“Eso está mal, abuelo, eso no se hace”. Me mira con sus ocho años entre consternada y severa. Me encantó su actitud, tenía razón. Fue un momento difícil si los hay y yo me pregunté una vez más, ¿para qué hablar de más? y a una niña de lúcidos y bien educados ocho años. ¿Aliviarme de la carga de conciencia por ir contra mis principios? Les cuento de qué se trata. Estaba en la Feria del Libro. Tenía varias actividades programadas, pero la principal, escucharlo a Leonardo Padura, cubano y escritor. Había leído casi todas sus novelas y admiraba su escritura tan conmovedora, que me abría a tantos mundos, épocas y personajes. Amenas e interesantes como pocas, logra que tantos empiecen a leer sus novelas y no puedan evitar sino, llegar al final y luego lamentar que ya se acabó. En general me basta la obra de un escritor y no soy cholulo, ni siquiera la mínima firma del libro. Pero con Padura era diferente: quería verlo, compartir una sala, escucharlo. Estar. Por eso fui temprano para asegurarme un lugar en la sala y de paso conversar con un amigo de Puerto Rico. Rica la conversación y me despierto cuando faltan 15 minutos. Corro - vuelo a la sala y junto a una manada de gente, trepamos las escaleras para desembocar en una larga cola serpenteando como en los aeropuertos. Para más, la entrada era por el final de la sala y veo que todos los lugares están ocupados.
Mentiroso, pero bien educado
Las peripecias del autor para ingresar a la conferencia del escritor cubano Leonardo Padura, en la Feria del Libro, le hacen recordar una vieja frase: “hay que preservar el secreto íntimo y el misterio que nos habita”…







