Elaine Bearer (Nueva Jersey, 76 años) se mueve por el escenario con liviandad y preocupación. Tiene un resfriado que le ha durado ya varios días, y aunque ella suele vivir en el desierto de Nuevo México, le parece que el calor de Ciudad de México es todavía más intenso. A unos pasos, cuatro jóvenes músicos ensayan los últimos detalles para interpretar tres piezas escritas por Bearer en un breve concierto tras su charla La música del universo y la danza de las neuronas, que ha inaugurado el festival de la UNAM sobre arte y ciencia, El Aleph. La neurocientífica y compositora estadounidense pregunta y da algunas indicaciones antes de que en la pantalla gigante aparezca, primero, una imagen de Nuevo México y luego, una fotografía del penacho de Moctezuma.La científica y compositora de música clásica ya ha visitado antes México. Ha tenido estancias de investigación en Cuernavaca o San Miguel de Allende. Es, desde hace más de 30 años, amiga cercana del neurocientífico mexicano Francisco Fernández de Miguel, investigador del Instituto de Fisiología Celular de la UNAM. Brear se ríe de que las únicas fotografías suyas que hay en internet son precisamente de una ocasión cuando estuvo en Guanajuato, y ella todavía usaba lentes, antes de que se sometiera a la operación que le permitió dejarlos. Tampoco es ajena a la actualidad informativa nacional, y relata que, una noche antes de esta conversación, ha escuchado una declaración de la presidenta Claudia Sheinbaum. “Me gustó su voz, su elegancia, su calma, su articulación. Incluso yo, como estadounidense, que sé solo un poco de español, podía entender lo que ella decía”, dice, entusiasmada. Ha leído recientemente el libro Elizabeth I, CEO: Strategic Lessons from the Leader Who Built an Empire, de su compatriota, el historiador Alan Axelrod, y asegura que ha comenzado a memorizar varias de las frases contenidas en él: “Una de las cosas que ella dice es lo que su presidenta hizo. Lo que Elizabeth I dice es que tienes que hablar a tu gente regularmente, claramente, y decir lo mismo, al menos tres veces”, señala, entre risas y asombro.Bearer creció en su casa de Nueva Jersey, con su familia, y comenzó a tocar música a los seis años, mientras practicaba con su violín, entre transistores y máquinas que su padre había colocado en el sótano de su casa en una oficina improvisada cuando trabajaba como ingeniero eléctrico de la legendaria compañía de telecomunicaciones Bell Labs. Esta mujer, con una energía descomunal y una generosidad latente, es investigadora, científica, compositora y varias cosas más. Es, desde 2009, profesora de patología, neurocirugía y música en la Universidad de Nuevo México. Sus estudios científicos van desde el análisis de cómo el miedo produce traumas en los cerebros de personas jóvenes, hasta la existencia de microplásticos en el cerebro e incluso en posibles conexiones entre estas sustancias y enfermedades como el Alzheimer. También ha contribuido con numerosos estudios académicos sobre circuitos cerebrales, desarrollo mental, tumores y cáncer cerebral, solo por mencionar algunos. Pero si hay algo que se puede unificar en toda su carrera, es la conexión que tiene en su vida, en su mente y en su trabajo la música. “Para mí, la música y la ciencia nunca han estado separadas”, dice.Durante su conferencia en la UNAM, el pasado 8 de mayo, habló minuciosamente sobre cómo la música llega a los circuitos cerebrales y de qué forma esos impulsos se convierten después en emociones complejas. Una inquietud que la ha perseguido desde que comenzó a crear música y cuando su curiosidad infinita le hizo querer explicarse a sí misma cómo todo aquello se ejecutaba en su cerebro y luego en su cuerpo y en su vida diaria. “Estudié muy seriamente música, y escribí música. Luego quería saber qué pasaba en mi cabeza y necesitaba estudiar biología y neurociencia para saber cómo funcionaba”, asegura. Bearer tenía una necesidad urgente de explicar lo que esos efectos musicales le hacían a los cuerpos, a la mente humana y a sus emociones, así que cuando terminó de cursar todas las materias en su colegio, como ya no había forma de avanzar, se quedaba en el salón de música para practicar. Luego, se trasladaba a Nueva York, donde tomaba clases en el exclusivo, prestigioso y exigente conservatorio de Juilliard.Durante la primera parte de su vida, Bearer se dedicó en cuerpo y alma a la música. Después de unos años llegó a Carnegie Tech, actualmente la Universidad Carnegie Mellon (CMU), en Pensilvania, en donde estudió informática y música. “Luego fui a París y estudié con Nadia Boulanger y desde ese momento hasta que volví a la universidad para estudiar ciencias, no usé computadoras. No hice música adaptada. Y creo que si tuviera que aconsejar a algún estudiante como yo ahora, me doy cuenta de que hay muy pocos que se dedican a ambas cosas a la vez; les aconsejaría que, cuando sean jóvenes, dediquen su tiempo a la música. Pueden aprender ciencias más adelante“, reflexiona.Ya en el escenario, Bearer explica el trabajo de Albert Einstein y lo compara con el del compositor y pintor austriaco Arnold Schoenberg; a la par reproduce una de sus piezas musicales que ha compuesto para tratar de explicar el sentimiento de tristeza; también relata que ella tiene una especie de adicción a la música, aludiendo a lo que algunas sustancias hacen al cerebro con lo que causan ciertas melodías: “Hay personas que escuchan voces en su cabeza, que les dicen cosas; yo no tengo ese problema, en lugar de eso escucho música todo el tiempo. Es como si hubiera una radio encendida ahí. Y Einstein aparentemente también tenía eso”, dice.Todo le interesa y casi todo lo puede —y desea— transformar en música. Explica que el penacho de Moctezuma encierra años de cultura, de arte y de ciencia que se convierten también en símbolos de poder, de política y de una forma de organización que no hemos terminado de comprender. Asegura que es un error que científicos, músicos y artistas, investigadores y demás individuos con distintos talentos trabajen como si fueran “islas”, por separado, como si todo el conocimiento producido por los humanos no estuviera vinculado y conectado entre sí, con el universo, con los cuerpos y con las mentes y las emociones.Ante las infinitas preguntas sobre diferentes temas que involucran al cerebro humano y su desarrollo en tiempos de pantallas y de hiperconectividad, hay un par en especial que mucha gente le hace. ¿Debemos preocuparnos o alentarnos sobre el uso de las nuevas tecnologías? ¿El futuro es esperanzador o nos debe preocupar? Bearer considera que es más bien una cuestión política, y que los científicos solo pueden aportar conocimiento.“Son preguntas difíciles. Yo estaba, tal vez 10 años antes de la pandemia, en la Universidad de Cambridge en Inglaterra, y había un gran letrero en una de las paredes que decía: ‘¿Deberíamos hacerlo solo porque podemos?’ Entonces, lo que hacemos a menudo en tecnología es no pensar en las consecuencias de las cosas que hacemos. ¿Significa eso que no deberíamos hacerlas? Supongo que mi opinión está dividida al respecto”, dice.
Elaine Bearer, neurocientífica y compositora: “Hay personas que escuchan voces en su cabeza, yo escucho música todo el tiempo”
La científica estadounidense ha investigado durante más de 30 años el funcionamiento del cerebro y los efectos de la música en el comportamiento y las emociones humanas













