“La gente que estuvo allí habla de la magnificencia que tenía la sala, con esos techos dorados con inscripciones en cúfico, con todas estas pinturas, con esa calidad”. La luz entraba desde la parte occidental, “produciendo efectos muy bonitos”. El Nuevo Testamento “se veía más luminoso que el Antiguo, que quedaba más oscuro”, siguiendo el arquetipo de la Edad Media. La descripción es de Manuel Castiñeiras, catedrático en la Universidad Autónoma de Barcelona —y uno de los mayores expertos en arte románico del país—, que se pone en la piel de quienes conocieron la sala capitular del monasterio de Santa María de Sijena (Huesca) antes de julio de 1936. En aquella fecha, un incendio destruyó por completo las cubiertas de madera y más de la mitad de las pinturas que decoraban los muros y los arcos. Las que sobrevivieron se transformaron químicamente por efecto del fuego —el edificio monástico pudo superar los mil grados— y perdieron para siempre sus vivas tonalidades. “No podemos hacernos idea del espectáculo cromático, pictórico, de pigmentos y de brillo que era aquello”, lamenta el medievalista Albert Velasco, quien “pagaría dinero” por viajar atrás en el tiempo y contemplar aquella maravilla. En efecto, de la categoría de las pinturas de Sijena nunca hubo dudas. “Son únicas, no hay nada que se les parezca en la península Ibérica”, valora Manuel Castiñeiras, “y, aunque se las considera una extensión del arte inglés, también muestran conexiones con Bizancio y Tierra Santa en el Mediterráneo”. Albert Velasco añade que “la sala tenía un poder de evocar los santos lugares, de hacer viajar allí con la imaginación, como ningún otro espacio en la Europa del momento”. El profesor de la Universidad de Lleida se refiere al contexto temporal en el que la reina Sancha de Castilla, esposa de Alfonso II de Aragón, fundó el monasterio en la provincia de Huesca. Concluía el siglo XII y la cristiandad ansiaba recuperar Tierra Santa, que acababa de perder a manos de los musulmanes. Sin embargo, lo que sí se pone hoy en cuestión es la experiencia del espectador. Quienes visitan el Museo Nacional de Arte de Cataluña —donde las pinturas se exhiben desde los años sesenta, tras ser arrancadas y trasladadas a Barcelona— poco o nada perciben de aquella antigua majestuosidad. Mientras discurre el plazo de 56 semanas que la justicia ha dado al MNAC para devolver el conjunto al monasterio, cabe preguntarse qué queda entonces de la obra maestra del arte hispánico que se disputan Aragón y Cataluña en un litigio que dura ya una década y media. Los expertos están de acuerdo en que —por efecto del fuego y las restauraciones— apenas sobrevive la huella, el vestigio, la esencia de lo que fue aquello en origen. “Un pálido reflejo”, concreta Manuel Castiñeiras. Y eso que las pinturas alcanzaron el siglo XX en “relativo buen estado de conservación”, pese a las humedades que el monasterio había tenido que soportar desde su fundación, construido sobre un terreno pantanoso. En los albores de la Guerra Civil llegó el fuego y desfiguró el conjunto. Rosa Maria Gasol, una de las personas que mejor conocen la salud de las pinturas, subraya los dos principales daños que sufrieron: “La pérdida de la casi totalidad de las escenas de los muros” y “la transformación cromática irreversible del color en los arcos”. La antigua conservadora del MNAC precisa que ese cambio “no es superficial” y que “no se debe a una capa ennegrecida de hollín”. Las muestras que Gasol puso ante el microscopio revelaban “una transformación química” de los pigmentos. De aquellos colores primitivos solo quedaban los “tonos ocres, grises y marrones” que hoy se pueden observar en la sala 16 del museo. Así que la policromía original solo sobrevivió al incendio en las imágenes ocultas bajo el encalado y en dos documentos históricos. La impagable acuarela que el pintor romántico Valentín Carderera realizó a mediados del siglo XIX y los dibujos que los alumnos del arquitecto modernista Lluís Domènech i Montaner tomaron de la sala capitular en el año 1918. “El marqués de Lozoya dijo que la pérdida de Sijena había sido la más importante en la pintura española durante la guerra civil”. Marisancho Menjón, que lleva década y media investigando lo que les ocurrió a las pinturas en el siglo XX, rescata el análisis del director de Bellas Artes en la posguerra para subrayar la importancia del conjunto. “El arte románico se caracteriza por las pinturas planas, sin perspectiva, pero aquí encontramos expresividad en los rostros, volumen, matices de color… una técnica más naturalista”, destaca Menjón, como una de las singularidades. Fueron “los mejores artistas que se pudieron encontrar en Europa” quienes decoraron una sala que debía estar a la altura de su fundadora, la reina Sancha. “Aquello era tan extraordinario que contar actualmente, aunque solo sea con una sombra de lo que fue, es importantísimo”, valora la historiadora del arte. Entonces, cuando una pintura pierde su color, ¿no se reduce también su importancia? “Menospreciar estas pinturas por sus transformaciones o agresiones me parecería un error”, reflexiona Albert Velasco. El medievalista concede, en cambio, que la experiencia visual ha cambiado. “Si eres experto y conoces un poco la historia que hay detrás, cuando ves hoy las pinturas se te cae el alma a los pies”. Por otra parte, Manuel Castiñeiras reconoce que “perdemos mucho” con la desaparición definitiva de la policromía auténtica, por lo que “la única salida que le queda a Sijena es el mundo virtual”. El experto apunta al ejemplo del Cristo en majestad de Taüll. La escena original se encuentra también en el Museo de Arte de Cataluña, mientras en la iglesia del Valle de Bohí (Lleida) de la que fue arrancada se proyecta un mapping que permite al espectador comprender mejor esta obra maestra del románico mural. En un tono más técnico, Rosa Maria Gasol concluye que lo que ha pervivido es “un conjunto pictórico extraordinario, mermado por lo que respecta a la apreciación del rico cromatismo que tenía originalmente”. El caso de Sijena apunta a un debate clásico en la historia del arte. Si una obra maestra sufre una profunda transformación, ¿deja de tener esa condición? “Es una pregunta difícil, pero, mientras quede algo, claro que podemos decir que sigue siendo una obra maestra”, opina Castiñeiras. “Fíjate en todo lo que falta en el Partenón de Atenas y seguimos pensando que es una obra maestra”, cita, a modo de ejemplo. “Queda el vestigio de una obra excepcional”, valora Marisancho Menjón, que además cree que “todavía podemos recomponer cómo fue el conjunto pintado” y llama, en este sentido, a seguir estudiándolo. Albert Velasco sostiene, sin dudar, que en la sala 16 “todavía permanece la esencia” de Sijena, “uno de los conjuntos más relevantes de la Edad Media”. El medievalista reconoce que estas discusiones forman parte del patrimonio y compara la situación con otra muy conocida en Cataluña, el monasterio de Ripoll (Girona). “Lo que hizo el arquitecto Elies Rogent fue eliminar todos los añadidos posteriores al románico, quedarse con cuatro piedras y reconstruir el edificio como a él le parecía que había sido en origen”, explica. Y se pregunta: “¿Hemos de dejar de valorar Ripoll como una de las grandes obras maestras del románico?”.