AnálisisValla en Teherán, la capital de Irán, sobre lo que para ellos está logrando su país en el estrecho de Ormuz y en su pulso con Estados Unidos. Foto: Majid Saeedi. Getty Images17.05.2026 05:32 Actualizado: 17.05.2026 05:32

Las grandes guerras dan paso a nuevos órdenes internacionales. La guerra de los Treinta Años trajo consigo la Paz de Westfalia. Las guerras Napoleónicas dieron lugar al Concierto Europeo. La Segunda Guerra Mundial impulsó la creación del sistema de Bretton Woods, la descolonización y la integración europea.Incluso la Guerra Fría dio paso a un orden mundial liberal, con Estados Unidos como potencia hegemónica. Pero no todas las guerras conducen a mejores órdenes internacionales. Y es probable que la guerra de Irán resulte especialmente perjudicial en este sentido.Lejos de ser sustituido por una entidad más favorable a Occidente, el régimen iraní se ha endurecido hasta convertirse en una dictadura militar.Básicamente, es probable que la guerra empeore considerablemente la situación respecto a cómo estaba cuando Estados Unidos e Israel la iniciaron. Lejos de ser sustituido por una entidad más favorable a Occidente, el régimen iraní se ha endurecido hasta convertirse en una dictadura militar. Independientemente de las concesiones que este régimen acabe haciendo sobre su programa nuclear, sus vínculos con China, Rusia y Corea del Norte permanecerán intactos, e Irán seguirá siendo una fuerza desestabilizadora en Oriente Medio.Pérdida de influenciaLa diferencia es que los vecinos de Irán en el Golfo han perdido ahora la fe en su protector estadounidense y se encuentran más débiles y divididos que antes de la guerra. Sin duda, la posición del Golfo siempre fue algo precaria. Existían profundas divisiones entre los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, y entre Catar y todos los demás emiratos.El Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) nunca estuvo a la altura de su potencial como unión política y económica, y mucho menos como alianza militar. Y la imagen cuidadosamente cultivada del Golfo como un remanso de estabilidad y un lucrativo centro comercial tenía sus imperfecciones.Pero la guerra con Irán ha destrozado esa imagen, limitando los fastuosos proyectos de inversión de sus gobernantes y socavando —quizás de forma fatal— sus esfuerzos por diversificar sus economías más allá del petróleo. Además, la guerra ha puesto de manifiesto la disfunción del CCG y ha profundizado las divisiones entre sus miembros.Arabia Saudí intentó evitar esta guerra por la vía diplomática, prohibió a Estados Unidos utilizar sus bases y su espacio aéreo para escoltar a los petroleros a través del estrecho de Ormuz y sigue trabajando con Pakistán entre bastidores para mediar en el fin del conflicto. El resultado es una alineación emergente entre Arabia Saudí y Pakistán y una política saudí de apaciguamiento hacia Irán.Es probable que Catar —con sus vínculos con Turquía— y Omán sigan también tratando de apaciguar a Irán. Los Emiratos Árabes Unidos, por el contrario, han criticado duramente a sus vecinos por no haber dado una respuesta decisiva a los ataques de Irán contra su territorio, y se han retirado de la Opep. El país se está alineando cada vez más con Israel, así como con Baréin y la India.Una alianza que se diluyeSe observa una fragmentación similar en Occidente, ya que la guerra agrava la brecha en la alianza transatlántica. Contrariamente a la narrativa predominante de las últimas décadas, la alianza transatlántica nunca fue un hecho consumado. Estados Unidos tiene una larga historia de aislacionismo y proteccionismo, ejemplificada por la retirada del presidente Woodrow Wilson en 1919 de la Sociedad de Naciones y su negativa a asumir ningún compromiso con la seguridad de Europa —una postura que allanó el camino para el ascenso de Adolf Hitler y otra terrible guerra—.Más recientemente, el presidente Barack Obama sacrificó el despliegue previsto de defensas contra misiles balísticos en Europa del Este en aras de su ‘reinicio’ diplomático con Rusia. Su secretario de Defensa, Robert M. Gates, criticó posteriormente a los aliados europeos de Estados Unidos por su “aparente falta de voluntad para dedicar los recursos necesarios” para actuar como “socios serios y capaces en su propia defensa”.Y tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia en 2014 y la anexión ilegal de Crimea, Obama optó por no movilizar a los aliados estadounidenses de la Otán para disuadir al Kremlin.Pero