Entras en un edificio de Santiago de Chile y te encuentras de frente con alguien que desapareció en 1973. No es un personaje histórico: tenía 22 años, estudiaba ingeniería, le gustaba hacer el payaso junto a su novia y jugar al fútbol. Alguien dejó la foto para que tú, desconocido turista, la vieras. Te acuerdas de la película Missing, de Costa-Gavras, e imaginas a un padre (Jack Lemmon), patriota y de derechas, que descubre, estupefacto, que se ha producido lo inimaginable y que, a partir de entonces, ya no volverá a confiar en nada. Se escucha desde un altavoz el rumor de un estadio que te inspira pavor. El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos de Chile abrió sus puertas con una misión aparentemente sencilla: documentar las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura de Pinochet entre 1973 y 1990. Pero quien lo visita intuye que está pasando algo más complejo, que tiene que ver con el pasado, pero también con cómo digieren las personas —y las sociedades— este dolor. En un libro que recomiendo muchísimo (Trauma y recuperación), Judith Herman señala las dos características esenciales del trauma producido por violencia: la desconexión del individuo respecto a los demás (“no puedo pertenecer al mismo grupo de quien me está torturando”) y la indefensión, o sea, la pérdida completa de poder y control (“estoy a sus expensas”). El trauma quiebra las asunciones básicas acerca de la seguridad de existir y la confianza en un mundo más o menos predecible. Por eso luego, a veces, la experiencia resulta inenarrable. Es difícil explicar al mundo que el tiempo pasa, pero el presente está definitivamente contaminado, porque sigue siendo siempre —siempre— aquel día.Los psiquiatras sabemos que una proporción variable de quienes atraviesan estas experiencias desarrolla trastorno de estrés postraumático, caracterizado por recuerdos intrusivos —imágenes y sensaciones que irrumpen bruscamente en la conciencia—, miedo persistente e hipervigilancia, así como una evitación marcada de cualquier estímulo que remita al acontecimiento traumático. Para aliviar este cuadro existen fármacos y, sobre todo, psicoterapias orientadas a elaborar el trauma y a exponerse a él de forma progresiva. El trastorno de estrés postraumático no constituye la única evolución posible tras el trauma, ya que este actúa como un potente factor de riesgo transversal para el desarrollo de diversos trastornos psicopatológicos: depresión crónica, trastorno de personalidad, de alimentación o psicosis (se multiplica por tres el riesgo de padecerla).En otro gran libro (El cuerpo lleva la cuenta), Bessel van der Kolk nos enseñó que las experiencias traumáticas no son meros fenómenos de la mente, sino que se inscriben a fuego en el funcionamiento de todo el organismo. La indefensión y el terror producen una alteración persistente de la respuesta al estrés, con hiperactivación de la amígdala, desregulación del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal y alteraciones en la corteza prefrontal, lo que explica aquello que vemos en la consulta: dificultades para la regulación emocional (cambios bruscos de ánimo), la percepción del dolor (cuadros psicosomáticos), la integración de la experiencia y la capacidad de vincularse con otras personas.Pero la cuestión fundamental es si el abordaje terapéutico de estos cuadros debe ser exclusivamente individual, en el interior de nuestras consultas, o debemos ampliar el foco. Un elemento frecuente del trauma por violencia política —el derivado por la represión del Estado, la guerra sucia, el terrorismo o la limpieza étnica— es el intento de silenciamiento. La víctima, entonces, es invisibilizada, desmentida, borrada, cuestionada. ¿Puede un museo reparar eso? Sí, los espacios de memoria colectiva pueden cumplir funciones psicológicas más allá del homenaje simbólico.Uno de los pilares de la recuperación es la validación: la experiencia de que otro —una persona, una institución, la sociedad entera— reconoce lo que sufriste como real, como injusto, como insoportable. Muchos supervivientes de dictaduras pasaron décadas sin ese reconocimiento, viviendo en una disonancia permanente entre su memoria carnal y el relato oficial. Cuando un Estado construye un edificio dedicado a decir “esto ocurrió y fue un crimen”, cambia el ecosistema simbólico en el que viven las víctimas. Estos museos, además, devuelven la singularidad a las víctimas. Los totalitarismos deshumanizan, convierten a las personas en categorías, números, enemigos. El museo muestra el carnet de identidad, la foto familiar, la carta manuscrita. En Auschwitz-Birkenau me impresionó la enorme pila de zapatos de las víctimas —su escala abrumadora e insoportable—; pero del museo Yad Vashem de Jerusalén recuerdo con espanto un trenecito de juguete de una niña exterminada en Vilna. Para los familiares de las víctimas, estos centros pueden convertirse en un lugar donde el duelo encuentre algún cauce cuando no hay cuerpos ni tumbas. Los objetos expuestos, los nombres grabados, los testimonios en vídeo no resuelven esta suspensión —no devuelven a los muertos—, pero crean un lugar simbólico donde el dolor puede depositarse. Esto explica por qué tantos familiares de desaparecidos, en Chile, en Argentina, en España, insisten tanto en la recuperación de restos, en la identificación genética, en la construcción de memoriales. No es capricho ni ganas de dar la lata, es producto de una necesidad psicológica profunda.Por supuesto, hay riesgos que tener en cuenta. Los museos de la memoria pueden retraumatizar; para algunas víctimas, visitarlos puede resultar demasiado intenso y desbordante. Recuerdo oír un llanto desgarrador de una mujer en el Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo de Vitoria, cuando descendió al zulo donde estuvo secuestrado Ortega Lara durante 532 días por ETA. La exposición a imágenes, testimonios y documentos puede reactivar síntomas que estaban estabilizados, por lo que requiere un acompañamiento adecuado. El otro gran riesgo es la excesiva simplificación y la instrumentalización política. Cuando se convierten en herramientas partidistas, estos museos dejan de ser terapéuticos y se convierten en propaganda (propaganda de los vencidos) que alimenta de nuevo el ciclo de la violencia.Estos museos, cuando funcionan bien, son terapéuticos, porque operan como espacios de reconocimiento colectivo y solidaridad grupal, donde se afirma —implícita o explícitamente— que aquello no debió ocurrir. Sin ideología, sin bandos, de forma transversal, se afirma: no debió ocurrir. En contextos de negación o minimización, esto adquiere un mayor valor. La prevención de la repetición de las atrocidades es un imperativo ético, pero también una necesidad de salud pública. Mantener viva la memoria de las atrocidades y educar a las nuevas generaciones sobre sus consecuencias, actúa como un dispositivo de prevención primaria que puede contribuir a interrumpir los ciclos intergeneracionales de violencia y sus efectos biológicos.