Cuando el narco Esteban B. envió en abril del año pasado un mensaje a través de la aplicación encriptada Zangi, no sabía que pronto se iba a comer sus palabras. “Aquí tenemos un sistema que controlamos todas las unidades de control policial”, se jactó el traficante ante Josafat M., Kamal, presunto cabecilla de la red. Cinco meses después de este exceso de soberbia, la Policía Nacional desmantelaba una trama que almacenaba 4,5 toneladas de coca. Y, con ella, afloraban los secretos inconfesables de una organización que, desde la laberíntica miniciudad del puerto de Valencia, extendía sus tentáculos a Colombia y los Balcanes entre el ruido metálico de contenedores y grúas. El golpe policial, bautizado como Operación Spider, se saldó con más de 80 detenidos. Entre ellos, 17 portuarios y un guardia civil. El mensaje de Esteban B., considerado el líder del aparato logístico, pretendía insuflar confianza. El narco trata de convencer a su interlocutor de que trasladar un carguero con cocaína desde Ibiza a la Península es una idea brillante. Y, por eso, le deben remunerar bien. “Se podría hacer muy bien. Y ahora, como es época de turismo, favorece”, sugiere Esteban, según los pinchazos y mensajes a los que ha tenido acceso EL PAÍS. Unas comunicaciones que forman parte del sumario de esta macro causa que indaga desde hace dos años el Juzgado de Instrucción número 15 de Valencia. Los investigadores están convencidos de que el grupo conocía la fecha de su detención. En una de sus conversaciones secretas, Kamal habla con un narco enmascarado bajo el alias de Conan de que es posible que los arresten el 22 de septiembre de 2025, cuando se ejecutó la detención, junto a otras 60 personas. El interlocutor del cabecilla dice estar tranquilo porque ha dejado su casa “limpia” (sin pruebas incriminatorias). “Como mucho, fotos y poco más”, afirma. “Me caerán cinco meses en prisión preventiva si no me cogen con nada”, estima el compinche de Kamal, un empresario que combina el tráfico de cocaína con la construcción y las reformas. En otra charla encriptada, los narcos tratan las tarifas que abonan a sus colaboradores. La red pagaba entre 100.000 y 120.000 euros a sus “camis”, los camioneros que trasportaban la mercancía desembarcada. Y 50.000 al “rompedor”, el encargado de quitar los precintos de los contenedores para extraer la droga. Kamal (Josafat M.), considerado un intermediario con posición de liderazgo, explica a otro miembro de la organización estos números y cuándo vale la pena rascarse el bolsillo. “Si pagas mucho, se hacen ricos y dejan de currar”, advierte. “200 (200.000 euros) y, si entra algún cami que no sea el chaval de ayer, se paga aparte y ya está”, replica María (nombre en clave), que alude a la contratación puntual de conductores externos. “Aunque sea 300 k (300.000 euros) de gastos es un regalo”, añade esta última con la vista puesta en el retorno de la inversión. “Siempre regalando pasta”, se queja Kamal, que -según los investigadores- se encargaba de gestionar los contenedores y su posterior distribución por carretera. La soberbia del cabecillaEl presunto cabecilla sabía despojarse de su soberbia. Y, si el negocio valía la pena, recurría al tratamiento de “patrón” para agradar a su interlocutor. En agosto de 2025, usó esta fórmula para chatear con “Levinskey”, narco con intereses en el negocio de la coca ecuatoriana que barajaba introducir un cargamento de 480 kilos. “Ayúdame a salir. Me tienen asado. Los 480 son míos, bueno, vuestros” solicita Levinskey. “No te preocupes, patrón. La semana que viene, lo hablamos”, contesta con el icono de una carita sonriente. “Y usted va a pelear por los precios”. “Lo que esté en mi mano”, contesta el narco sudamericano, que se dirige al español con un cariñoso “hermano” y lo concibe como “uno de los nuestros”. Otro episodio revela el pavor que Kamal infunde a sus colaboradores. En mayo de 2025, un miembro de su red le advierte de cómo ha atemorizado a otro narco tras una reunión. “No sé si te has dado cuenta, pero le has hablado muy cerca de la cara. Se ha cagado jjjj”. “Yo no hecho nada para que me cogiera miedo. He sido muy diplomático”, dice Kamal, que concluye que el asustadizo traficante “es tonto”. El análisis de las conversaciones de Zangi, un sistema de origen armenio que encripta con cifrado militar a través de diez dígitos, desvela que la red radicada en el puerto de Valencia valoró poco antes de su detención un negocio in extremis: enviar 50 kilos de coca a un traficante “del Norte”. La mercancía debía ser “de buena calidad”. Ingresarían entre 13.500 y 13.900 euros por kilo. Y la operación reportaría 700.000 euros. “Tiene que ser bueno y en formato normal”, remarcó un interlocutor de Kamal registrado en su teléfono con el alias de “Amigo”. Los narcos se quejan, además, del bajón de los precios. Añoran que el kilo de coca rozara hace años 40.000 euros. “Si esto no mejora, tendré que cambiar de oficio”, lamenta Kamal. Tras una reunión en Marbella, los líderes de la organización valoran un negocio para mover “seis aparatos” - seis kilos de cocaína- con drones. Calculan que se tardan 10 minutos en recoger la mercancía y transportarla al destino. Y se muestran preocupados por la autonomía de las máquinas. La operación nunca se ejecutó. Los narcos sospechan que la policía conoce sus planes y piensa detenerles. Nueve camioneros fueron arrestados en septiembre de 2025 por pertenecer a esta trama que recurría a la treta del gancho ciego: colocar mochilas con coca en un contenedor de mercancía legal sin que el importador y el exportador lo sepan. Los propios conductores dormían en el contenedor para preparar la droga y sacarla lo antes posible sin levantar la liebre, según confirmaron las balizas de geolocalización instaladas por los investigadores. Junto al tráfico internacional, la trama también especulaba. Compraba coca cuando bajaban los precios o se presentaba alguna oportunidad. Y, tras almacenarla, vendía la mercancía más cara. Kamal recomendó a un colaborador que adquiriera la droga de un vendedor de Alicante que ofertaba el kilo a 13.500 euros. “Es un buen precio. Cómpralo y lo guardas [...] Tú tienes mejores precios que yo”, admitió el presunto cabecilla en mayo de 2025. En paralelo a los cerebros, la red también estaba integrada por tres estibadores, considerados “la llave”. O, lo que es lo mismo, el salvoconducto para colar la coca en Europa a través de Valencia. También formaban parte de la organización empresarios del transporte, sindicalistas y un médico del Centro de Empleo Portuario. A través de su infiltración en este organismo, los narcos incorporaban a nuevos miembros a la estiba portuaria mediante el amaño de exámenes. Y, así, podían controlar sus turnos y los movimientos de los contenedores. Los mensajes del grupo desmantelado en la Operación Spider –denominada así porque usaban “hombres araña” que trepaban por los contenedores para extraer la sustancia- fueron recuperados por los investigadores con un sistema forense. La red eliminaba casi a diario sus comunicaciones, siguiendo las indicaciones de Kamal. Temían la visita sorpresa de los funcionarios de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. “Borradlo todo, por si por la noche vienen”, insistía el cabecilla.