Donald Trump ha llevado esto al siguiente nivel, adoptando una postura abiertamente antagónica hacia Europa, que ha incluido amenazas de anexionar Groenlandia y retirar a Estados Unidos de la Otán. Europa ha respondido abrazando una nueva forma de gaullismo, caracterizada por una fuerte inversión en el fortalecimiento de sus capacidades de defensa y en la consecución de la autonomía estratégica.Pero la transformación de la seguridad europea no ha hecho más que empezar. El continente —que no controla su propia infraestructura digital— tendrá que cerrar la brecha de innovación con Estados Unidos y alcanzar cierto nivel de autonomía tecnológica. Y el neogaullismo europeo, al igual que el original, tarde o temprano adoptará la lógica de la disuasión nuclear.La guerra con Irán ha inyectado una nueva urgencia a este proceso. A pesar de haber iniciado la guerra sin consultar a los aliados estadounidenses de la Otán, Trump exigió que Europa se uniera a Estados Unidos en la lucha, en particular para ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz.Cuando Europa se negó, Estados Unidos anunció que retiraría 5.000 soldados de Alemania y amenazó con tomar nuevas medidas contra Italia y España. En este momento, ningún europeo sensato considera que las garantías de seguridad de Estados Unidos sean fiables.Pero no es solo Europa la que ha perdido la fe en Estados Unidos. El sur global, al que Trump ya había alienado con sus aranceles y la suspensión de la ayuda al desarrollo, está sufriendo las peores consecuencias de su guerra elegida en Irán.La incapacidad de Estados Unidos para obligar a sus propios aliados a ayudar a reabrir el estrecho de Ormuz, junto con el espectáculo de los países en desarrollo luchando por conseguir suministros de energía y fertilizantes, alimenta la narrativa del exceso de ambición y el declive de Estados Unidos.China, con el viento a favorMientras tanto, en medio del caos provocado por Estados Unidos, China se ha posicionado astutamente como una fuerza de estabilidad. De este modo, ha elevado su perfil global a un costo muy bajo. Muchos líderes europeos han visitado Pekín en busca de un socio comercial fiable, pero China no ha hecho concesiones sobre Ucrania, los derechos humanos o la sobreproducción y el dumping.En la cumbre de esta semana con el presidente chino, Xi Jinping, Trump tenía la oportunidad de negociar un acuerdo que aliviara las tensiones comerciales y abriera el camino a la cooperación en cuestiones críticas, entre las que destacan las guerras en Ucrania e Irán. Un acuerdo para mitigar los riesgos que plantea la IA no sería menos trascendental que lo fueron los Tratados de Limitación de Armas Estratégicas entre Estados Unidos y la Unión Soviética durante la Guerra Fría. Pero si Xi mantiene su diplomacia de suma cero, como parece elocuentemente probable, el mundo será el perdedor.SHLOMO BEN-AMI (*)Project Syndicate - Tel Aviv(*) Exministro de Asuntos Exteriores de Israel.El suicidio de la superpotencia. Análisis.LOS ERRORES DE TRUMP Y SUS EQUIVOCADAS POLÍTICAS LE ESTÁN COSTANDO CARO A EE. UU.Estados Unidos está gastando miles de millones de dólares para perder una guerra en Irán que enriquece a sus oligarcas, empobrece a sus ciudadanos, sabotea sus alianzas y fortalece a sus enemigos. La guerra pone de manifiesto un principio rector de la política exterior del presidente Donald Trump: el suicidio de una superpotencia.Los imperios surgen y caen, pero, que yo sepa, jamás un Estado destruyó su poder de modo intencional y sistemático. Y menos aún, con tanta rapidez. Como mínimo, una superpotencia debe ser un Estado moderno que incluya (a través del Estado de derecho y otras instituciones) un conjunto sustancial de ciudadanos comprometidos con un esfuerzo común. Pero la administración Trump trata a Estados Unidos no como un Estado moderno, sino como una oportunidad comercial para unos pocos elegidos.Una superpotencia también debe tener una idea de interés nacional. Aunque hay divergencias entre los expertos en relaciones internacionales respecto del modo en que las dirigencias definen ese concepto, lo que nadie esperaba era una situación en la que el presidente fuera indiferente al bien del pueblo o del Estado.Para seguir siendo superpotencia, un Estado también debe mantenerse en el tiempo. Y esa continuidad depende de un principio de transmisión de la autoridad política. Pero con sus aspiraciones de permanecer en el poder por tiempo indefinido y sus ataques a la credibilidad