Cuando Julio César Avilés, jefe de Ejército de Nicaragua, estrechó la mano con Andrei Beluosov, ministro de Defensa ruso, en Moscú, los medios de Managua se hicieron eco de un detalle que pareció inusual. Después de mandar los saludos enviados por los mandatarios Daniel Ortega y Rosario Murillo, Avilés expresó "respaldo y admiración" a los militares rusos involucrados en la guerra de Ucrania. El pacto de cooperación militar que estaban firmando ese septiembre de 2025 quedó por un momento de lado y, con las palabras del alto mando militar, Nicaragua confirmó una alineación política simbólica con el Kremlin. Este mes, Vladímir Putin ratificó el acuerdo que amplía la cooperación militar entre los dos países con entrenamientos conjuntos e intercambio de inteligencia. Para el gobierno autoritario liderado por Ortega y Murillo, el pacto es un salvavidas político y un acto de legitimidad externa en un momento en el que su régimen enfrenta un creciente aislamiento internacional. Para el presidente ruso, esa continuidad que necesita Managua para perpetuarse en el poder se ha convertido también en una necesidad para reforzar su influencia en la región, después de la caída de Nicolás Maduro en Venezuela y de la creciente presión de Estados Unidos sobre Cuba. Nicaragua es ahora el último bastión ruso en América Latina. "El principal valor de Nicaragua para Rusia es el posicionamiento geopolítico, no el retorno económico, ya que el comercio bilateral apenas ronda los 120 millones de dólares anuales. El verdadero premio es contar con una plataforma avanzada en el hemisferio occidental", explica Ruslan Trad, investigador del Atlantic Council especializado en guerras híbridas y política exterior rusa, a El Confidencial. Varios informes han indicado que Moscú está modernizando sus bases militares en el país latinoamericano y ha asegurado protecciones legales para el personal militar ruso desplegado allí en misiones. "Esto proporciona a Moscú un posible centro para operaciones cibernéticas y electrónicas más cerca de Estados Unidos, además de un nodo para la injerencia electoral en todo el hemisferio", continúa Trad. El movimiento era previsible según la lógica rusa. Han pasado más de cuatro meses desde que Nicolás Maduro fue capturado por las fuerzas estadounidenses. Volodímir Zelenski, presidente ucraniano, no pudo reprimir una sonrisa irónica ese 3 de enero, cuando dijo: "Si pueden hacer esto con dictadores con tanta facilidad, entonces Estados Unidos sabe lo que hay que hacer a continuación", dijo. No eran necesarios los subtítulos para saber que se estaba refiriendo a Vladímir Putin. En los cuatro años de guerra de Ucrania, Rusia ha perdido una parte significativa de su influencia internacional. Y también a socios estratégicos como Maduro, cuya caída fue un duro golpe. El Kremlin invirtió más de 10.000 millones de dólares en sostener al régimen venezolano y tenía grandes intereses energéticos en común. Cuba, su otro aliado, está ahora bajo una presión económica extrema. "Nicaragua ahora como el único aliado cercano restante en la región, la presencia continental de Rusia se ha reducido a un solo país relativamente pequeño y económicamente marginal", sostiene Ruslan Trad a este periódico. En Managua, este acuerdo ha sido acogido como un triunfo para el sistema Ortega-Murillo. Steven E. Hendrix, exdiplomático estadounidense y autor del libro La Nueva Nicaragua: Lecciones de desarrollo, democracia y construcción nacional para Estados Unidos, apunta en un análisis que la supervivencia del régimen está cada vez menos ligada a la legitimidad interna y más a alianzas autoritarias externas. En una presidencia presidencialista que avanza hacia una estructura política dinástica centrada en la familia Ortega-Murillo, el acuerdo militar con Rusia no se trata tanto de una escalada militar inmediata, "como de institucionalizar la resiliencia autoritaria, y este pacto tiene el potencial de ayudar a Ortega-Murillo a mantenerse en el poder". "El acercamiento de Ortega a Moscú forma parte de una estrategia de supervivencia cada vez más visible entre los gobiernos autoritarios: debilitar los controles internos