Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00La impactante revelación de la candidata presidencial Claudia López, en su entrevista con las periodistas de Mañanas Blu, de la cadena radial del mismo nombre, debería producir efectos tan demoledores en la actual campaña presidencial, como los de una bomba en mitad de la plaza central de una ciudad cualquiera. Pero el aturdimiento cognitivo y la confusión ética en que se desarrolla esta contienda –peor, en muchos sentidos, que anteriores disputas por llegar a la Casa de Nariño–, al parecer no permite que nadie se asombre, que alguien se rebele o que, aun cuando sea unos pocos, protesten en contra de la que podría llamarse “la privatización de la Presidencia de la República”. Claudia contó que, en coincidencia con momentos en que sufría una conmoción emocional por la pérdida del bebé que esperaba junto con su esposa, la senadora Angélica Lozano, tuvo un encuentro con Gabriel, el heredero de la fortuna Gilinski cuyo primer paso de conquistador de la que considera su republiqueta nativa fue la compra de la otrora prestigiosa revista Semana, hoy “el partido político” de su conglomerado, según definición de la misma Claudia. Esta relató en esa charla: “me acuerdo una vez [cuando] Gabriel Gilinski me dijo: ‘mire, bajarle a un político la popularidad es tres portadas, tres encuestas [en Semana] y ¡ta’luego! Yo le he sacado a usted tres portadas ¿Cuál es la que más le dolió?’”. “Fue una cosa miserable”, concluyó López, indefensa (ver).Hace cinco años, cuando el vástago del grupo banquero concluyó la compra del 100 % de las acciones de Semana, estaba seguro de que la real influencia de un medio de comunicación no tiene relación con la fama de sus reporteros, el efecto público de sus investigaciones o el respeto por sus descubrimientos, sino con el poder que entrañan sus “noticias” bien enfocadas hacia donde indiquen los intereses de turno. En conclusión, el poder de Semana no podía desperdiciarse en tonterías narrativas. Él iba a llevar la revista a donde debía ser: un centro de incidencia política desde donde se apuntalarían las inversiones financieras y económicas que su familia ha proyectado para este terruño de fácil sometimiento. Incluso desde antes de que se concretara la venta de ese medio, en los planes del comprador estaba el nombre que casaba a la perfección para “dirigir” –de acuerdo con sus instrucciones y sin ningún asco– la operación encubierta: la periodista Dávila. El uribismo, entonces, celebró “como un triunfo” el aterrizaje de Gilinski y la selección de su punta de lanza (ver a los 8’). Y aunque el recién llegado magnate de la prensa negó, con el cinismo característico de los dominadores, sus propósitos (“creo que los medios tienen que ser independientes, objetivos…”), muy pronto destapó sus cartas. Tiempo después, cuando ya era un secreto a voces que solo negaban Gilinski y Dávila, esta se quitó la careta de “directora” y se autodeclaró precandidata presidencial por firmas de las cuales recogería 640 mil o más, para presentarse por “la voluntad popular”. Hoy se sabe que una empresa contratada para el efecto le recogió más de un millón de rúbricas gracias a las cuentas bancarias de Gilinski y de Semana: le aportaron $2.100 millones, o sea, el 88 % de la financiación (ver).Además de que la revista se transformó en vehículo de venganzas propias y ajenas, o de favorecimientos a causas personales y partidistas de ultraderecha, también fue el puntal para la puja por el patrimonio más caro del diluido Grupo Empresarial Antioqueño: Bancolombia. El célebre editor del portal de noticias económicas primerapagina.com.co, Héctor Mario Rodríguez, resumió la táctica Gilinski, en conversación con María Jimena Duzán: “La compra de Semana fue una estrategia para hacerse al control de Bancolombia. Semana era el ‘brazo armado’ para enfrentar las compras al grupo antioqueño”. Las negociaciones entre los dos gigantes no concluyeron con el reemplazo de accionistas del banco, pero sí con la compra de Nutresa por parte de los “invasores”. El papel de la revista fue vital para la percepción pública, pero, sobre todo, para el favorecimiento político de la megaoperación que, en su momento, fue calificada como “la toma hostil” de los Gilinski, del conglomerado de alimentos procesados más importante de Colombia y uno de los más grandes del continente (ver). Sus ganancias, seis meses después del canje, superan los US $12 mil millones, según varias publicaciones. La candidata criada en la revista de marras por Gabriel Gilinski no dio resultado. Desinflada su aspiración, el “partido político Semana” ahora aúpa, portada tras portada, encuesta tras encuesta, otra candidatura que no es secreta, pues para todo el mundo es obvio que la poderosa familia se siente complacida con el remedo de neofascismo que escenifica el abogado De la Espriella, no obstante que ha sido calificado por reputados analistas como “defensor de la mafia” por los cuestionables clientes que ha apoderado. La derecha rabiosa, tradicionalmente leal con su jefe Uribe, lo está abandonando. Nada que parezca racional, civilizado o transaccional, la convence. Los Gilinski se encuentran en su cancha predilecta: juegan a la toma hostil del uribismo. Después, tendrán un presidente “comprado” por ellos. Veremos qué le sucede a Colombia entonces. Mientras tanto, los otros candidatos, campañas, analistas y periodistas, le apuntamos a criticar al títere, pero no tocamos al titiritero, el verdadero peligro para nuestra débil democracia.Entre paréntesis.- Si Gabriel Gilinski, la señora Dávila o el candidato beneficiario de ellos dos reaccionan como suelen hacerlo con quienes se atreven a cuestionarlos, sus respuestas en mi contra serán hirientes, vengativas, sangrientas, riesgosas. Dejo constancia.Conoce más