El escritor Valentín Roma (Ripollet, 1970) aprovecha la figura de un cincuentón desclasado en busca de redención para abordar en su última novela, desde una perspectiva crítica, temas tan delicados como la crianza y los cuidados. Así, el protagonista de Los trillizos (Periférica) comienza a salir con una mujer que tiene tres hijos, evidenciando el síndrome del salvador, que el director artístico de La Virreina de Barcelona describe sin reparos en esta entrevista.Publicidad¿Por qué escribe desde el rencor?El rencor no es un sentimiento necesariamente negativo y vengativo, sino también una extrañeza y una revancha de los de abajo. Yo escribo desde el rencor porque es una desautorización. Una posición epistemológica, pero también política e incluso estética. Me interesan más los puntos ciegos de la historia que la Historia con mayúscula, o sea, los derrotados que los vencedores.Un rencor de clase.Por supuesto. Un rencor de clase hacia las élites y hacia las clases medias sentimentales."Cuidar puede ser duro, alienante y hasta destructivo"Sin embargo, usted, a través de la educación y la cultura, pasó a formar parte de ese ecosistema.Sí. De hecho, yo escribo sobre las complejidades que derivan de los desclasamientos. Muchos de mis personajes —y yo mismo— fueron educados en un ideario proletario, pero en el momento en que sucede la acción no pertenecen —ni yo tampoco— al proletariado industrial. Ni ellos ni yo queremos volver a esa vida marcada por la violencia, el machismo, la crueldad y la miseria. O sea, ni los personajes ni yo regresaríamos a esa clase social en la que fuimos educados, pero al mismo tiempo hay algo que me constituye como persona, contradictoriamente, porque ya no tienes nada que ver. Esa es la extrañeza que exploro en mis libros.¿La identidad de clase sigue determinando la vida de una persona pese a que intente escapar de ella?En cierta manera, sí. Peter Weiss planteaba: "Cuando un proletario y un burgués miran una obra de arte, ¿ven lo mismo?". Y contestaba que no. El desclasamiento es un proceso al final del cual no se produce un cambio de clase absoluto, porque —aunque aparentemente no tengas nada que ver con la anterior— permanecen idearios, códigos y sistemas de valores que siguen ordenando lo que consideras importante, honesto y digno.PublicidadA través de la relación que entabla el protagonista con su pareja, la madre de los trillizos, usted aborda el síndrome del salvador que sufre la clase media intelectual ante las personas racializadas y migrantes.El protagonista necesita hacer el bien y redimirse, algo muy habitual en los procesos de desclasamiento. Entonces, se pone a salvar, que es algo muy varonil, cuando nadie se lo ha pedido ni lo esperaba. Quería explorar también esa inclinación de ciertos hombres desclasados, a una edad determinada, que sienten la necesidad ya no de solucionar el mundo, sino de reparar zonas de sus biografías.¿Los ve de una determinada ideología?Claro, son todos de izquierdas. Es un prototipo, encarnado por la figura del protagonista: alguien progresista, procedente del mundo cultural y que no ha triunfado mucho ni tampoco fracasado mucho. Un personaje que se cree y descree el mundo woke y cuya aportación tiene que ver con su protagonismo en la salvación."La familia es una fábrica de traumas"Quizás se trate de salvarse a uno mismo.Sí, es totalmente egoísta.PublicidadLa novela también es una carga de profundidad contra los cuidados.Los cuidados se han usado mediáticamente y, en algunos de esos usos, se han vaciado ideológica, histórica y políticamente de su contenido. Cuidar puede ser duro, alienante y hasta destructivo. Cuidar te puede poner en cuestión. Conozco a mucha gente que se ha destruido por verse implicada en procesos de cuidado. Ahora bien, eso no quiere decir que desautorice los cuidados, porque son absolutamente necesarios, pero no como un hashtag de moda. Quería escribir un libro que complejizase la idea de cuidar y de criar, al tiempo que plantease algunas preguntas. ¿Se puede cuidar cuando uno está falto de convencimiento