Robert Brovdi, alias “Madyar” y comandante de las Fuerzas de Sistemas No Tripulados de Ucrania, difundió en Facebook la fotografía de un dron ucraniano con un mensaje escrito en una de sus alas: “Moscow never sleeps” —Moscú nunca duerme—. La acompañó con una advertencia dirigida a los ciudadanos de la capital rusa: la “suscripción unilateral a la vida pacífica” en torno a los Estanques del Patriarca quedaba cancelada. Los Estanques del Patriarca no son un objetivo militar. Es el parque que ordena uno de los barrios más caros y simbólicos de Moscú, una postal de restaurantes de lujo, pisos de estilo imperial y élites urbanas. Esa zona ha sido, probablemente, de las más alejadas de la guerra. No por geografía —la frontera ucraniana está a unos 500 kilómetros, poco en un país que se extiende más de 9.000 de oeste a este—, sino por el privilegio de ser el corazón de una capital que el Kremlin ha querido conservar como burbuja completamente ajena a su invasión a gran escala de Ucrania. El mensaje de Brovdi iba precisamente destinado a pinchar esa burbuja, y no se quedó en una mera amenaza en redes sociales. Este fin de semana, Ucrania lanzó uno de sus mayores ataques con drones de largo alcance contra la capital rusa y su cinturón industrial. Según las autoridades ucranianas, alcanzaron la planta de semiconductores Angstrem y el parque tecnológico Elma, en Zelenograd, un distrito administrativo situado al norte del centro urbano; la estación de bombeo Solnechnogorskaya, al noroeste de la región; la refinería de Kapotnya, dentro de la ciudad; y la infraestructura petrolera de Volodarsk, al sureste. Imágenes geolocalizadas mostraron incendios o columnas de humo en varios de esos puntos. Las autoridades rusas reconocieron daños en infraestructuras y zonas residenciales, además de tres muertos en la región de Moscú, un cuarto fallecido en Bélgorod y al menos una docena de heridos durante la oleada. El alcalde de la capital, Sergéi Sobianin, aseguró que sus defensas habían derribado más de 120 drones sobre la capital y sus alrededores; el Ministerio de Defensa ruso elevó el balance a 556 aparatos interceptados en todo el país. ¿Significa este ataque que Ucrania ha logrado romper las defensas antiaéreas rusas con nueva tecnología? Los drones ucranianos ya habían penetrado antes en territorio ruso, e incluso en zonas sensibles, recuerda Oliver Imhof, analista alemán especializado en estrategia y datos de inteligencia militar abierta (OSINT). La diferencia, apunta, está en la escala del ataque y en que haya sucedido dentro y alrededor de la ciudad más protegida del país. Moscú cuenta con varios anillos de defensa aérea y una concentración de sistemas de corto, medio y largo alcance sin parangón en cualquier otra región rusa. Aun así, ante una andanada suficientemente grande, algunos drones pueden pasar. Imhof cita el actual conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán para explicar la lógica: incluso defensas densas y preparadas han sufrido filtraciones frente a los ataques de gran volumen de Teherán. “Ninguna defensa aérea del mundo es perfecta al cien por cien”, resume a El Confidencial. Si Ucrania logra convertir Moscú en un objetivo habitual, el Kremlin se enfrentará a su problema más serio desde la marcha hacia la capital del malogrado Yevgeny Prigozhin. Durante dos décadas, la hipercentralización del país ha sido una de las principales herramientas de control de Vladímir Putin: casi todo lo relevante en Rusia pasa por Moscú o termina mirando hacia Moscú. Esa concentración ordena el sistema y permite blindar el centro del poder con más medios que cualquier otra región. Pero, si la burbuja se rompe, la fortaleza puede convertirse, paradójicamente, en el punto más vulnerable. Kiev, en otras palabras, no necesita destruir Moscú para alterar el cálculo ruso. Le basta con obligar a la capital a vivir pendiente del cielo. Durante la oleada del fin de semana, el Ministerio de Transporte ruso anunció restricciones temporales del espacio aéreo. Hubo 51 desvíos y dos tercios de los vuelos desde aeropuertos de Moscú sufrieron retrasos de más de dos horas. Es una dinámica similar, salvando las distancias, a lo que ocurre en el estrecho de Ormuz: no hace falta cerrar el paso, ni destruir aeropuertos, para que el riesgo se vuelva inasumible. El efecto psicológico también cuenta. Imhof sostiene que la población de Moscú, aislada del coste directo de la guerra durante buena parte de la invasión, empieza a notar el cambio. “Ahora sienten que la capital puede ser golpeada, y eso tiene un impacto en su moral”, asevera. Para el analista, el ataque forma parte de una tendencia más amplia: Ucrania ha recuperado la ventaja con la que partió originalmente