Antes de que su invasión de Ucrania de 2022 hiciera de Rusia el nuevo gran paria para Occidente, Irán era el país más sancionado del mundo: más de 3.600 castigos económicos de Estados Unidos, Naciones Unidas, la Unión Europea y diversos países, que abocaron a la República Islámica a moldear su política económica para esquivar ese asedio. Incluido en su vital sector petrolero, que Donald Trump confiaba en asfixiar con el bloqueo estadounidense del estrecho de Ormuz, por donde Irán exporta el 90% de su crudo destinado al exterior. El 27 de abril, el presidente de Estados Unidos pronosticó que, con los petroleros varados en Ormuz y los depósitos de petróleo llenos, los oleoductos y pozos iraníes empezarían a “explotar” en tres días. Dos semanas más tarde, no hay señales de ese escenario tan cinematográfico. Mientras, varios expertos alertan de que el plazo para castigar realmente al sector petrolero iraní privándolo del grueso de sus exportaciones no se mide en días, sino probablemente en meses. Una fotografía de hace casi 10 años, el 30 de abril de 2017, da pistas de cómo el sector de hidrocarburos iraní resiste de momento al bloqueo de Ormuz sin rastro, al menos que se sepa, de los daños permanentes para su infraestructura que Trump auguraba. En esa imagen, el entonces presidente de Irán, el clérigo moderado Hasán Rohaní, sonríe flanqueado de trabajadores con casco. Al fondo, las instalaciones bautizadas como Estrella del Golfo Pérsico, en la ciudad meridional de Bandar Abbas, la mayor refinería de condensados de gas del mundo, diseñada para producir combustible para el mercado interno iraní y así reducir las importaciones del país de gasolina y gasóleo. Muy cerca de sus chimeneas, se yergue otra planta de procesado de crudo y también de derivados del petróleo: la refinería de Bandar Abbas, la tercera más grande de Irán. En las semanas previas al inicio de los bombardeos estadounidenses e israelíes, el 28 de febrero, Irán producía alrededor de 3,3 millones de barriles por día de crudo y otros 1,3 millones de barriles diarios de condensado y otros derivados del petróleo. Sin embargo, la mayor parte de ese hidrocarburo no tenía como destino la exportación por Ormuz ni tampoco ser almacenado. 2,6 millones de barriles diarios se procesaban antes de la guerra en refinerías iraníes para consumo interno, según la consultora energética FGE, citada por Reuters. Aun así, el país no lograba ni mucho menos logra ahora, con Ormuz cerrado, cubrir su elevada demanda interna de combustible, y tiene que importarlo. Este jueves, un miembro de la Comisión de Energía del Parlamento iraní, Mostafa Najeí, declaró que el país afronta un déficit de alrededor de 20 millones de litros de gasolina al día, debido al bloqueo de ese estrecho, informa Ali Falahi.Una parte importante del crudo iraní se refina; otra se exporta. La República Islámica también vende a otros países derivados como el gas licuado de petróleo (GLP) y el betún o bitumen (el componente principal del asfalto). Algunos de estos productos, especialmente el GLP, se exportan en buques por Ormuz, pero otros se envían por carretera a países como Pakistán y Afganistán, si bien esa vía tiene una capacidad mucho más limitada que la que ofrece el transporte por barco. “La estrategia de Irán en la última década ha consistido en aumentar la capacidad de refino para reducir su dependencia de la exportación de crudo”, sometida a sanciones, al emplear su propio petróleo para producir su combustible, explica desde Viena el economista iraní experto en energía Bijan Khajehpour. Esa capacidad, que “Irán desarrolló como respuesta a la campaña de máxima presión” anunciada por Trump durante su primer mandato, está ayudando al país a resistir la caída de las exportaciones sin tener que reducir tanto su producción. En “los últimos diez o quince años, Teherán ha expandido además su capacidad de almacenamiento de crudo”, añade por teléfono desde Doha el también experto en el sector petrolero iraní Nikolay Kozhanov, profesor asociado del Instituto de Estados Árabes del Golfo de la Universidad de Qatar. Ello no quiere decir que el país no esté teniendo que reducir su producción de hidrocarburos ante la imposibilidad de exportar una parte de ella y el panorama de quedarse sin depósitos para almacenar el petróleo. El secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright, declaró hace una semana que Irán ha reducido esa producción en 400.000 barriles diarios. La pregunta es si esa disminución, o el posible escenario de detener la producción en ciertos pozos causará daños significativos y permanentes en el sector petrolero iraní. Ese horizonte es el que Trump esperaba que empujara finalmente