Que al escuchar su voz recordemos que Totó la Momposina, con lo tradicional de nuestros pueblos, creó ritmos nuevos y nos reforzó la identidad que a veces se nos dispersa.Foto: Mauricio Alvarado LozadaResume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00Hay algo que sentimos en el estómago cuando se nos aparece el hogar en forma de olor o canción. Que si estamos conformes o no con el lugar en el que nacimos, eso es secundario. La raíz nos jala, nos aterriza, nos recuerda que somos de algún lado. Y ese era un poder de Totó la Momposina, quien falleció esta semana a los 85 años. Su legado, uno de llevarle al mundo entero el folclor de nuestro país, de reivindicar Mompox en medio del olvido histórico, de llenar vacíos con su voz, perdurará en el recuerdo de generaciones de personas que la escucharon durante décadas de carrera musical.Al cantar, Totó nos amarraba a las raíces de este gran árbol que es Colombia, pero sin violencia: hasta ahí llegaban las quejas por lo maltrecho, seco y hasta venenoso que podía estar el árbol. El pescador y sus conversaciones con la Luna nos servían de espejo: nosotros, mezcla de muchas sangres provenientes de muchos lados, solo tenemos una atarraya para lidiar con los virajes de esta tierra a la que se le embolata tanto la fortuna. Como si al escuchar a Totó dejáramos de sentirnos condenados.Que nunca se nos olvide que las cumbias y los porros de Totó no solo hablaron del Caribe, sino de la anchura colombiana. Que al escuchar su voz recordemos que ella, con lo tradicional de nuestros pueblos, creó ritmos nuevos y nos reforzó la identidad que a veces se nos dispersa. Que dejar de negarnos nos ayuda a bailar mapalé. Que la cumbia es nuestra. Que somos cumbia.Hay coraje en el legado de Totó: su decisión fue enfocarse en lo que disfrutaba de su casa y vivió para que todos los demás aprendiéramos a gozar nuestro folclor. Fue una de las que lo defendió con constancia y alegría, mientras el país entero se recuperaba del shock de los robos, los bombazos, los secuestros y las tragedias de nuestro tiempo, de nuestra casa. Fue una propuesta alternativa que, sin olvidar el desastre que vivíamos, nos proponía una Colombia mejor, llena de goce, de diversidad, de sonidos que sacuden hasta el alma.Sonia Bazanta Vides nació en Talaigua Nuevo, Bolívar, y creció entre los ritmos del río en Mompox. Con ese equipaje llegó a los escenarios del mundo: desde el Festival de Jazz de Montreux hasta colaboraciones con Shakira, pasando por décadas de trabajo que convirtieron la cumbia, el porro y la tambora en lenguas reconocibles en países que antes no sabían de nuestra existencia. Echarse al hombro al país no es metáfora vacía cuando se habla de ella: no es necesario ser presidente para representar bien a una nación que es más que su violencia. Con éxitos como “El pescador” o “La Luna”, se hizo merecedora de premios, incluyendo el Grammy Latino Especial a la Excelencia Musical. Se presentó más de 300 veces en el Radio City Music Hall de Nueva York, recorrió Europa, Asia, África y nuestro continente con su gira. Y hay una deuda que este editorial quiere nombrar: Totó también nos enseñó a dejar de despreciar la herencia afro que tanto nos ha dado y que tanto negamos con el racismo que persiste.Para despedirla con sus palabras, tomamos la letra de su canción “Adiós, fulana”: Totó, “en mi corazón te llevo amasada en mi cerebro. Como cuero de tambor, de tu marca es sal y guerra que de lucha por la tierra. Donde pasa paz y sol, adiós, morena. Alaba’o sea Dios...”.Adiós, mulata. Colombia no te olvidará.¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a elespectadoropinion@gmail.com Nota del director. Necesitamos lectores como usted para seguir haciendo un periodismo independiente y de calidad. Considere adquirir una suscripción digital y apostémosle al poder de la palabra. Conoce más
Totó la Momposina: adiós, morena
Que al escuchar su voz recordemos que Totó la Momposina, con lo tradicional de nuestros pueblos, creó ritmos nuevos.













