Opinión

Editorial

EDITORIALNinguno de los dos quiere un Irán con poderío nuclear ni que siga la guerra comercial.

Mucha cortesía, boato, sonrisas protocolares, metamensajes, apretones de mano que en realidad eran pulsos y discursos grandilocuentes “Made in USA” y “Made in China”, respectivamente, se pudieron presenciar en la visita oficial del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, a su homólogo chino, Xi Jinping. Muchos análisis internacionales varían según la simpatía o la animadversión hacia Trump, quien reiteró una y otra vez que el encuentro era más por diálogo económico que por pugna geopolítica, pero ¿es que acaso hay geopolítica que no dependa de la economía?

Hace un año era prácticamente al revés, cuando la Casa Blanca fijó más de 50% de aranceles al ingreso de productos de China continental, que a su vez tomó una medida recíproca y dejó de comprar soya a productores estadounidenses que formaron parte de la base electoral trumpista. Ante mutuas conveniencias —o, más bien, inconveniencias—, se fueron relajando las rivalidades discursivas. Desde octubre pasado estaba girada la invitación. El conflicto en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, por donde pasa más petróleo para China que para Estados Unidos, pero que igual golpea los costos de carburantes para los estadounidenses, fue un catalizador del viaje: el costo político de la carestía —de nuevo, no hay política sin economía, y viceversa— sigue golpeando a Trump y, con él, a los republicanos, a seis meses de elecciones de mitad de mandato.