Fuera de l�neaA saber si S�nchez ha levantado la penitencia a Felipe VI por los desmanes de su padre en las misiones comerciales o si se trata de meter otro dedito en el ojo al vecino TrumpEl Rey, durante la entrega de unos premios la semana pasada.Europa PressActualizado Lunes,

mayo

00:37Audio generado con IATiene su intr�ngulis el viaje del Rey a Canad� esta semana. Se observa la agenda, y al margen de actos de car�cter simb�lico como la entrega de un premio a la por desgracia clarividente Margaret Atwood, o netamente sentimentales como su visita al colegio donde estudi� COU, se trata de una misi�n de car�cter comercial organizada por el Ministerio de Econom�a. A priori no tendr�a nada de llamativo. Es un tipo de cometido absolutamente habitual por parte de representantes de todas las Monarqu�as del globo. Su notoriedad y relevancia en el concierto internacional, su facilidad para abrir seg�n qu� puertas, el inter�s que despiertan en los sectores del business, sus extraordinarias relaciones y agendas, y la imagen de estabilidad de sus respectivas naciones que proyectan, suelen convertirles en privilegiados embajadores comerciales. Pero, ay, Espa�a, no nos cansaremos de repetir que es una Monarqu�a parlamentaria at�pica hasta decir basta, no necesariamente por culpa de sus integrantes. Y resulta que la misi�n que le lleva a Felipe VI a Canad� es casi in�dita para �l en la friolera de 12 a�os de reinado. La cosa se explica, haci�ndolo resumido, por la imposici�n de Pedro S�nchez de mantener alejado al jefe del Estado de la pol�tica comercial exterior, en la que �l mismo, como presidente del Gobierno, le ha solido sustituir a la vez que le arrinconaba, como en casi todas las �reas de la escena internacional que no sean las ceremoniales tomas de posesi�n de mandatarios latinoamericanos, casi la �nica labor que viene asumiendo por ah� fuera el Rey de Espa�a. Se han llegado a dar situaciones tan estramb�ticas como la de que S�nchez suplantara a Don Felipe en la Expo de Dubai, en 2022, y se pusiera �l a negociar inversiones con los emires, en posici�n mucho menos ventajosa de la que con esos interlocutores disfruta todo inquilino de Zarzuela.En honor a la verdad, S�nchez ya se encontr� con una situaci�n de infrautilizaci�n del titular de la Corona dada en la etapa de Rajoy. Y es que aquellos eran a�os en los que la Monarqu�a intentaba recuperarse de su crisis reputacional m�s severa en lo que llev�bamos de democracia, la instituci�n parec�a que ten�a que pedir perd�n cada d�a por existir, y lo que tocaba era marcar todas las distancias posibles con la alargada sombra del Em�rito. Y a Don Felipe se le ha hecho pagar justos por pecadores, y no se le ha dado la preponderancia razonable como alto embajador comercial, que fue una de las tareas m�s beneficiosas para nuestro pa�s que Don Juan Carlos llev� a cabo en primera persona en sus 40 a�os en el trono, toda vez que se acab� destapando que aquello tampoco le fue mal a su bolsillo. As� que castigado hemos tenido todo este tiempo al hijo.Las misiones netamente comerciales no suelen recaer en los soberanos reinantes. Ejemplos hay para aburrir, desde el cargo que desempe�� tantos a�os en nombre de la reina Isabel II su hijo Andr�s -ahora bajo el escrutinio de la Fiscal�a precisamente por sus trapacer�as-, al rol que el actual gran duque de Luxemburgo desarrollaba como heredero, igual que el pr�ncipe Haakon en nombre de la Corona noruega, o la hermana del rey de los Belgas, la princesa Astrid, a la que ahora sustituye la misma reina Matilde, que ejercer� de embajadora comercial real hasta que pueda tomar el relevo la Heredera. Pero como la Monarqu�a espa�ola carece de banquillo, y lo de dar alg�n protagonismo a Do�a Letizia nadie se lo plantea, bienvenidos sean los buenos oficios del Rey para profundizar en las relaciones con terceros, facilitar la expansi�n internacional de nuestras empresas y abrir Espa�a a nuevos mercados. Lo que escama, claro, es que de pronto S�nchez levante la penitencia heredada a Don Felipe, pero eso s�, mand�ndolo a Canad�, como si lo que se buscara fuera tambi�n con ello meter otro dedito en el ojo al vecino Trump. Ser� casualidad pura. O cosa de malpensado.