Pocas veces en las últimas décadas los embalses han estado tan llenos y rebosantes como en esta primavera. Según los últimos datos del Ministerio para la Transición Ecológica (Miteco), los acuíferos están muy cerca de su máxima capacidad. Las reservas se encuentran a solo un 16 % -9.000 hectómetros cúbicos- de alcanzar el lleno total. En un clima no alterado por la acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera, estas cifras serían garantía de un período largo de suelos húmedos. Sin embargo, en un planeta que se calienta a niveles récord, las abundantes y concentradas lluvias de los últimos meses no blindan al país de sufrir una sequía.Esta llamativa paradoja ha sido revelada en una investigación científica publicada esta semana en la revista Nature. La nueva evidencia confirma que un territorio puede alternar inundaciones y mucha torrencialidad con sequías de forma “consecutiva y sin contradicción”.No solo importa la cantidad de agua, sino también cómo se distribuye (...) la acumulación de agua en la superficie se evapora más fácilmenteJustin MankinClimatólogoEl pantano de Santa Fe del Montseny, lleno tras meses de lluvias, en una imagen recienteCarles RusiñolLos autores del estudio, los climatólogos Corey Lesk y Justin Mankin, del Departamento de Ciencias de la Tierra y Planetarias de Dartmouth College (Estados Unidos), explican que hay que dejar de poner la lupa en la cantidad de lluvia. En cambio, hay que analizar cómo llueve. Si las precipitaciones se concentran en eventos muy intensos seguidos de periodos secos de calor extremo -una situación que puede darse este año en España-, el agua acumulada en la superficie se evapora con mucha facilidad.La advertencia de estos científicos es que la tierra podría almacenar menos agua aunque la cantidad anual de lluvia no disminuya. Para lanzar esta alerta, realizaron observaciones satelitales de agua almacenada en suelos, vegetación y acuíferos entre 2002 y 2022 en distintas regiones. Tras cruzar y analizar todos los registros, descubrieron un “patrón global”: cuando las precipitaciones son concentradas, aunque abundantes, el agua retenida por la tierra disminuye.Lee tambiénEs decir, “la concentración de las precipitaciones es casi tan importante para la humedad del suelo como la cantidad de lluvia que cae en un año”, explica Lesk, uno de los autores del trabajo. “Desde una perspectiva hidrológica, siempre hemos creído que lo que importa es la cantidad de precipitación que recibe un lugar, y no tanto la demanda que tienen los ecosistemas y la atmósfera”, agrega Mankin, el otro investigador.El calor extremo, revela el estudio, actúa como una “aspiradora atmosférica”. La evaporación aumenta, los embalses pierden agua más rápido, los suelos se resecan y la vegetación consume más humedad para sobrevivir.“Descubrimos que no solo importa la cantidad de agua, sino también cómo se distribuye. La concentración de lluvia es como pedirle a la tierra que beba de una manguera de bomberos. Cuando las lluvias son intensas, se producen más días secos consecutivos, pero lo más importante es que las lluvias más fuertes provocan la acumulación de agua en la superficie, que se evapora más fácilmente con la evaporación atmosférica”, detallan estos científicos.La sed de la atmósferaLas constantes episodios de lluvia de este invierno y primavera han dejado casi lleno el pantano de SusquedaPere DuranSergio Vicente es investigador del Instituto Pirenaico de Ecología, miembro del Laboratorio de Clima y Servicios Climáticos del CSIC e integrante del Panel Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático de la ONU (IPCC). El año pasado participó de un trabajo internacional sobre cómo el calentamiento global está intensificando las sequías, incluso en las zonas más húmedas del planeta.En el Mediterráneo, por ejemplo, la cantidad de lluvia caída no ha cambiado de forma significativa en las últimas décadas, según los últimos estudios. Las sequías más frecuentes e intensas se explican por una atmósfera “cada vez más sedienta”.“A medida que el planeta se calienta a causa del cambio climático, la demanda evaporativa atmosférica aumenta, lo que genera una pérdida de agua en las masas de aguas superficiales, en embalses, ríos y lagunas. “Digamos que las mayores temperaturas lo que hacen es que nuestra atmósfera demande una mayor cantidad de agua. Y si esa agua está disponible, pues se evapora, lo que hace que tengamos menos recursos”, resume.Para Vicente, incluir la demanda evaporativa en el monitoreo de sequías, en lugar de depender únicamente de los datos sobre precipitaciones, “es clave” para gestionar mejor los riesgos para la agricultura, los recursos hídricos, la energía y la salud pública.La sequía se gesta en los años lluviososRodríguez Chueca, profesor del Departamento de Ingeniería Química Industrial y del Medio Ambiente de la Universidad Politécnica de Madrid (UPM), agrega otra reflexión a tener en cuenta: la aparente abundancia puede generar una falsa sensación de seguridad.La cantidad de agua embalsada, explica, es solo una imagen puntual, “no una garantía de futuro”. El consumo anual de agua en España se sitúa en torno a los 32.000 hm³, una cifra cercana al volumen actualmente almacenado.“La sequía no aparece de repente, es un proceso acumulativo. Si el consumo sigue siendo alto, el sistema puede parecer seguro. Pero si además llueve menos, puede volverse vulnerable rápidamente. Como en la economía personal, si los gastos superan los ingresos, los ahorros se agotan”, señala.Según el estudio publicado por la UPM, para entender una sequía no basta con tener en cuenta la lluvia. Hay que observar también el estado de ríos, embalses y -sobre todo- el consumo. Es fundamental, por tanto, diferenciar entre sequía meteorológica, asociada a la falta de precipitaciones, y sequía hidrológica, que afecta a los recursos almacenados.“La sequía hidrológica puede tardar meses o años en manifestarse si hay reservas elevadas y buena gestión del agua. Aunque no se puede evitar la sequía meteorológica, sí se pueden retrasar sus efectos más graves. Esto es posible con una gestión adecuada”, aclara Rodríguez.En este escenario, “el cambio climático introduce un nuevo elemento de incertidumbre”. En la última década se observa mayor alternancia de eventos extremos. Por ejemplo, hay sequías más intensas. Pero también precipitaciones extremas, concentradas en el tiempo y el espacio, con aprovechamiento limitado.“Esto reduce la fiabilidad de los datos históricos como referencia para la planificación. Por ello, es necesario trabajar con un mayor número de escenarios y adaptarse a una mayor variabilidad. Actualmente, España no sufre sequía hidrológica. Sin embargo, podría estar entrando en un nuevo ciclo de sequía meteorológica en cualquier momento.La relajación cuando los embalses están llenos puede aumentar el riesgo futuro”, concluye este experto.Andrés Actis FernándezPeriodista especializado en clima y medio ambiente Ver más artículos