CivitasY en esa guerra permanente, el oficialismo encontró algo extraordinariamente útil para su gestión, que fue una explicación universal disponible para cualquier ocasión.

Todos crecimos con la historia de los tres cerditos. Era la excusa perfecta para no construir bien, para vivir asustados, para echarle la culpa al lobo de todo lo que no funcionaba en el bosque. Mientras el lobo soplara contra las paredes, cualquier casa mal hecha tenía justificación. La paja se caía por culpa del lobo, la madera se rompía por culpa del lobo y hasta las cosechas malas se explicaban porque el lobo andaba merodeando. Lo curioso de aquella historia es que nunca nos preguntamos qué pasaría el día en que el lobo finalmente se fuera del bosque, porque la respuesta es incómoda, ya que ese día los cerditos tendrían que construir de verdad.

Después de ocho años, Consuelo Porras dejó oficialmente la jefatura del Ministerio Público (MP), y con su salida también se marchó el argumento que durante dos años sirvió para explicar cada estancamiento de este gobierno. Conviene recordar cómo llegamos hasta aquí. Durante la campaña, Bernardo Arévalo prometió que sacar a la fiscal general sería una de sus primeras acciones de gobierno y, una vez en el poder, intentó cumplirlo por varias vías que terminaron sin éxito. Se comprometió a exigir la renuncia de Porras como uno de sus primeros actos e intentó reformar la ley que le impedía despedirla, pero su petición fue ignorada por el Congreso. Lo que finalmente retiró a Porras del cargo no fue una decisión presidencial ni una gestión política exitosa, sino el simple cumplimiento del período constitucional que la ley siempre tuvo previsto.