Estoy leyendo Orbital, de Samantha Harvey, una novela que tiene lugar en el espacio. Cuatro astronautas y dos cosmonautas habitan y trabajan en una estación que orbita a nuestro alrededor a una velocidad aproximada de veintiocho mil ciento sesenta kilómetros hora, dando dieciséis vueltas a la Tierra en un día. Dieciséis alboradas y dieciséis puestas. NASA / AFPEn un momento determinado, uno de los cosmonautas rusos sueña con una fotografía americana. Tuve que girar el libro boca abajo para buscarla. La curiosidad, lo bastante imperiosa para querer verla. Hay libros –como también los de María Gainza o Agua y jabón de Marta Riezu– que invitan a hacer este gesto, que a mí personalmente me gusta.La lectura de ‘Orbital’ de Samantha Harvey me ha parecido sensorial y transportadoraSe trata de una fotografía que tomó Michael Collins en 1969 durante la primera misión a la Luna. Se observa el módulo lunar donde viajaban Armstrong y Aldrin, detrás, y ocupando media imagen, un horizonte relativamente próximo que era la Luna, y en medio de la oscuridad, la mitad superior iluminada de la Tierra.A esta fotografía se le atribuye la interpretación romántica de retratar a todas las personas que existían en aquel momento, menos aquella que apretó el disparador. Pero el cosmonauta ruso no está de acuerdo con esta lectura. Le parece otra trampa americana. Objetivamente, argumenta para sí mientras lleva a cabo sus tareas rutinarias en la estación, en la imagen en cuestión, no aparece nadie. Ningún ser humano. Así y todo, yo me la miré un buen rato, pensando en la vastedad de ser el último de la fila, o el primero, de no tener nadie –que sepamos– a la espalda.La lectura de este texto, que impone un ritmo pausado, una atmósfera de observación y silencio, y una ausencia de acción a cambio de una constante y aterradora flotabilidad, me ha parecido sensorial y transportadora. Imagino que lo acabaré entre hoy y mañana, y entonces volveré a la Tierra con mucha más delicadeza que los astronautas, que lo hacen dentro de cápsulas de reentrada que llevan a cabo una maniobra de frenazo extremo. Una caída libre hacia la atmósfera que alcanza velocidades de cuarenta mil kilómetros hora, y temperaturas de hasta dos mil quinientos grados. Finalmente, se abren paracaídas, las cápsulas aterrizan en el mar o en el suelo, y los astronautas son inmediatamente rescatados y asistidos.
Astronautas y cosmonautas, por Irene Solà
Estoy leyendo Orbital, de Samantha Harvey, una novela que tiene lugar en el espacio. Cuatro astronautas y dos cosmonautas habitan y trabajan en una estación que orbita a nuestro alrededor a una velocidad aproximada de veintiocho mil ciento sesenta kilómetros hora, dando...