sobre ese cuidado? ¿Se puede querer a desconocidos? ¿Puede uno incorporarse a esa cédula tan problemática y traumática que es la familia, cuando tú odias la familia?"La familia es una cédula de alienación" u "opresiva", escribe en el libro. ¿Alguna forma de organización social alternativa?No lo sé, pero no conozco a nadie que no tenga algún trauma derivado de algo que ha pasado en la familia. La mía era una gente maravillosa, muy divertida y agresiva. En términos generales he sido muy feliz en la familia, aunque al mismo tiempo muy marcado. La familia es una fábrica de traumas. Y eso provoca que estés asustado cuando formas tu propia familia, como le sucede al protagonista."Con la quinta cerveza siento un odio profundo contra la sentimentalidad de las clases medias, ésas que viven cualquier palabra como una epifanía, ésas que asumieron, sin ningún conflicto, que cuidar nos enaltece, nos potencia, nos mejora". Hay una sentimentalidad de clase media que se ha impuesto como canon y parámetro para medir todo: la literatura, el cine, la vida… Me refiero a esa idea de sustituir la lucha histórica y la complejidad política por una serie de conceptos un poquito biempensantes, un poquito reivindicativos y un poquito disidentes, pero que no desestabilizan nada. Es decir, ese ideario que rinde tributo a una especie de compromiso que no implica ningún movimiento de inestabilidad, algo que tiene que ver con una hipocresía política e ideológica.Pase lo que pase, nunca pasa nada.Nos da un miedo terrible abandonar la mayoría de compromisos que adquirimos —muchos forzados, otros libremente— y que nos atan, nos esclavizan, nos determinan y nos modulan como personas y como individuos sociales. Creemos que, si lo hacemos, el mundo se va a deshacer, pero abandonarlos no significa nada. Eso lo he explorado en Retrato del futbolista adolescente, la historia de un joven futbolista de élite que no quiere serlo porque tiene otra vocación: tener cultura. Al final deja el fútbol, cree que va a pasar algo y ¿qué ocurre? Absolutamente nada. Mi eslogan sería: hay que cambiar de idea, de mundo, de expectativa, de escenario, de personas con las que te relacionas… Atarse a las cosas porque, si no, parece que se van a destruir es una falacia del sistema para mantenernos atados y que nosotros asumimos. Sin embargo, nunca pasa nada.¿Cómo escribir sobre la clase obrera sin nostalgia?Yo he sido muy duro con ella. Nací en una familia de clase obrera donde el ideario era una gran violencia, una gran risa, una gran sensualidad y un gran rechazo a las diferencias y las desproporciones. No puedo sentir nostalgia de esa agresividad.Al principio hablábamos de rencor hacia los de arriba, aunque también podríamos aludir a la vergüenza hacia los iguales, sean padres o abuelos.Sí. Y, al revés, de tus padres hacia ti. De niño, no reunía las condiciones de un chaval de clase proletaria, tipos con huevos que se partían la cara en la calle, con carisma social y que siempre ganaban. Yo, en cambio, era un crío frágil y sensible. Y eso, más que enorgullecer a mis padres, de alguna manera les avergonzaba. Bueno, era una vergüenza compleja. No es que me escondiesen, pero no sintonizaba con sus códigos de valoración de lo que debía ser un hijo."España valora más a sus futbolistas y toreros que a sus escritores y cineastas"Toca contraponerlo con el hijo hipster de la burguesía.El hipster epigonal es un personaje crucial en el libro. Las élites burguesas y económicas de Barcelona se han cargado la ciudad. Y el último eslabón de esos extractivistas son los hijos hipsters de un tipo de burguesía muy particular. Es una burguesía sin cultura que ha preferido tener parkings y propiedades en el Empordà, con un cierto mal gusto, que se revienta todo el dinero en restaurantes, que no colabora con la sociedad civil y cuyas propiedades se trasladan en forma de herencias y prebendas a estos hijos hipsters que siguen rapiñando la ciudad desde la gastronomía y desde todos estos negocios relacionados con las nuevas poblaciones flotantes de Barcelona. Y a mí