La asistencia de Felipe VI al Mundial de fútbol ayuda a destensar la relación ante las polémicas absurdas y oportunismo político
La decisión del rey Felipe VI de viajar a México para asistir el 26 de junio al partido del Mundial de fútbol entre España y Uruguay va mucho más allá del ámbito deportivo. El anuncio llega en un momento delicado para la relación entre ambos países y, por esta razón, adquiere un valor político y diplomático notable. Hay gestos que, sin necesidad de grandes discursos ni proclamas solemnes, ayudan a desactivar tensiones, a reconstruir la confianza y a recordar algo esencial: la relación entre México y España es demasiado compleja y estratégica como para quedar atrapada en polémicas absurdas y en mezquinos cálculos destinados al consumo interno.
La visita del Rey representa un nuevo paso para poner fin a la crisis que inició el expresidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, cuando en 2019 envió una carta exigiendo a Felipe VI que se disculpara por los excesos de la Conquista. La misiva no obtuvo respuesta por parte de España y se abrió entonces una etapa de distanciamiento y frialdad que se prolongó hasta finales del año pasado, con la llegada de Claudia Sheinbaum al poder en México. Se inició en ese momento proceso de deshielo propiciado por los gobiernos de Madrid y México, y en el que la Corona española ha tenido un papel significativo, proceso que ha encontrado una piedra, y no pequeña, en el camino: la tormenta desencadenada por la visita de la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, a México. El viaje y todo el ruido declarativo que lo acompañó fueron un intento de poner palos en las ruedas al acercamiento entre ambos países recurriendo a manipulaciones históricas y provocaciones gratuitas. El intento, aunque finalmente fallido, ha dejado una nueva acumulación de agravios simbólicos en una relación ya demasiado cargada de susceptibilidades.












