Nuestro lenguaje cotidiano hace referencia a la postura constantemente. Alguien “se dobla” cuando está bajo presión, o le decimos que “saque pecho” ante la adversidad. Estas referencias reflejan nuestra intuición de que hay una relación entre lo que ocurre en nuestro cuerpo y nuestra mente.

En 2010, la psicóloga e investigadora de Harvard Amy Cuddy convirtió esa intuición en el segundo vídeo más visto de la historia de las conferencias TED. Cuddy publicó un estudio con 42 participantes con la hipótesis de que adoptar posturas expansivas y “de poder” durante dos minutos producía un aumento del 20% en testosterona y una caída del 25% en cortisol. Es decir, planteaba que la postura podía influir sobre nuestras hormonas.

Pero en 2015 un equipo de Zúrich pudo replicar el efecto subjetivo (sentir mayor confianza) pero no encontró ningún cambio hormonal. Cuddy respondió con su propio metaanálisis de 54 estudios en 2018 confirmando que cambiar la postura podía mejorar las sensaciones subjetivas de poder y autoconfianza, aunque no los marcadores hormonales. El debate continúa, pero la evidencia actual indica que la postura no reprograma el cerebro, aunque sí puede cambiar nuestra actitud.

Así puede influirnos la postura