Al menos diez generaciones de ecuatorianos crecieron exaltadas con los fastos de una religión cívica que tenía al Gran Mariscal de Ayacucho como santo principal. Ganador de batallas como Pichincha y Tarqui, entre otras, era un héroe puro que se casaría con la quiteña marquesa de Solanda, encarnándose en él una ecuatorianidad todavía por fundar. Bolívar, bueno, era un dios, algo lejano, cuya pagana relación con Manuela Sáenz hasta se agradecía por el honor, puesto que también era quiteña, pero no se excusaba por su naturaleza sacrílega. En cambio, el ilustre lugarteniente era casto o al menos no escandaloso, un digno ejemplo para la niñez y juventud. De tal veneración surgió un “sucrismo” arraigado, una de cuyas características fue designar con el nombre del titán a calles, plazas, cooperativas de buses, barrios y cuanta cosa nombrable apareciese. Estas devociones incluyeron el dudoso homenaje de bautizar con el apellido del prócer a la moneda ecuatoriana. Así cada cierto tiempo la gente decía que “el sucre ha perdido valor” hasta llegar a constatar que “ya no vale nada”, una grave profanación del nombre. Pero ninguna tan grave como aquella con la cual el correísmo trató de resucitar la denominación, aplicándola a una moneda zombi, que resultó ser más bien un procedimiento de lavado de dinero.Ningún país importante del mundo cometió la insensatez de cosificar la memoria de un prohombre maltratando su nombre en una moneda, uso pueblerino que solo siguieron algunas repúblicas centroamericanas y Venezuela. Para colmo Ecuador importó un militar extranjero para tal despropósito. Parecida situación se da con el aeropuerto de Quito, ciudad que es de hecho el epicentro de la religión sucrista. Se denomina Aeropuerto Internacional Mariscal Sucre. No es que no se pueda honrar a un benefactor nacido en otras tierras, pero, ¿por qué tenemos que anteponerlo a ilustres hombres y mujeres nativos? En eso nos da ejemplo Guayaquil, que rescató para su aeródromo el nombre del gran José Joaquín de Olmedo, y Cuenca, que nunca permitió que chauvinistas desinformados cambiaran el del guerrero cuencano José de La Mar.El tema de la estación aérea de Quito tuvo ribetes más graves. Se impuso por decisión autocrática, contrariando la opinión de los quiteños que seleccionaron el descriptivo Mitad del Mundo en una consulta promovida por el municipio capitalino. Pero es que la devoción sucrista encajaba bien en el amasijo ideológico bolivarianista que dizque practicaba el régimen de entonces. Ellos sabían muy bien que los nombres tienen peso político, era lo que llamaban “resemantización”. Por eso hay que proceder con cuidado en estos temas y restringir las facultades de las autoridades de poner a todo objeto significante el nombre de su pariente o de los fundadores de su partido. Han de existir razones poderosas para hacerlo, siendo la primera opción el uso popular y la tradición; si ese lugar, edificio o espacio tienen ya nombre, ¿a qué buscarle una nueva denominación? Si no ocurre así, puede usarse para homenajear a alguien que haya tenido una auténtica y útil relación con lo que se quiere bautizar. Nombrar es opinar, nadie puede usar un bien público para darse gusto exaltando sus preferencias. (O)
Alfonso Reece Dousdebés: Sucre | Columnistas | Opinión
Nombrar es opinar, nadie puede usar un bien público para darse gusto exaltando sus preferencias.









