La delantera polaca anota ante el OL Lyonnes un doblete y da una asistencia, es elegida como la mejor del partido y al fin alza la Liga de Campeones
Si alguien llegaba este sábado con una mochila repleta de piedras al coqueto Ullevaal Stadion de Oslo era Ewa Pajor. La delantera disputó a sus 29 años su sexta final de la Champions. En las cinco anteriores, cuatro con el Wolfsburgo y una con el Barcelona, no había levantado el trofeo. El tremendo récord negativo, contó en una entrevista con EL PAÍS en marzo, la afligió en muchas ocasiones y le hizo en otras tantas preguntarse por qué perdía una y otra vez. En la capital noruega, las imágenes de esas derrotas le pasaron por la cabeza como una pesadilla desagradable del pasado desde que el jueves el Barça aterrizó en la ciudad. Los dos goles con los que comenzó a decidir en el segundo tramo el partido contra el OL Lyonnes, el dominador histórico de la Liga de Campeones, fueron tan balsámicos para ella que la polaca, aquella niña que aprendió a disparar contra una portería improvisada en la pared del granero de sus padres, encontró al fin la paz y la liberación que uno siente cuando se saca de encima una carga plomiza que ha soportado en la espalda durante años.










