Incontables generaciones de estudiantes se han enfrentado a la época de exámenes aferrados a dos rituales casi incuestionables: el rotulador fluorescente y la relectura repetitiva de los apuntes, siempre con la esperanza de que la memoria hiciera su trabajo. Sin embargo, en los últimos años la investigación en psicología cognitiva y neuroeducación ha empezado a cuestionar estas prácticas. Pero si releer y subrayar no son suficientes, ¿qué funciona entonces? De acuerdo con la evidencia acumulada, “la técnica de estudio y aprendizaje más efectiva es lo que llamamos la práctica de recuperación”, explica Jesús Guillén, director del Diploma de Especialización en Neuroeducación de la Universidad de Barcelona y autor del blog Escuela con Cerebro, así como de los libros Neuroeducación en el aula y Neuromitos en la educación. La idea consiste, dice, en intentar recordar lo aprendido sin tenerlo delante; por ejemplo, mediante la autoevaluación, escribiendo un resumen de memoria o explicándoselo a otra persona.Este tipo de prácticas obligan al cerebro a trabajar, afirma. Frente a la pasividad de releer, recuperar información implica esfuerzo cognitivo y activa procesos de metacognición, permitiendo detectar qué se sabe y qué no, añade Guillén. Algo parecido a lo que destaca Henry L. Roediger III, profesor de Psicología en la Universidad Washington de San Luis y coautor del libro Make It Stick: The Science of Successful Learning. “Los estudiantes necesitan aprender y almacenar información. Sin embargo, también necesitan practicar la recuperación de esa información; es decir, aprender a acceder a ella desde la memoria. De hecho, muchos estudios han demostrado que recuperar información hace que la fortalezcamos y la almacenemos mejor”, sintetiza.Pero no solo importa cómo se estudia, sino también cuándo. El conocido atracón durante la víspera del examen puede servir para aprobar, pero suele dejar un aprendizaje frágil. La alternativa, sostiene Roediger, es la práctica espaciada: distribuir el estudio en el tiempo. “Es mejor estudiar una hora durante varios días que concentrarlo todo en una sola sesión”, coincide Guillén. Además, añade que esto da tiempo al descanso, que, junto al sueño, juega un papel clave en el aprendizaje porque ayuda a consolidar la memoria.Combinación estratégicaA la combinación de ambas estrategias —recuperar y espaciar— se le llama en el campo de la neuroeducación “práctica de recuperación espaciada”, una de las herramientas más respaldadas por la evidencia. Otra técnica menos intuitiva es mezclar contenidos en lugar de estudiarlos por bloques. Por ejemplo, cuando se aprende matemáticas, en lugar de hacer veinte ejercicios del mismo tipo seguidos, conviene alternarlos, sostiene Roediger. Este método, conocido como “práctica intercalada”, obliga a identificar en cada caso qué procedimiento aplicar.“Cuando los problemas están agrupados, el estudiante puede resolverlos sin tener que pensar realmente qué hacer”, apunta el profesor de la Universidad de Washington. En cambio, al mezclarlos, el alumno debe detenerse en cada ejercicio y decidir qué tipo de problema es y qué estrategia utilizar, algo más parecido a lo que ocurre en la vida real fuera del aula, donde las tareas no vienen organizadas por categorías. “Se ha demostrado que mezclar la práctica favorece un aprendizaje más duradero de las soluciones”, señala.Detrás de estas técnicas hay un principio común: el aprendizaje exige actividad mental. “Aprendemos mejor cuando no nos limitamos a recibir información, sino cuando construimos sentido a partir de ella”, señala Mercedes Villasana, directora del máster en Psicopedagogía de la Universidad Pontificia Comillas. Eso implica comprender, relacionar, aplicar y revisar. Porque las formas más pasivas como escuchar, releer o reconocer información suelen ser menos eficaces si no se acompañan de ese trabajo activo, advierte.Integración de lo nuevoA ello se suma la importancia de los conocimientos preexistentes. El cerebro aprende, detalla la académica, integrando lo nuevo en lo que ya sabe. Por eso, entender un tema no consiste solo en memorizar datos, sino en conectarlos. Ana Jiménez-Perianes, profesora de Psicología de la Universidad CEU San Pablo, insiste en esta idea: aprender mejor implica “relacionar lo nuevo con experiencias o conocimientos previos” y explicarlo con palabras propias. Uno de los errores más frecuentes, añade, es confundir familiaridad con conocimiento. “Algo nos suena y creemos que lo sabemos, pero no somos capaces de explicarlo sin mirar”, dice. El papel de la motivación tampoco es menor, aunque conviene evitar simplificaciones, apunta David Bueno i Torrens, director de la Cátedra de Neuroeducación de la Universidad de Barcelona y autor de Neurociencia para educadores. Generar curiosidad y confianza facilita el proceso, pero no sustituye al esfuerzo, afirma. Entonces, ¿por qué, a pesar de la evidencia, muchos alumnos siguen apostando a la hora de estudiar por prácticas tradicionales como el subrayado o la memorización? En parte, por desconocimiento; en parte, porque requieren menos esfuerzo inmediato, justifican los expertos. Prácticas como recuperar información, espaciar el estudio o revisar errores implica salir de la zona de confort. Pero es precisamente ese esfuerzo el que marca la diferencia entre un aprendizaje superficial y uno duradero, inciden.Enseñar a adquirir el conocimiento, un reto pendienteEl cambio no depende solo de los estudiantes. Los expertos arguyen que el sistema educativo debe incorporar de forma explícita las estrategias de aprendizaje eficaces. Durante años se ha asumido que aprender a estudiar es algo que cada alumno descubre por su cuenta, pero “eso no es realista”, avisa Mercedes Villasana, de la Universidad Pontificia Comillas. Planificar, autoevaluarse o revisar errores debería formar parte del propio proceso educativo, reclama esta experta.Además, señala que las evaluaciones que deben realizar los alumnos no son neutras, sino que juegan un papel decisivo. “Influyen en la motivación y en la manera de estudiar”, afirma Villasana. “Si el estudiante interpreta que lo importante es aprobar y no equivocarse, organizará su estudio en esa dirección”, añade. Por tanto, sostiene que urge revisar la manera en que se evalúa actualmente el aprendizaje.Otro reto, sostiene Ana Jiménez-Perianes, de la Universidad CEU San Pablo, es “formar al profesorado en estrategias basadas en la evidencia y enseñar desde muy pequeños a los alumnos estrategias de aprendizaje efectivas”. Todo esto pasa, insiste, por impulsar la idea de que “aprender a aprender” es una competencia básica, no algo secundario.
Cómo estudiar mejor según la ciencia (y subrayar no basta)
El atracón antes del examen puede servir para aprobar, pero no para aprender de forma duradera. Espaciar las sesiones y recuperar la información marcan la diferencia













