El espectáculo termina con una lluvia de billetes. Shaki-dólares con el rostro de la artista impreso caen sobre el público, reemplazando al tradicional confeti o a la pirotecnia. En el centro del escenario, vestida de oro o plata, la cantante repite su ya icónico gesto, el brazo que imita a una caja registradora. "¡Las mujeres ya no lloran! ¡Las mujeres facturan!"PublicidadEl mantra se repite en toda la gira, es la identidad visual del disco y de todo lo que lo rodea. Shakira llorando diamantes en vez de lágrimas, Shakira rodeada de esmeraldas y rubíes, Shakira sobre una montaña de piedras preciosas. No se puede decir que el mensaje sea sutil, que deje algo a la imaginación."Un himno de empoderamiento femenino"Es sabido que estrellas globales como Shakira o Bad Bunny tienen hoy más poder de influencia en el imaginario colectivo, más capacidad de modificar o promover actitudes y comportamientos que la mayoría de representantes políticos o magnates de los negocios. Por eso lo que cantan, y cuentan, importa.Ni Shakira ni ningún otro artista están obligados a educar a nadie. Son libres de cantar sobre su dinero, su éxito, sus amores o despechos, y de difundir los mensajes que elijan. El problema es que Shakira no enmarca su trabajo solo como desahogo individual, sino como una especie de liberación colectiva. "Un himno de empoderamiento femenino", así se refieren sus fans a Las mujeres ya no lloran, una idea que ella recoge, amplía y celebra, dedicándoselo a todas las mujeres, y en particular a las madres solteras que luchan por sacar adelante a sus familias. Como hizo recientemente en su megaconcierto en Brasil, donde, en el contexto de precariedad extrema de millones de mujeres, llegó a afirmar desde el escenario: "Yo soy una de ellas".Hay muchas cuestiones que afectan a las mujeres por el hecho de serlo, pero la tradición feminista nos enseña la importancia de no perder de vista la clase social y los recursos socioeconómicos. La interseccionalidad a la que remiten autoras como bell hooks nos recuerda, precisamente, que las opresiones se cruzan y que no se vive la misma vulnerabilidad desde la precariedad o la pobreza que cuando se pertenece a una élite multimillonaria. Por eso, presentar la acumulación de riqueza como el mayor de los éxitos y la prueba definitiva de liberación es una trampa, además de una fuente de frustración para una mayoría de mujeres (y de la humanidad) que sobrevive a duras penas en contextos de cada vez mayor desigualdad.Publicidad"Una habitación propia" no es nadar en diamantesLa tendencia a medir la superación a través del dinero no es nueva. Llega, como tantas dinámicas ultracapitalistas, de Estados Unidos, popularizada por artistas como 50 Cent (con ese Get rich or die tryin', hazte rico o muere en el intento) o Jay-Z, que en sus videoclips nadaba en fajos de billetes, cadenas de oro y coches de lujo. Aunque el rap nació para denunciar las injusticias sufridas por comunidades históricamente discriminadas, con los años muchos de sus referentes derivaron hacia la ostentación y el hiperconsumo como símbolos del éxito dentro del mismo sistema que los oprimía. Una contradicción que sociólogas como Tricia Rose analizan desde el marco de la "cooptación corporativa", la idea de que el mercado absorbe las disidencias y las devuelve convertidas en bienes de consumo del capitalismo más agresivo.Esa misma lógica se ceba ahora en las mujeres, revestida de un halo de empoderamiento alejado de la idea de autonomía, central a la tradición feminista. Desde las primeras sufragistas hasta el feminismo interseccional, pasando por Virginia Woolf, con su insistencia en la importancia de una "habitación propia", la independencia económica ha sido uno de los puntales de las reivindicaciones