de las elecciones, Trump está poniendo en tela de juicio el principio de la sucesión política en Estados Unidos.Cuesta expresar hasta qué punto la postura de Trump es primitiva y hasta qué punto alegra a los enemigos de Estados Unidos.Timothy SnyderProfesor de la Universidad de Toronto y miembro permanente del Instituto de Ciencias Humanas de Viena.Para que un Estado obtenga y conserve el poder, es fundamental que estén al mando las personas correctas. A lo largo de la historia, los Estados poderosos buscaron formas de identificar personas cualificadas y promoverlas a puestos de autoridad, sin distinción de nacimiento. La antigua China tenía un sistema de exámenes. Napoleón puso como principio el mérito, tanto en la vida civil como en la militar.Estados Unidos, por su parte, tuvo en otros tiempos un funcionariado que era la envidia del mundo, además de fuerzas armadas altamente meritocráticas. Pero la administración Trump desvirtuó la función pública y purgó los altos mandos militares, y el proceso lo llevaron adelante personas no cualificadas para los cargos que ocupan. Que Tulsi Gabbard, Kash Patel y Pete Hegseth sean directora de Inteligencia Nacional, director del FBI y secretario de Defensa, respectivamente, es claro indicio de una superpotencia que se suicida.En un nivel más profundo, una superpotencia debe tener un sistema educativo capaz de preparar a su población —y, por ende, a su dirigencia política— para enfrentar los desafíos globales. Pero en los Estados Unidos de Trump se priva de recursos a la educación pública y se castiga a las universidades que defienden la libertad académica.Asimismo, el ascenso de muchas grandes potencias se basó en la ciencia, pero ahora en los Estados Unidos de Trump la ciencia está bajo ataque. Y cabe anotar que al igual que los antiguos mesopotámicos, cuyos astrónomos idearon métodos científicos para cartografiar los cielos, y los romanos, que pusieron en práctica la ciencia griega para construir y defender un imperio, Estados Unidos se convirtió en superpotencia mediante la creación de instituciones estatales encargadas de financiar la ciencia y atraer científicos de primer nivel (a menudo inmigrantes).Pero la administración Trump lanzó una ofensiva asombrosa contra la ciencia. Desfinancia la investigación por motivos ideológicos, desalienta la radicación en Estados Unidos de científicos y pone en duda hallazgos fundamentales de la ciencia, como por ejemplo el cambio climático antropogénico.Por eso la administración Trump paró en seco la transición energética de Estados Unidos y, en su lugar, subsidia los combustibles fósiles (que ya van quedando obsoletos en términos ecológicos y económicos). Como demuestra un magnífico libro que está por salir, las sociedades que se adelantan a adoptar nuevas formas de energía prosperan, y las otras fracasan. Tal vez sea la verdad más profunda de la historia de la humanidad, y eso convierte la decisión de Trump en un error existencial que acelerará la pérdida de relevancia de Estados Unidos y mejorará la posición de China, su principal rival y superpotencia mundial en energías limpias.Lo mismo se aplica a las tecnologías e innovaciones que sostienen el poder militar. Estados Unidos siempre gastó cifras astronómicas en armamento, pero este gobierno prioriza equipamientos del pasado; por ejemplo, una nueva clase de buques de guerra que llevarán el nombre de Trump. Esos buques están hundidos antes de zarpar.La guerra en Ucrania es un ejemplo claro del desdén de la administración Trump hacia el arte de la diplomacia y su preferencia por negociar ‘acuerdos’. Pero hay abundantes pruebas de que Trump no sabe negociar, y esto incluye su sumisión al presidente ruso, Vladimir Putin. Además, maltrata y margina a aliados de EE. UU. por motivos puramente personales.Sin una idea de interés nacional, no puede haber comprensión de la utilidad de las alianzas. Tampoco puede haber apreciación del sistema internacional (leyes, reglas y normas en las que se basó la primacía global de Estados Unidos). Cuesta expresar hasta qué punto la postura de Trump es primitiva y hasta qué punto alegra a los enemigos de Estados Unidos. La clara derrota estratégica en Irán lo ilustra a la perfección.Análisis de Timothy Snyder, profesor de la Universidad de Toronto y miembro permanente del Instituto de Ciencias Humanas de Viena. © Project Syndicate. Toronto. Sigue toda la información de Internacional en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.