sobre el poder, criminalizar la disidencia y buscar alianzas externas con potencias extranjeras dispuestas a cerrar acuerdos sin condiciones democráticas", sostiene Hendrix. Rusia no quiere perder la oportunidad que le ofrece Nicaragua porque, si pierde su influencia como está pasando en Cuba, la cuenca del Caribe habrá terminado para Moscú. Malí no fue solo una guerra para Moscú La ratificación del pacto militar con Managua fue firmada por Putin justo después de un revés estratégico en África. Moscú se ha vendido como un garante de seguridad en el continente y llegó a lugares como Malí primero con las fuerzas de Grupo Wagner, lideradas por Yevgeni Prigozhin, y después a través de Africa Corps. Estos efectivos iban a apoyar al Ejército de separatistas y yihadistas, a cambio de poder sacar partido de los recursos naturales del país. Sin embargo, los recientes ataques coordinados de los separatistas tuareg y grupos vinculados a Al Qaeda como el JNIM han hecho que esta alianza salte por los aires. El modelo que vendió Rusia en el Sahel, basado en un intercambio de seguridad a cambio de influencia, ha llegado a un punto crítico después de los ataques en Bamako. Este conflicto ha evidenciado, según varios analistas, que el Kremlin no cuenta con los recursos logísiticos, efectivos ni inteligencia como para “controlar” las diferentes alianzas y fuerzas en el Sahel. “El modelo de poder blando ruso, que combinaba iniciativas culturales, narrativas mediáticas y la dosis justa de poder duro para resultar útil, está fracasando visiblemente en la prueba de estrés del Sahel”, explica Ruslan Trad. Otro golpe para el modelo de poder blando ruso. Pero, dentro de Rusia, el panorama también es llamativo. Para el desfile del Día de la Victoria, Vladímir Putin blindó la capital ante el temor de los ataques con drones ucranianos. Días antes, un dron impactó sobre un edificio a pocos kilómetros del Kremlin, evidenciando que la guerra había llegado a Rusia. Este domingo, esta sensación estuvo más presente que nunca después del ataque masivo de Kiev con 600 drones. Unas cuatro personas murieron en la ofensiva, considerada la "más grande en más de un año", según agencias locales. La gran oleada de ataques tuvo lugar como respuesta a los que lanzó Rusia sobre Kiev la semana pasada, donde murieron 25 personas. El “blindaje” de Moscú para evitar este escenario en el desfile que conmemora uno de los días más importantes de la agenda política del Kremlin es igual de representativo que el “blindaje” del propio Putin. Un informe elaborado por un servicio de inteligencia de un país de la UE y divulgado por el medio de investigación Important Stories (iStories) apuntaba a que el Kremlin ha instaurado medidas de seguridad sin precedentes por los temores del presidente a un golpe de Estado o un intento de asesinato. El documento describía el estado de "alerta máxima" en el Gobierno ruso desde principios de marzo de 2026. "En particular, [Putin] teme el uso de drones para un posible intento de asesinato por parte de miembros de la élite política rusa", alertaba. Además, los empleados que trabajan cerca de Putin ya no pueden usar teléfonos móviles ni transporte público y el presidente y su familia han dejado de visitar sus residencias en la región de Moscú. Son noticias alarmantes en un momento en el que, además, varios analistas sostienen que la estrategia de Putin en el frente ucraniano está empezando a desmoronarse por los avances limitados de las fuerzas del Kremlin y el número descontrolado de bajas. La sensación de inseguridad tanto en el frente de Ucrania como dentro del Kremlin ha llegado a las esferas internacionales donde el Kremlin quiere ejercer influencia. "No son fenómenos desconectados. Los reveses externos alimentan directamente la presión política interna: se culpa a comandantes y los servicios de seguridad intercambian acusaciones", concluye Ruslan Trad.
Rusia ha perdido su influencia en Venezuela. Está a punto de perderla en Cuba. Solo le queda Nicaragua
Putin ha firmado un nuevo acuerdo con el régimen de Ortega después de la caída de Nicolás Maduro y de la presión económica de EEUU sobre Cuba







