es demasiado amplia como para perdernos algo bien hecho solo porque no vota como nosotros. En los dos meses que le quedan para el retiro informativo, andará Alsina en una posición casi de muerto en vida. Recibirá elogios por doquier, alguna que otra crítica y muchos dirigentes que suspirarán, aliviados, ante el paisaje que se les abre: no tener que pasar un sonoro examen en sus entrevistas. También habrá quienes lo miren con envidia, incapaces de ceder el puesto, de colgar las botas, de pasar el relevo. Aunque hace tiempo que se repiten, pese a que llevan años con la misma cantinela. Se toman su trabajo como si fuera un fortín. Pero nadie es tan importante; todos estamos de paso. "Quitarte importancia es muy importante. Cuando dicen: 'Cuidado, te escucha un millón de personas a las 8:30 de la mañana'. ¿Y qué? ¿Qué importancia tenemos? Yo creo que bastante poca, la verdad". Alsina, en conversación con Sergio del Molino en Ethic, 2023. Se nos va Alsina al entretenimiento. Lograron convencerle sus jefes de que no se marchara al retiro. Queda tiempo, pues, para practicar el «yo escuché a Carlos Alsina». Será mejor decirlo en un bonito presente: "Yo escucho a Carlos Alsina". Para él, más bonito todavía: "Yo hago radio sin política todos los días". La radio no es un medio de comunicación de masas. Eso, por decirlo en términos actuales, es un gran bulo. La radio es un medio de comunicación de intimidades. La voz se adhiere a nuestra rutina: se pega a nuestros atascos, se ducha con nosotros, suena de fondo en la cocina, se cuela mientras sacamos al perro, entre el tintineo de copas en el bar de siempre. Quienes oímos (y hacemos) radio sabemos que la relación entre el oyente y el locutor es superior —sí, lo digo— a la que se puede establecer en cualquier otro medio de comunicación. Superior en confianza, en cercanía, en cariño. Delante del micrófono no hay fingimiento que pueda durar toda una temporada; en la tele se puede enmascarar quién eres. En el estudio no hay maquillaje posible para la voz. Y no existen intermediarios —ni comisionistas— entre el oyente y el locutor.