Alguien me dice que mi problema es que no salgo de mi zona de confort. Observo sus ojos y su pelo, no sé si noto su envidiable salvajismo. También me alerta del peligro de los patrones de conducta. Ha leído no sé dónde que, a partir de no sé qué edad, ya vivimos encajados en nuestros patrones, repitiendo los mismos pensamientos, los mismos actos. Vista así, la madurez se presenta como una reiteración ciega y pegajosa. El tema da vueltas en mi cabeza como un jilguero enjaulado. ¿Qué fue de mi creatividad, mi libertad? ¿Qué sentido tiene vivir así? Getty Images/iStockphotoMe despierto decidida a aniquilar mis patrones y mi zona de confort aplatanada. Muerte al ego. Salgo de la cama por el lado contrario, tropiezo con la mesita y cojeo hacia el baño, quizás no sea mal comienzo. Me ducho con agua medio fría, como una sardina. No pongo la radio que me gusta sino una deportiva. Me pregunto qué es lo último que desayunaría y abro una lata de guisantes. Pienso si encender la tele. Eso sería temerario: ver la tele por la mañana podría despertarme instintos suicidas ignotos. En vez de eso, llevo a mi gata a un centro de acogida y compro un perro con el pelo muy seco y una lengua enorme. Lo saco a pasear escuchando heavy. Me arranco mi ideología. Me alivia que no haya elecciones hoy. Aparto ese pensamiento, claramente provocado por mi zona de confort pacata. Recojo cacas de mi perro. Me visualizo votando con alegría un partido que detesto. Recojo más cacas.Me despierto decidida a aniquilar mis patrones y mi zona de confort aplatanadaLlamo a mi padre y discuto sádicamente de política con mi nueva ideología. Paseo por un barrio desconocido. Miro escaparates. Cambiar todo mi vestuario sería caro y me decido por un gorrito florido que transforma drásticamente mi estilo general. Rompo con mi mejor amigo e invito a cenar a la persona que peor me cae. Con el gorrito le cuento cosas que no pienso. Me meto en la cama oyendo misa.Me despierto sobresaltada con una revelación: estoy cambiando mis patrones desde mi patrón de cambio. No hay escapatoria. Me destornillo brutalmente por dentro para idear la manera de modificar mis conductas, pero desde la óptica de alguien con patrones opuestos a los míos, por lo que regreso a la casilla de salida de mi estructura originaria. Tras este viaje en bucle por mis tuberías recuerdo aliviada que la vida no tiene sentido y devuelvo el perro.