La presidenta Claudia Sheinbaum tiene un afán concentrador. Lo muestra de nueva cuenta al enviar al Congreso ajustes nada menores a la reforma judicial. Quiere más control sobre los jueces y quiere menos autonomía de los estados al definir sus respectivos poderes judiciales. Es otra iniciativa que transgrede el sentido federalista de México, y un paso más en una dirección que lastrará su sexenio. En veinte meses, Sheinbaum ha reconfigurado el sistema de pesos y contrapesos de México con el Plan C, que borró mucho de lo que trajo el periodo de las alternancias. En el caso del Poder Judicial fue más allá al crear mecanismos para decidir filtro, arribo y permanencia de quienes imparten justicia. Con ello, los tres poderes de la Unión responden hoy a una sola cabina, desde donde se pilotean turbulencias y caos. Una visión superficial diría que hay hoy un gobierno más racionalmente compacto, orientado a la eficiencia, gracias a que distintos organismos reguladores del propio Estado ya no interfieren en las políticas de entidades como PEMEX o la CFE, o en políticas sobre mercados como el de telecomunicaciones. La realidad es que el Gobierno no tiene pretextos para no dar los resultados, pues ya no hay instancias que le restrinjan o siquiera supervisen. La captura del Poder Judicial fue el sumun de esa búsqueda de supuesta autonomía ejecutiva. Con respecto a otras soberanías, para Claudia Sheinbaum es preciso sujetar a estados y municipios verticalmente. Esta administración no dialoga, impone; y cuando mucho disfraza de coordinación lo que es una orden. Lo ha hecho por la vía de los hechos, y lo hace por la vía de las leyes, como la ya mencionada nueva reforma judicial, donde los gobiernos estatales se enteraron al mismo tiempo que cualquier ciudadano de lo que Claudia les ordenará, porque negociación no habrá. Para ilustrar cómo opera por la vía de los hechos, basta mencionar dos reuniones que ha tenido la mandataria con presidentes municipales. La primera fue muy temprano en su sexenio, en enero de 2025. La segunda en marzo pasado. En ambas, a las y los ediles se les informó que parte de sus presupuestos ha de ser destinado a programas federales específicos, ya sea en políticas a favor de los indígenas, ya sea en temas de seguridad, pero los municipios no tienen derecho ni al pataleo. Ejemplos sobran de esta tendencia de Sheinbaum. Hablando de procuración de justicia, desde el inicio de su periodo habló de coordinar a las fiscalías estatales —en un diagnóstico que no falla al concluir que la autonomía del ministerio público, así sea simulada, de sus respectivos gobernadores no se tradujo en eficacia ni en calidez—. Sobre esa reforma insistió en una mañanera de marzo pasado. De lo que ella no habla, empero, es de lograr tan nuevo esquema a partir de un debate nacional. Esa mirada que tiene tanto de una autosuficiencia que desdeña a expertos no obradoristas como de chilangocentrismo, quedó igualmente exhibida con el bochornoso sainete de la Secretaría de Educación Pública y la fallida decisión de imponer un drástico recorte al calendario escolar por el Mundial. Ni al reunirse con todas las autoridades escolares del país, como fue el caso, el representante de Sheinbaum evitó la tentación de imponer la medida que, por sonoro rechazo nacional, fue finalmente cancelada. En síntesis, la presidenta Sheinbaum ha impuesto una dinámica de toma de decisiones no solo centralizada, sino que no surge de consulta y negociación, mucho menos consenso, con otros actores, incluidos gobernantes de su partido o de otros. Y buena parte de esa lógica de directrices concentradoras incluso se ha plasmado en leyes y, desde luego, en la Constitución. Una resultante de tal estilo es que incluso su Gabinete se hace más chico aún, y todas las decisiones recaen en el despacho presidencial. Si a lo anterior se agrega que la autocrítica dentro de Morena es vista como traición que abre la puerta a dar legitimidad a señalamientos, ya sea de opositores o de meros especialistas, se tiene por resultado un modelo donde la presidenta ha de decidir todo, de jure y de facto, un esquema que no solo provocará atrofia gubernamental, sino más temprano que tarde mostrará lo rabón de un modelo centralista que ni entiende ni atiende las problemáticas propias de distintas regiones e idiosincrasias.Tan no lo dimensiona, que Morena cree que es lo mismo hacer un mitin en Coyoacán que en Chihuahua. No hay seguridad de que, ni con el fiasco del fin de semana, el desangelado mitin que intentaron en protesta de la gobernadora panista Maru Campos, hayan entendido que muchos estados se cuecen aparte, y que solo se exhiben al criticar desde poltronas capitalinas convenios de estados con sus pares fronterizos de EE UU y acciones conjuntas binacionales bien vistas in situ.A final de cuentas, lo que se configura es que Claudia Sheinbaum ha ingresado en una trampa que ella misma ayudó a construir, y que antes que reformular, insiste en galvanizar. Con leyes y con un estilo, ha definido un entramado para hacerse cargo de todas las asignaturas, sin importar incluso que sean de competencia de otros poderes, de otros niveles de gobierno o de sus colaboradores y no directamente de ella. Es como si creyera, irónicamente, que reinstalar la presidencial imperial de tiempos del PRI era lo que se requería. Salvo que en realidad el presidente de los tiempos priistas, lejos de todopoderoso para bien, fungía como la balanza entre distintos sectores e intereses, grupos e incluso facciones, para decidir tratando de preservar equilibrios, activar procesos modernizadores y contener las peores prácticas y personalidades que integraban a la llamada familia revolucionaria.Y precisamente, una de las dinámicas que en los tiempos priistas más se cuidaban de no trastocar a la ligera eran las susceptibilidades regionales: desde luego hubo en esos tiempos centralismo y verticalidad en imposiciones, al mismo tiempo que se proclamaba el discurso federalista. Al final del priato, la República iba avanzando hacia una descentralización que a partir de 2018 ha entrado en una franca regresión. Las presiones guindas para quitar a los estados el sistema de salud son solo un ejemplo. La deriva centralizadora ha tomado nuevo impulso este mes, tanto con los intentos del partido en el poder de ir de cacería a Chihuahua, en una movida política que si bien es alimentada por futurismo electoral, también desnuda la veta nada federalista de Morena, como con la pretendida reforma al judicial que en fast track impondrá un modelo redactado por sectarios del modernismo y avalado por la soledad de Palacio. Claudia Sheinbaum extiende así la camisa de fuerza que terminará por volvérsele en contra. Todas las facultades, ningún contrapeso y absoluta responsabilidad por lo que ocurra y por lo que deje de ocurrir. En el extremo, un tablero de control sin frenos ni límites que hoy, algunos ponderarán, está en manos de ella, alguien con juicio y sentido del deber, pero que mañana se lo va a heredar a alguien. De Morena o de no Morena. Tantas reformas y tan poca distribución de las responsabilidades y atribuciones en el gobierno, incluida la manía de pasar por encima de estados y municipios, ahora serán las principales condicionantes de Claudia Sheinbaum, que tendrá en la Constitución y en su estilo gerencial los más importantes obstáculos para gobernar.