China se erige como punto de referencia del tablero geopolítico. Después de la visita de altos vuelos la semana pasada del presidente estadounidense, Donald Trump, Pekín acogerá este martes y miércoles al líder ruso, Vladímir Putin. Dos recepciones muy distintas que, sin embargo, proyectan una imagen del presidente chino, Xi Jinping, como figura clave de la escena internacional, y acentúan la percepción de la capital china como centro global de decisiones en esta era de turbulencias. El viaje del líder ruso dista de ser una novedad. Si Trump ha sido el primer presidente estadounidense en pisar suelo chino en nueve años (el último fue él mismo en 2017), esta será la 25ª visita del ruso a la República Popular. Y la dupla con Xi es ya una constante. Se han entrevistado cara a cara más de 40 veces desde que el presidente chino asumió la batuta de mando en 2012. La sintonía es evidente. Suelen verse al menos un par de veces al año. Se llaman “viejo amigo” cuando se reencuentran. Y subrayan que las relaciones entre ambos países viven uno de los mejores momentos de su historia. La última vez que se vieron fue también en Pekín, en septiembre, cuando Xi Jinping lo sentó a su derecha durante el gigantesco desfile militar con motivo del 80º aniversario de la rendición de Japón en la segunda guerra Sino-Japonesa (1937-1945) y el final de la II Guerra Mundial. Codo con codo disfrutaron de la procesión de drones, cazas, tanques y misiles balísticos intercontinentales con capacidad nuclear. “La relación entre China y Rusia, tras haber resistido la prueba de los cambios en el mundo, se ha convertido en un ejemplo paradigmático de las relaciones entre dos grandes potencias”, dijo Xi entonces, según la lectura oficial china de su entrevista. A la cita, ambos llegan en momentos muy distintos. Xi lo hace en auge, tras haber sellado una entente con Trump, y después de haberle frenado los pies en sus embestidas arancelarias del 2025; con su país convertido en un espacio fundamental por el que pasan líderes de primera fila. Además del magnate estadounidense, Pekín ha acogido desde diciembre a los mandatarios de otras cuatro naciones del G-7: Emmanuel Macron (Francia), Mark Carney (Canadá), Keir Starmer (Reino Unido) y Friedrich Merz (Alemania). Putin, entre tanto, sigue enfrascado en su ofensiva de Ucrania, sin grandes avances, y en buena medida aislado internacionalmente. El fin de semana, Moscú sufrió uno de los mayores ataques de drones ucranios en toda la guerra, en el que fallecieron tres personas. La operación fue la respuesta a otro bombardeo ruso la semana pasada en el que murieron al menos 24 civiles en Kiev, poniendo fin a la efímera tregua impulsada por Trump para que el Kremlin pudiera celebrar en calma el Día de la Victoria.A la vez, los ingresos rusos por las exportaciones de gas y petróleo gozan de buena salud a medida que la guerra en Irán se acerca a su tercer mes, y el estrecho de Ormuz sigue atascado: sus recursos energéticos siguen fluyendo. China, la gran fábrica del mundo, además de un sostén diplomático, es el principal comprador de sus combustibles fósiles. Le compra sobre todo crudo; unos 5.500 millones de euros solo en abril, según el Center for Research on Energy and Clean Air. Los negocios energéticos sin duda figurarán en la agenda, como ha sucedido en anteriores ocasiones. Durante la última visita de Putin a China, en septiembre, el gigante estatal Gazprom anunció un acuerdo para construir el gasoducto Power of Siberia 2 hacia China a través de Mongolia. El proyecto no ha tenido muchos avances desde entonces, pero la guerra en Irán ha revivido el empuje desde Moscú. Durante una visita a Pekín en abril, el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, aseguró, en referencia a la guerra en Irán, que Rusia y China tienen las “capacidades” para distanciarse de “esas aventuras agresivas que socavan la economía mundial y el sector energético”, según recogía The Moscow Times. Desde Pekín, como es habitual, se ha desvelado más bien poco del encuentro. “Durante la visita, los mandatarios de ambos países intercambiarán opiniones sobre las relaciones bilaterales, la cooperación en diversos ámbitos y cuestiones internacionales y regionales de interés común”, ha señalado este lunes Guo Jiakun, portavoz de Exteriores. Tras las conversaciones, según la agencia rusa Tass, está previsto que los líderes al más alto nivel firmen, entre otros documentos bilaterales, una declaración conjunta. En anteriores ocasiones, estas declaraciones han sido una especie de cartografía del orden mundial multipolar que defienden ambos países ―esto es, uno en el que Estados Unidos no ocupa la posición preeminente―, y de la creciente sintonía política, militar y económica. En una de ellas, de febrero de 2022, ambos países se profesaron una amistad “sin límites”. Solo unas semanas después, Moscú dio la orden de que sus tanques invadieran Ucrania. A diferencia del ataque estadounidense a Irán, que China ha rechazado con fuerza, Pekín nunca ha condenado la ofensiva rusa en Ucrania, aunque sí ha propuesto fórmulas de paz, que sin embargo no han llegado a ninguna parte. Un punto habitual en la agenda de los mandatarios europeos de visita en China suele ser pedirle a Pekín que use su influencia sobre Putin para forzar un alto el fuego. La controladísima prensa estatal china ha aprovechado estos días para sacar músculo diplomático con la sucesión de líderes de primer nivel: “Aunque Estados Unidos y Rusia, como grandes potencias mundiales, llevan mucho tiempo enfrentados por cuestiones como la crisis de Ucrania y la seguridad europea, ambos han señalado a Pekín como un destino imprescindible”, comenta este lunes Li Haidong, profesor de la Universidad de Asuntos Exteriores de China, en un artículo en Global Times, diario vinculado al Partido Comunista Chino. “En la historia de la diplomacia, el hecho de que un solo país se convierta simultáneamente en un destino clave para dos grandes potencias constituye en sí mismo un momento de gran simbolismo”.Da la sensación de que, si hay incendios de los que hablar, estos necesariamente pasan últimamente por Zhongnanhai, la inaccesible sede del Gobierno chino. En sus jardines, Trump quedó fascinado el viernes pasado con las rosas, y la edad de los árboles. Allí, mientras daban un paseo, Xi le aseguró que son muy pocos quienes han sido invitados a conocer las dependencias. Entre ellos, le confió, estaba Putin.