al país asiático a capitular, a juzgar por sus declaraciones. Algunos expertos han recordado en las últimas semanas que un yacimiento de petróleo no es un grifo que se abre y cierra a voluntad. Simplificando mucho una compleja explicación técnica, habían alertado de lo complicado que es volver a explotar un yacimiento, una vez que se ha detenido previamente la producción. El caso más citado es el de pozos de petróleo con un alto contenido de agua, que pueden dejar de fluir de forma natural, o hacerlo en mucha menor medida, si se detiene y luego se reinicia su explotación. Un estudio sobre la capacidad de resistencia del sector petrolero iraní, publicado por el Centro de Políticas de Energía Global de la Universidad de Columbia, niega precisamente ese caso tan citado en los medios: “La entrada excesiva de agua del yacimiento al pozo es una posible consecuencia de la sobreproducción, no del cierre de pozos como han sugerido algunos comentarios”. Tras analizar las características de los yacimientos iraníes, el informe concluye además que, en general, “no incluyen la mayoría de los casos en los que reiniciar la producción podría ser difícil”. Ese análisis “sugiere que el bloqueo estadounidense a las exportaciones de petróleo de Irán no causará daños catastróficos, ni siquiera muy graves, a su industria petrolera de exploración y producción. Si se levanta el bloqueo, Irán probablemente podrá reanudar la producción rápidamente (...) y recuperar la mayor parte de su capacidad previa a la guerra en pocos meses”. Más de 70 yacimientos Bijan Khajehpour señala que “el factor clave” en esa capacidad de resistir al bloqueo es que Irán cuenta “con más de 70 yacimientos de petróleo en producción activa. Esto permite al país distribuir los recortes de producción entre los diferentes yacimientos”. Además, ”los trabajos de mantenimiento" pueden planificarse de manera que permitan gestionar la producción, asegura este experto en energía. En un artículo reciente en el portal Amwaj, Khajehpour destacaba cómo “los yacimientos [iraníes] más pequeños se retiran periódicamente de la producción debido a mantenimiento y operaciones técnicas” y que esas pausas ahora se pueden escalonar, mientras se ralentiza el bombeo en los yacimientos grandes sin llegar a detener la producción por completo. Irán se encontró en una situación similar en 2018/2019, asegura el especialista, cuando Trump implantó su política de “máxima presión” y reimplantó las sanciones estadounidenses, tras abandonar el acuerdo nuclear que Teherán había firmado con las potencias occidentales. El objetivo de Washington entonces era reducir las exportaciones de crudo iraníes a cero. La producción del país pasó entonces de 4,7 millones de barriles diarios en 2018 a 2,3 millones de barriles por jornada en 2020, sin que ello le impidiera recuperar después los niveles anteriores de bombero, sostiene el economista. El informe citado de la universidad de Columbia señala igualmente que “los recortes de producción necesarios pueden, hasta cierto punto, distribuirse entre los yacimientos, y es probable que Irán priorice aquellos cuya producción pueda reducirse sin mayores problema”.Khajehpour cree que Irán disminuirá “a un ritmo lento y controlable su producción, de modo que ninguno de los yacimientos principales resulte dañado”. Este experto considera que el bloqueo de Ormuz “debe durar más de seis meses para que resulte crítico para la producción petrolera de Irán”. Nikolay Kozhanov calcula, por su parte, en “dos meses o más” ese lapso de tiempo antes de que el sector petrolero iraní empiece a acusar de forma significativa el golpe que Trump pretende asestarle.Otro aspecto muy diferente es el impacto en la economía del país por la caída de ingresos debido al parón en las exportaciones de hidrocarburos, que la población iraní ya está padeciendo. Khajehpour cree que la principal consecuencia del cierre de Ormuz no serán esos grandes daños en los yacimientos que se habían anunciado, sino “la presión fiscal que tendrá como consecuencia un déficit presupuestario, una elevada inflación y la falta de inversiones necesarias. Esa espiral de presión provocará un mayor deterioro de la economía”. Kozhanov coincide en que esa sequía de ingresos por la exportación de petróleo aumentará los graves problemas socioeconómicos de una población iraní ya en gran parte hastiada por la pobreza y la falta de libertades y que ahora sufre los estragos de una guerra que podría volver si el hilo del que pende el frágil alto el fuego con Estados Unidos se rompe. Queda por ver, destaca el profesor asociado de la universidad de Qatar, “cómo el régimen iraní maneja” las consecuencias de ese empobrecimiento.