La noche del 24 de febrero de 2022, cuando los jefes de Estado y de Gobierno se reunieron de emergencia en Bruselas pocas horas después de que Rusia hubiera lanzado una invasión a gran escala de Ucrania, algo había cambiado en la habitación. La relación de fuerzas, legitimidad y peso había cambiado por completo. Los países del este, que llevaban años advirtiendo del riesgo que representaba Moscú, que acusaban a los líderes occidentales de ingenuos e inexpertos, sabían lo que estaba ocurriendo. Era el surgimiento de un ‘consenso oriental’ en el que ahora su palabra y su voluntad tendrían mucho más peso. Desde entonces, la Unión Europea ha cambiado mucho. Ha adoptado una visión estratégica ajustada a la del flanco oriental, ha eliminado en la práctica su dependencia energética de Rusia, sus Estados miembros han aumentado espectacularmente su gasto en defensa y han aceptado una narrativa de supervivencia más alineada con la propia de un grupo de Estados miembros que pasaron la segunda mitad del siglo XX bajo la dominación soviética. Un grupo de Estados miembros muy pequeños, como Estonia, Letonia y Lituania, acompañados de otros países con un mayor peso y recorrido previo, como Polonia o Finlandia, han empezado a boxear muy por encima de su peso. La visión que habían abanderado Francia y Alemania de diálogo con Rusia, además de cooperación económica, había quedado completamente desautorizada. El cuarteto de Normandía, el formato ideado por París tras la agresión rusa de 2014 contra Ucrania, no solamente fracasó en su objetivo, sino que a ojos del este lo que hizo fue reforzar a Moscú y facilitar el ataque definitivo en 2022. Era hora de cambiar radicalmente de fórmula. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea y una operadora muy inteligente en la política comunitaria, decidió apostar por ese cambio y vincular la segunda mitad de su primer mandato y su reelección a esta carta. Cuando Ucrania, pocos días después del inicio de la guerra, envió a Bruselas su solicitud de adhesión, la alemana fue, a ojos de muchas capitales, imprudentemente entusiasta respecto a la posibilidad de que Kiev se sume algún día al club comunitario. Los países orientales han aumentado también su poder en las instituciones. Por ejemplo, Kaja Kallas, antigua primera ministra de Estonia y probablemente la voz más dura del Consejo Europeo contra Rusia, fue elegida alta representante de la Unión para Política Exterior y de Seguridad, o el polaco Piotr Serafin, hombre de confianza del primer ministro Donald Tusk, que recibió una cartera muy poderosa como es la de Presupuesto. Durante todo este tiempo, cualquier debate estaba atravesado por la cuestión de Ucrania. Cada discurso de Ursula von der Leyen, presidenta del Ejecutivo comunitario, giraba alrededor de Kiev, y en cada interacción con socios internacionales, la UE dedicaba buena parte de su capital político a promocionar su visión de la agresión rusa. Ese ‘consenso oriental’ está en el corazón de la política europea en este momento. Pero puede estar empezando a agotarse. La inercia de los acontecimientos históricos, la firme posición de la administración americana bajo Joe Biden que guiaba la acción de los europeos y la situación económica general, explicaban que hubiera poca resistencia o voces discordantes. Algunos de los países más alejados de los intereses del este habían surgido agotados de la crisis del coronavirus y de la negociación de un histórico Fondo de Recuperación financiado con una emisión masiva de deuda conjunta. Ahora le tocaba hacer historia a otros. A medida que ha pasado el tiempo desde aquel febrero de 2022, también ha ayudado que las pocas personas que se revolvían contra ese consenso, como era Viktor Orbán, hasta hace poco primer ministro de Hungría, o Robert Fico, primer ministro de Eslovaquia, fueran estrechos aliados del Kremlin, aumentando la cohesión del resto de la Unión Europea. En general, los europeos han utilizado la crisis de Ucrania para mantenerse unidos y navegar los últimos cuatro años. El fin del consenso Pero muchas de las condiciones exteriores que permitieron ese consenso oriental están empezando a desaparecer, y el ciclo político y económico hace que el viento esté cambiando de dirección. Cuando este pasado fin de semana Giorgia Meloni, primera ministra de Italia, envió una carta a Von der Leyen solicitándole la suspensión de las reglas fiscales para el gasto relacionado con la crisis energética provocada por la guerra de EEUU e Israel contra Irán, la italiana no se limitó a solicitarlo, sino que le lanzó una pregunta directa a la presidenta de la Comisión: ¿por qué se suspenden las reglas para el gasto relacionado en defensa y seguridad, pero no para esta otra partida que tiene impacto directo también en los ciudadanos? El capital político en Europa es limitado. Cada Estado miembro cuenta con su particular porción. Cuando no hay demasiados puntos de atención, la UE tiene facilidad en enfocar todo su capital político en un único asunto, generando unidad, aunque sea por omisión. Ahora, con varios frentes, con una crisis en Oriente Medio que hace dispararse los precios, con conflictos más allá de Ucrania que tienen un impacto sobre la opinión pública, como es el caso de Israel y Palestina, y con unos EEUU que han cambiado enormemente