de este movimiento. Pero esa aspiración poco tiene que ver con la obsesión por acumular (y exhibir) riqueza como señal de éxito, estatus, o como forma de venganza ante el desamor.Esta tendencia, que llega a equiparar el valor de una mujer al de un objeto de consumo ("Cambiaste un Rolex por un Casio", "un Ferrari por un Twingo"), no ha dejado de crecer en los últimos años, coincidiendo con un aumento de las desigualdades económicas. Desde Estados Unidos, Nicki Minaj lleva años explotando esta idea, dejando claro en canciones como Rich Sex que si un hombre no puede pagarse un Rolls-Royce no tiene derecho a acercarse a ella: "Si se lo das gratis, eres tonta; si quieres un pedazo de mí, consigue un presupuesto, cómprame un Rolls-Royce".PublicidadPor su parte, Cardi B rapea en Money que tiene "fajos de billetes en el coche" y que no hay nada en este mundo que le guste más "que un cheque".Desde el pop más masivo, Ariana Grande asegura en 7 rings que su gran adicción es "comprar al por mayor" y que le gusta "comprar diamantes a sus zorras". En Fancy, Iggy Azalea advierte de que "el minibar es caro, tú no puedes ni tocarlo; si la cosa no va de dinero, lo rechazo".El mensaje se repite en bucle, atravesando fronteras, en distintos idiomas. Karol G canta sobre estar "haciendo dinero como deporte, llenando la cuenta, el parking y el pasaporte", haciendo exhibición constante de coches de alta gama ("el makinón", "la jeepeta") considerados símbolos de estatus social. La argentina Emilia Mernes presume en su tema La Chain de joyas pesadas y explica cuánto cuesta lo que lleva puesto: "Esto es caro... Yo no ando en sentimientos, ando en business".En España, Bad Gyal canta "Soy tu pussy gata, gano mucha plata" y aclara que todo lo que lleva "es expensive, nada es low-cost". Por su parte, Lola Índigo exhibe sus "diamantes de joyería" y destaca lo bien que le va la vida ahora que su novio la recoge en un Cayenne. El de antes, aclara, "la pasaba a buscar en bici". "Tú no puedes comprar la lluvia"Convendría pararse a pensar qué significa realmente todo esto. ¿Es mejor novio el que te recoge en un Cayenne? ¿Te quiere más? ¿Te trata mejor? Cabe preguntarse también qué opciones tienen las mujeres que no facturan. ¿Vivir frustradas? ¿Seguir llorando?En un mundo en quiebra, al borde de ese colapso del que tanto se habla, es perverso medir el éxito en millones acumulados, riquezas exhibidas o el modelo de coche de tu pareja. Este mandato supone, de hecho, una carga más para las mujeres, dentro de unos estándares inaccesibles para la mayoría. Dicho de otro modo, como señala la escritora Lucía Lijtmaer, el capitalismo ha vaciado de contenido político la palabra “empoderamiento” para convertirla en una etiqueta de marketing individualista, equiparando liberación a capacidad de consumo.Es urgente, en este contexto, promover mensajes que no fomenten las desigualdades sistémicas y promuevan otra idea de felicidad, una que suponga una vida buena y digna, accesible la mayoría. Frente a la obsesión por monetizarlo todo, hace falta recordar que no todo está en venta y que los seres humanos no somos bienes de consumo. Lo expresa muy bien Calle 13, con las cantantes Totó la Momposina, Susana Baca y Maria Rita, en ese hermoso himno que es la canción Latinoamérica. Ver vídeo Calle 13 - LatinoaméricaTú no puedes comprar el viento / Tú no puedes comprar el solTú no puedes comprar la lluvia / Tú no puedes comprar el calorTú no puedes comprar las nubes / Tú no puedes comprar los coloresTú no puedes comprar mi alegría / Tú no puedes comprar mis dolores.
¿Y las mujeres que no facturan?
La tendencia a medir la superación a través del dinero no es nueva. Llega, como tantas dinámicas ultracapitalistas, de Estados Unidos












