Los alimentos y bebidas no alcohólicas representaban en 2024, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), algo menos de un 16% del presupuesto de las familias españolas, una parte fundamental de la cesta de la compra. Desde el inicio de la pandemia de covid, en 2020, y en buena parte por ella, el precio de los alimentos se ha disparado en todo el mundo. En España, según el INE, esta subida ha sido del 37% en los últimos cinco años.La mayor parte de este ascenso desaforado ha sido provocada por la situación internacional. La pandemia introdujo una presión en las cadenas logísticas globales que no ha aflojado. Factores como epidemias (la gripe aviar ha sido un factor clave en el aumento del precio de los huevos, que España están más del doble de caros que en 2021) y derivadas del cambio climático como las sequías (que han afectado productos como el café y el cacao) se suman a presiones geopolíticas como la invasión rusa de Ucrania, que elevó el precio de los cereales a niveles que aún hoy siguen más altos que en 2022, y las sucesivas crisis en el Golfo.El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán y Estados Unidos ha provocado una explosión del precio del gasóleo y de los fertilizantes. La consecuencia será una nueva oleada de aumentos —aunque no tan serios como en 2022— conforme la escasez afecte a las cosechas y los costes adicionales recaigan en los consumidores. A largo plazo, estos aumentos de precios tienden a convertirse en permanentes.En España, la buena situación del empleo y el aumento de los salarios (incluyendo aquellos marcados por ley) han compensado en parte el alza de los precios. Aun así, los españoles han tenido que modificar sus hábitos de consumo. Se come menos fuera, se compra menos carne y pescado en favor del pollo y los huevos, y se diversifican los comercios en los que se hace la compra en busca de marcas blancas y cadenas de descuentos.El alza de la compra básica y la percepción de que una familia con los mismos ingresos cada vez se puede permitir menos productos frescos se suma a la ansiedad económica que ya provoca en la clase media la espiral inasumible de los precios de la vivienda. Todo esto refuerza una percepción de deterioro de las condiciones de vida, digan lo que digan las cifras macroeconómicas, que son envidiables en el contexto europeo. Como ha sido la tónica desde el inicio de la pandemia, según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), la mayoría de los españoles considera buena su situación económica personal, pero casi cuatro de cada diez afirman que la situación actual de su hogar es peor que la de hace seis meses, y dos de cada tres culpan de ello a la inflación. Es imprescindible, como mínimo, el reconocimiento político de que el aumento del coste de la vida no es una sensación, es una realidad.