“Desde abril, hemos visto morir gente”, dice Sylvie Kabuo-Kinyoma, vendedora de verduras en Mongbwalu, un pueblo minero de oro en Ituri, una provincia del este de la República Democrática del Congo.

Al principio pensó que las muertes se debían a brujería.

Pero luego una enfermera vio a un paciente con fiebre alta que sangraba por la nariz, un síntoma del ébola, un virus con una tasa de mortalidad de hasta el 50% que se transmite por contacto directo con fluidos corporales. “Tenemos miedo”, dice la Sra.

Kabuo-Kinyoma. “No quiero perder a mis hijos”.

El 17 de mayo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró que el brote constituía una “emergencia de salud pública de importancia internacional”, la novena declaración de este tipo desde 2005.