El domingo de la primera vuelta, mientras los equipos de campaña contaban votos y los analistas calculaban quién pasaba a segunda vuelta, hubo un resultado que casi nadie quiso leer con atención. Más de 3,4 millones de peruanos fueron a las urnas y anularon su voto o lo dejaron en blanco. Expresaron, con la única herramienta que el sistema les ofrece, que ninguna de las opciones disponibles merecía su confianza. Ese número es el mensaje político más contundente de la elección. Y ambos candidatos que disputan la presidencia han elegido ignorarlo. Para que la magnitud sea clara: Keiko Fujimori obtuvo 2,8 millones de votos en primera vuelta. Roberto Sánchez obtuvo algo más de 2 millones. El voto blanco y nulo supera a ambos. Si los peruanos que rechazaron todas las opciones formaran un partido, tendrían la bancada más grande del Congreso. Sus curules, sin embargo, permanecen vacíos. En cambio, la campaña ofrece una sucesión de episodios que explican, cada uno a su manera, por qué millones de peruanos decidieron abstenerse de elegir. Miguel Torres, candidato a la vicepresidencia por Fuerza Popular, admitió con orgullo lo que su partido negó durante años: que la salida de Pedro Castillo fue producto de una operación coordinada entre el Congreso, el Ministerio Público y sectores de la prensa. Lo llamó gesta. Lo presentó como mérito de campaña. Al hacerlo confirmó exactamente las razones por las que millones de peruanos desconfían de las instituciones y de quienes las administraron a su conveniencia. Roberto Sánchez enfrenta una exigencia equivalente. Su campaña de segunda vuelta ha priorizado la distancia respecto a la sombra de Castillo por encima de la construcción de una identidad política propia. Los millones de peruanos que rechazaron al fujimorismo le hicieron una pregunta concreta que aguarda respuesta: qué propone, específicamente, para gobernar un país con instituciones debilitadas, una economía que excluye a millones y una ciudadanía que reclama ser escuchada. Esa pregunta conecta directamente con los 3,4 millones que eligieron el blanco o el nulo. Ese voto es la expresión de ciudadanos que leen con lucidez que el sistema político peruano funciona con una lógica que los excluye: partidos que se fragmentan para que el menos votado acumule poder desproporcionado e instituciones usadas como instrumentos de disputa entre élites.