en el ciclo de innovación de drones. Esto todavía no se ha traducido en enormes avances territoriales, pero sí en la dinámica del frente. Kiev está golpeando con creciente eficacia objetivos entre 50 y 200 kilómetros más allá de la línea de combate, sobre todo contra defensas aéreas, rutas de suministro y activos logísticos. Esa presión abre huecos. Rusia debe proteger una línea de frente larguísima y, detrás de ella, fábricas, refinerías, depósitos de combustible, aeródromos, ferrocarriles y, ahora, Moscú. La defensa de la capital, por lo tanto, corre el riesgo de convertirse en una trampa de recursos. Si el Kremlin concentra más sistemas alrededor de Moscú, deja otros puntos menos cubiertos. Si reparte mejor sus defensas, la capital pierde parte de su escudo. Si minimiza los ataques, proyecta calma pero también resignación. Si reacciona con furia, admite que la burbuja se ha roto. Todo un catch-22 militar y político. Kiev necesitaba algo así. Tras el que ha sido probablemente el peor invierno desde el inicio de la invasión a gran escala, la llegada de la primavera y sus explosiones masivas en refinerías, fábricas y puentes ha levantado el ánimo tanto en los despachos gubernamentales como en las calles. "Nos estábamos congelando, no metafóricamente. Era así. Hacía tanto frío que no podías ni pensar, ni mucho menos actuar. No puedes gestionarlo", recuerda Aryna, joven voluntaria de una organización para la financiación del Ejército ucraniano. Los continuos ataques de Moscú a la infraestructura energética del país, unidos a las extremadamente bajas temperaturas y los agujeros de la defensa antiaérea que dejó Trump dejaron a millones de ucranianos sin electricidad durante semanas. No hay un cálculo de cuántas personas han podido morir, literalmente, de frío. "El día de Pascua [12 de abril] fue como una explosión de emociones. Nos dimos cuenta de que estamos vivos y la gente salió a las calles. Fue un respiro después de estos meses tan terribles", continúa Aryna. La llegada de la primavera coincidió con más buenas noticias: en los últimos meses, el saldo neto de kilómetros conquistados por Rusia ha rozado el cero o los números negativos en favor de Ucrania. Y el 9 de mayo, el Kremlin tuvo que limitar su tradicional desfile por el Día de la Victoria contra los nazis a su mínima expresión, sin tanques y sin apenas dignatarios extranjeros. Según han filtrado diversas investigaciones, el líder ruso, Vladímir Putin, llegó a temer la violenta irrupción de los drones de Kiev durante el espectáculo. La nueva ventaja ucraniana tiene, además, un impacto directo en la mesa de negociación. El país sigue dependiendo mucho de Estados Unidos (vía compras europeas) en defensa antimisiles, sobre todo por los interceptores Patriot. Pero en el terreno ofensivo esa dependencia es mucho menor. La industria ucraniana de drones funciona cada vez más con financiación europea e industria nacional. Eso reduce la capacidad de la Administración de Donald Trump, que ha presionado repetidamente al Gobierno de Volodímir Zelenski para aceptar concesiones territoriales ante Rusia, de forzar la mano de Kiev. Rusia, claro está, intentará revertir esta ventaja. Ya lo ha hecho antes. Tras el desastroso primer año de la invasión a gran escala, Moscú corrigió tácticas, convirtió la línea de frente en una fortaleza para evitar cualquier contraataque y copió la mayoría de las innovaciones ucranianas. Imhof considera, sin embargo, que esta vez la adaptación será mucho más difícil. “La industria militar rusa ya está bajo presión por las sanciones, la corrupción y los ataques ucranianos, y algunos de estos drones no son tan simples como los del comienzo de la guerra”, indica. La semana pasada por primera vez, Vladímir Putin colocó sobre la mesa el "fin del asunto ucraniano". Lo hace, por supuesto, tras ordenar a sus tropas que continúen presionando en el Donbás, y tras una larga ristra de promesas de negociaciones incumplidas. Pero el hecho de que lo haga en público es, desde luego, una señal de que la marea llega ya a Moscú. En Lviv, ciudad de la retaguardia ucraniana, siguen sin embargo con su propia estrategia. Dice Alyna, que acaba de regresar de un viaje a la línea del frente nororiental del país, donde ella y la organización Dzyga's Paw han entregado varios cargamentos de drones a unidades desplegadas allí: "Simplemente, no me lo creo. Omito toda esta información: hemos escuchado tantas conversaciones sobre paz, negociaciones, alto el fuego... No significa nada y me preparo para seguir haciendo lo que hacemos tanto tiempo como sea posible".
"Ahora, Moscú nunca duerme": Ucrania agujerea la burbuja antiaérea de Putin
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