La televisión llama “motores” a esos programas capaces de arrastrar una cadena entera. Espacios que no solo funcionan, sino que sostienen lo que viene antes y después. Y en España hay pocos motores tan poderosos como Pasapalabra, todavía hoy en Antena 3. En gran parte es así gracias a El Rosco. El duelo final, la acumulación del bote, la tensión del último segundo, la posibilidad de que un concursante haga historia... El círculo de letras, el cronómetro, las definiciones encadenadas, la opción del pasapalabra. Todo eso conforma una identidad propia que lo diferencia de otros juegos basados en el alfabeto. ATRESMEDIALa guerra judicial por El Rosco descubre algo más interesante que un lío de derechos. Demuestra que Pasapalabra pasó hace tiempo de concurso a rutina nacional. De ahí que la posible separación entre Pasapalabra y su prueba final estrella adquiera los tintes de tragedia griega. El espectador intuye que le están tocando algo suyo. La televisión todavía conserva ese extraño poder: hacer doméstico lo industrial.Durante años se dijo que Telecinco empezó a perder el pulso el día que dejó escapar Pasapalabra. Puede sonar exagerado hasta que aparecen los números. El concurso ronda el 20% de cuota y supera con facilidad el millón y medio de espectadores diarios. Cuando reparte un bote histórico, reúne cifras que parecían enterradas por Netflix y el móvil: más de tres millones de personas viendo lo mismo a la vez. En este 2026 eso no es audiencia; es arqueología emocional.Casi cada tarde, El Rosco es minuto de oro, y también es liturgiaY hay otra cosa importante. Pasapalabra funciona por su efecto balsámico. Una rara avis en un firmamento televisivo encrespado. En una televisión cada vez más construida desde el conflicto, el concurso ofrece algo rarísimo: paz. Gente respondiendo preguntas, palabras encajando, segundos corriendo. Nada más. O nada menos. Mientras media parrilla busca incendiar Twitter, Pasapalabra sigue reuniendo abuelos, padres e hijos delante de la misma pantalla solo a jugar.Casi cada tarde, El Rosco es minuto de oro. Y también es liturgia. De ahí el miedo de Atresmedia y la euforia silenciosa de Mediaset. Ambos saben que no están peleando solo por un formato. En liza está una costumbre colectiva por uno de los pocos espacios capaces de ordenar todavía la vida de millones de personas a la misma hora.Quizá por eso cuesta imaginar Pasapalabra sin El Rosco. Sería como quitarle el himno a un equipo o las campanadas a Nochevieja. Técnicamente posible. Emocionalmente raro.Periodista. Redactora jefa en Sociedad. Antes, en Política, Cultura y Vivir. Premio Comunicació i Benestar Social del Ayuntamiento de Barcelona (1998). Colaboradora en RAC1. Premio Pedro Vega de Periodismo (2025)
Tragedia en ‘Pasapalabra’, por Susana Quadrado
La televisión llama “motores” a esos programas capaces de arrastrar una cadena entera. Espacios que no solo funcionan, sino que sostienen lo que viene antes y después. Y en España hay pocos motores tan poderosos como Pasapalabra, todavía hoy en Antena 3. En gran parte es así...
La disputa por El Rosco amenaza el motor de Pasapalabra, con 20% de cuota y 1,5 M espectadores diarios en Antena 3. Atresmedia y Mediaset no pelean solo por derechos: quien controle El Rosco retiene una rutina de prime time que resiste al streaming.