bajo el mando de Donald Trump, cada Gobierno cuida con celo su capital político. En su carta a Von der Leyen, Meloni está mostrando que los tiempos están cambiando. No se trata de que se esté rompiendo la nueva posición común respecto a Rusia, porque eso no está ocurriendo, sino que las capitales están empezando a mover su capital político hacia prioridades y urgencias propias. Hay más pruebas y más razones. EEUU es una de ellas. Los países orientales tienen otro tipo de intereses radicalmente diferentes a los de los occidentales. Todos los socios de la OTAN tienen claro que la presencia americana es clave. Pero en la situación actual, los niveles de alarma son diferentes. Para Polonia o los bálticos, la presencia americana en el flanco oriental se encuentra en lo más alto de la lista de prioridades. El precio a pagar por ello es secundario. Los occidentales no están dispuestos a firmar un cheque en blanco. Otros debates que hasta ahora han podido obviarse se abrirán ahora en canal, como por ejemplo es la adhesión de Ucrania. Son muchos los Estados miembros que no ven con demasiado entusiasmo el proceso de integración de Kiev, y observan con preocupación los intentos de Bruselas y Berlín de buscar "ideas innovadoras" para acelerar la entrada de Ucrania en el club. Hasta ahora, estos países podían escurrir el bulto. Ahora, en el marco de una negociación de paz para Ucrania, el asunto parece ineludible. En este sentido, otro asunto sensible y que complica el dominio absoluto del este respecto a la narrativa es la idea, cada vez más extendida, de que la UE tendrá que, tarde o temprano, negociar con el Kremlin. Tras cuatro años controlando completamente el discurso, algunas capitales del este, como Tallin, se han atrincherado en posiciones que ahora son consideradas como demasiado maximalistas. La firmeza y la visión que han reforzado el rol de algunos países del este empiezan ahora a convertirse en un obstáculo para otros. Y la demostración de que se están generando grietas en ese consenso del este es el hecho de que, en este punto, por ejemplo, Finlandia ya está pidiendo avanzar. La brecha de la prosperidad Si hay algo que puede conseguir que un ambiente se envenene, eso es el dinero. Especialmente en Bruselas. La negociación del Marco Financiero Plurianual (MFP), el presupuesto a varios años de la Unión Europea y que ahora se está negociando para el ciclo que va desde el 2028 al 2034, será otra muestra de esta fractura. Ahí las distintas delegaciones pelean cada euro, las prioridades se convierten en sagradas y el espacio para dejar que otros controlen la narrativa se estrecha enormemente. Ucrania y todo lo que tiene que ver con la defensa es muy importante, pero capitales como París o Madrid difícilmente estarán dispuestas a prenderle fuego al campo para destinar más fondos a ello. Porque no se trata solamente de poner dinero. El dinero que hay es muy limitado. Se trata de dónde ponerlo. Esta negociación es el momento más serio de la agenda europea. No se hacen prisioneros, ni concesiones gratuitas. Todo tiene, literalmente, un precio. La cuestión económica es muy relevante al mirar la fotografía completa. Para los países del este, con su prioridad absoluta en materia de seguridad, descansan sobre un largo periodo de mejora espectacular de las condiciones materiales de sus ciudadanos desde el ingreso a la UE en el año 2004. Entonces, hace veintidós años, la renta disponible de los hogares de los países que ingresaron en el club era únicamente el 34% de la de los diez países más ricos del resto de la Unión, en 2023 es el 62%. Es una buena noticia porque este es el relato de una convergencia. Pero la otra cara de la moneda es que otros Estados miembros necesitan devolver a los ciudadanos el relato de una mejora económica. Italia es probablemente el caso más claro, donde se acumulan casi dos décadas de estancamiento. A diferencia de lo que ocurre en el este, no hay un argumento a favor de hacer una ‘pausa’ en ese proceso de mejora económica para centrarse en la seguridad y la defensa porque no hay nada que pausar. El debate de la competitividad es urgente para el conjunto de la Unión Europea, pero para algunos es más urgente que para otros. Alemania, que también ha aumentado de forma muy notable su presupuesto en defensa, está viviendo en vivo y en directo el desmantelamiento de su economía con la competencia China. Italia, como ya se ha dicho, atraviesa décadas de estancamiento. España, que ha disfrutado de un lustro de fondos europeos extraordinarios, se enfrentará en los próximos años a la necesidad de tomar una posición fiscal contractiva. La influencia oriental de la UE no va a desaparecer. Es una cuestión geográfica: Europa ha girado hacia el este, y no tiene vuelta atrás. Seguirán teniendo una enorme influencia en política exterior y van a seguir ocupando altos cargos en las instituciones europeas, probablemente más importantes que los que ahora ostentan. Pero el control casi indiscutido del que han disfrutado desde 2022 y hasta ahora probablemente no se prolongue durante demasiado tiempo.
¿Se termina el 'consenso oriental' en la UE? Los países del este pueden perder el relato con Rusia
Los países del este han controlado la agenda desde 2022. Ahora eso podría empezar a cambiar, con otras prioridades