el hijo de esa burguesía analfabeta y glotona me parece un personaje repugnante.Publicidad¿Una Barcelona rendida?No. Barcelona es una ciudad muy compleja y hay unas nuevas generaciones que seguramente —ojalá— tomarán al asalto la ciudad, incluidas las de unas periferias que cada vez están más cerca del centro. Confío en todas esas generaciones, por lo que no creo que sea una ciudad rendida. Sí es una ciudad herida y muy dañada, porque ha sido rapiñada durante muchos años.Noelia Ramírez narra su choque con la burguesía cuando llega a la universidad en el ensayo Nadie me esperaba aquí y critica que "muchos escritores se hacen pasar por pobres", lo que ella llama "trileros de la precariedad".También me refiero a eso cuando hablo de la sentimentalidad de clase media. En muchos casos hay un secuestro de la heroicidad de clase o un robo del heroísmo a los que estuvieron en una lucha en la que no has participado. Sin embargo, pese a no haberte jugado nada, ni el puesto de trabajo ni la integridad física, te arrogas, te incorporas y te condecoras con esos procesos de lucha histórica. O sea, la reivindicación nostálgica de unos procesos disidentes de los que tú no has formado parte. Pasa también con la militancia.Un desclasado puede acumular capital cultural, pero ser un precario. Mi novela anterior, El capitalista simbólico (Periférica) habla precisamente de ese capital simbólico que no renta. España es un país muy… Los que nos dedicamos a la cultura ocupamos un espacio de mucho ruido y, al mismo tiempo, de mucha marginalidad. El rendimiento que se le puede sacar a ese capital simbólico (títulos, formación, etcétera) no es demasiado grande. Sin embargo, nuestros padres tenían un sueño aspiracional: ellos, que se consideraban analfabetos, no querían que sus hijos lo fuésemos para que no nos explotaran como a ellos, pero el problema es que nos explotaron desde otros muchos lugares.PublicidadDecía que "España es un país muy…".Este es un país, el sur del norte, donde los índices de lectura son muy bajos, donde la importancia de los intelectuales es relativamente minoritaria, al que le cuesta tener criterios complejos propios y en el que el capital cultural simbólico no tiene significación. Vamos, España es un país que valora más a sus futbolistas y toreros que a sus escritores y cineastas. O que singulariza, aglutina y atomiza: un par de escritores o de cineastas personifican unos valores determinados.También cree que aunque algunos desclasados hayan accedido al capital cultural, no terminan de pertenecer a él o se sienten unos intrusos.Esa es la complejidad a la que me refiero y que reflejé en El capitalista simbólico, cuyo protagonista no se siente reconocido en esa clase a la que está accediendo. Yo soy muy clasista como escritor. Soy muy clasista hacia las clases opulentas. Los ricos me parecen imbéciles en un sentido muy general. En mis novelas, la mayoría de gente con dinero son idiotas, y no me importa asumir ese riesgo de simplificación. Yo he conocido a un montón de gente con mucho dinero que tenía muchas dificultades para relacionarse con las cosas de una manera sana, limpia y directa. El dinero ha traumatizado a un montón de ricos y a un montón de burgueses: los ha convertido en unos capullos. Muchos de mis personajes ricos y burgueses son gente traumada por el dinero. El dinero les ha arruinado la vida. Ese es un proceso que me llama mucho la atención. La falta de dinero te vuelve loco, pero el exceso te vuelve paranoico.Cuando ve a algunos hijos formados con peores trabajos y sueldos que sus padres sin estudios, ¿percibe un error del sistema?Sí, observo un cierto error del sistema y, sobre todo, un error de cálculo en las clases trabajadoras. El sistema nos dejó como macguffin la formación, aunque impidió el acceso a los lugares de poder reales. Es decir: "Tendréis cultura, pero no poder".
Valentín Roma: Valentín Roma: "El dinero ha traumatizado a un montón de ricos y burgueses"
El escritor catalán reflexiona sobre la crianza y los cuidados en su nueva novela, Los trillizos.








